Amor larga duración

Hace unos meses vaciando la casa que fuera de mis viejos en Adrogué recuperé mis antiguos LP de vinilo. Toda la colección de mi adolescencia y juventud que habían quedado arrumbados y sin uso cuando dejé esa casa y la tecnología reemplazo los discos por otros soportes. En el combo también me traje long plays que pertenecieron a  mis padres. Lo que nunca imaginé es que ese reencuentro con el pasado me trasladaría a otra historia, ajena, del barrio de Almagro y de la Confitería Las Violetas. Los discos estuvieron igual de apilados en casa por varias semanas. Hasta que un día leí a Charly García revalorizando el sonido (lo llamó “perfecto”) de los vinilos. Entonces,  y para que el recuerdo fuera fiel a lo vivido, me compré un Winco por internet. La operación fue muy sencilla, elegí uno, cualquiera, con entrega a domicilio. Y me pasé unas noches increíbles en casa disfrutando de buena música acompañado de Gabyn, mi mujer, y Rita, mi perra, que se arrollaba a mis pies al oir el sonido del tocadiscos. Y con un buen whisky.

20140721_140011El domingo del Día del Padre, tipo cinco de la tarde,  en homenaje a mi viejo revisé la pila de sus discos y encontré uno que llamó mi atención: El Festival de San Remo 1965. No recordaba los temas, de hecho tenía sólo 4 años en el ’65, pero sí, y mucho, la tapa. Lo puse. Con los primeros acordes de “Si lloras, si ríes” el equipo empezó a manifestar problemas y cuando empezó a cantar Bobby Solo se detuvo definitivamente. Maldije la idea que tuve, las compras por internet y al Festival de San Remo.

A la semana siguiente llevé mi Winco a uno de los últimos talleres que quedan en Buenos Aires, el de Castro Barros 224 en Almagro. La tarde estaba negra. La lluvia inminente parecía darle tiempo a todos a cobijarse. Y yo, ante esa puesta escénica, trasladando esa caja, me sentía llevando las cenizas de un difunto a su descanso final en un nicho.

Entré al local, abrí la caja y apoyé el Winco sobre el mostrador. Percibí un gesto de perturbación en el dueño cuando vio el tocadiscos, pero le resté importancia. Lo conté tal cual: la compra por internet, el funcionamiento correcto con mis discos, la brusca interrupción ni bien empezado el tema de Bobby Solo y que no tenía explicación a lo ocurrido. El tipo, un señor bastante mayor como su oficio lo indica, arqueó las cejas (eso lo pesqué sin vacilar), me observó por encima de sus lentes y sentenció: “Lo reviso. Vuelva en un par de horas”. Mientras giraba hacia la calle pensé: hombre de pocas palabras, o que lo había ofendido diciendo que el Winco se había roto escuchando un disco de 1965 o que no entendía qué le había pasado. Y sí, cómo iba a entenderlo, el que sabía era él. Solo lo dije para tapar un bache denso de silencio que se abrió al mismo momento que abrí la caja urna. Cuando ya estaba saliendo del local me ordenó: “Espere en Las Violetas.  A lo mejor lo entiende”. Giré sobre mis pies, pero ya se había escabullido por la trastienda con mi Winco en brazos.

Las Violetas lluvia - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

Las Violetas queda a solo dos cuadras, al cero de Castro Barros esquina Rivadavia. Había empezado a gotear y la definición de las formas empezaba a humedecerse y perder sus líneas. La Confitería estaba que rebozaba de clientela. Como todas las tardes. Vecinos entrados en años que encuentran en el inmenso salón la sede de un club social que los reúne. Y muchos turistas. Recordando la frase del mecánico intenté entender no sabía qué ni cómo. A las dos horas volví al local con las mismas dudas. Y allí me enteré de todo.

Las Violetas - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

El Winco había pertenecido a un reconocido matrimonio de Almagro, habitúes de todas las tardes de todos los días de Las Violetas y miembros de varias de las asociaciones civiles del barrio. Se habían conocido en el carnaval del ’65 y su tema de amor era: “Si lloras, si ríes” de Bobby Solo. El mecánico reconoció de inmediato el equipo cuando abrí la caja porque había pasado varias veces por sus manos. Hasta una última. Cuando se lo dejaron en reparación una semana antes que sucediera algo inesperado en la pareja, extraño por la edad avanzada de ambos, el matrimonio se separó. Meses más tarde, el hombre pasó por el taller a buscar su Winco, pero su ex mujer ya se lo había llevado. La anécdota simple, tonta y sencilla que se arreglaba con un llamado de teléfono fue la comidilla del barrio y el rumor sarcástico en las mesas de Las Violetas. Y él no lo pudo soportar. De un día para otro dejó de ir y frecuentar todos los lugares que diariamente lo convocaban. Nadie nunca jamás volvió a verlo.

Sensibilizado con la historia me surgieron de inmediato las ganas de devolverle el Winco a su antiguo dueño. Ya era tarde. Falleció el domingo del Día del Padre. A las 5 de la tarde.

The Marine Bar (Dock Sud)

Dentro de la categoría de cafés del bajofondo no habrá ninguno igual, no habrá ninguno, ninguno con su piel ni con su voz. Ubicado en la esquina de la Avenida Juan Díaz de Solís y Pasaje Coronel Dreyer, frente al Canal Dock Sud (Avellaneda) se encuentra todavía de pie un bar portuario, fiel reflejo de una parte de la historia de vida cotidiana de la primera mitad del siglo XX en nuestro país. Un auténtico “antro”: The Marine Bar.

The MarineThe Marine Bar data de 1920. Su nombre se debe a que los originales propietarios (alemanes) quisieron empatizar con los marinos de ultramar que venían por la vacas del Frigorífico Anglo (hoy terminal de contenedores) ubicado a pocos metros. El Dock Sud (o el Docke como le dicen los dockenses) fue un lugar en donde proliferaron grandes industrias y talleres de todo tipo: el mencionado “Anglo” más”La Blanca”, la jabonera “Lever Hnos”, la papelera “Chiozza”, la fábrica de ventiladores “Thot”, la fábrica de cocinas “Dauco”, los talleres navales “Príncipe y Menghi” y “Dodero”, la “Compañía Química”, las usinas “Italo” y la “Chade”, y la aceitera “Dock Oil”. Sus empleados se entremezclaban con personal de los buques que amarraban sobre el Riachuelo y en las dársenas del canal Dock Sud. Sigue leyendo

¿Solo o cortado?

Solo-cortado_IECIMA20140516_0055_19(Foto: Diario La Razón)

Según un estudio local, los argentinos toman hasta tres tazas de café por día en promedio. Lo prefieren por la mañana como para “despertarse” y también destacan sus beneficios como antioxidante.

 

Lee la nota completa publicada en el Diario La Razón:

http://www.larazon.com.ar/ciudad/Solo-cortado_0_569700016.html

Café Margot

Si en Buenos Aires el café es religión, el Margot es mi parroquia preferida. Y ya es hora que me ocupe de contarlo. El Café Margot queda en Boedo, un barrio que hasta hace unos pocos meses no disponía de una (sí, ni una) plaza. Mucho menos de un parque. Imaginen la importancia de los cafés como espacio de reunión e intercambio social para estos vecinos porteños. Los cafés de Boedo están cargados de historia: el Dante (ya cerrado, reunía a toda la feligresía sanlorencista); y la Esquina Homero Manzi (Café Notable, que lo único que mantiene inalterable con el tiempo es el solar que ocupa) son (o fueron en el caso del Dante) las dos puntas de un eje que corre por la Avenida y en donde (afortunadamente) hoy conviven distintas propuestas que conversan (o casi) con la identidad boediana. De entre todas, muchas cosas distinguen al Margot, aunque de arranque, parado en la vereda y sin entrar al café, se destaca su ubicación inigualable. El Margot está en Boedo esquina Pasaje San Ignacio, una cortada mistonga que lo carga de mística y magia.

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El Café Margot es uno de los cinco que pertenecen al Grupo Los Notables. Integra el listado de Cafés Notables de la Ciudad. Ocupa la ochava de un edificio centenario (1904) que siempre albergó establecimientos comerciales. Fue bombonería por los años ’20 y la Confitería Trianón a partir de 1940 (hoy mudada a 50 mts). En ésta, sus propietarios, el matrimonio Torres, inventaron el célebre sándwich de pavita cuyo secreto era que estaba elaborada al escabeche. Hoy en el Margot se lo sigue haciendo con la misma calidad de entonces. Sigue leyendo

Fotos que dicen/24

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(Bar Florencio Sánchez, Deán Funes y Chiclana, Parque Patricios)

Quizás porque no soy un buen poeta
puedo pedirte que te quedes quieta
hasta que yo termine estas palabras.

Quizás porque no soy un gran artista
puedo decir “tu pintura está lista”
y darte, orgulloso, este mamarracho.

Quizás porque no soy de la nobleza
puedo nombrarte mi reina y princesa
y darte coronas de papel de cigarrillo.

Quizás porque soy un mal negociante
no pido nada a cambio de darte
lo poco que tengo: mi vida y mis sueños.

Quizás porque no soy un buen soldado
dejo que ataques de frente y costado
cuando discutimos de nuestros proyectos.

Quizás porque no soy nada de eso
es que hoy estás aquí en mi lecho.

Quizás porque (Charly García, 1972)

 

 

“Quizás porque no soy un restó ni delí o gourmet,
es que hoy estás en un café”

Café contado

Fotos que dicen/23

pisos

“Los egipcios fueron entendidos a partir de la lectura de sus jeroglíficos; a los aztecas se los comprendió interpretando su escritura pictográfica; los porteños seremos explicados por nuestros pisos.”

Café contado

 

Seguí todos los pisos de cafés de Buenos Aires en:

https://cafecontado.com/category/cafes-por-el-piso/

El culto a la cola

cajerosEl grupo se disolvió una vez que el Banco Ciudad reemplazó los viejos cajeros automáticos por nuevos. Hasta entonces todos los días hacían la misma cola. Los descubrí por casualidad. Yendo a operar los cajeros de la sucursal de Av. Boedo 874. Frente al Margot, mi parroquia preferida. Las terminales siempre fueron tres y la cola una sola. La dinámica simple: al liberarse cualquier de las máquinas le correspondía el turno al primero de la fila. Dos de los tres cajeros parecían operar con mayor fluidez, pero otro, el tercero retenía a los clientes por inexplicables minutos. Los usuarios que caían atrapados en esta tercera unidad rezongaban, negaban con la cabeza, maldecían y al cabo de un buen rato dejaban pasar su turno y volvían resignados a ponerse al final de la cola y así dar inicio a un nuevo circuito. La chica que me precedía fue quien me alertó. “¿Funciona ese cajero?”. El reflejo del sol no me dejaba ver con nitidez. Me acerqué con cuidado de no importunar al cliente que estaba tecleando con sus dedos índices cargados bronca para percibir con extrañeza que la pantalla estaba a oscuras. Tal cual, no funcionaba. La cola seguía avanzando. La gente advertida cuando se liberaba la unidad que no funcionaba no perdía tiempo intentando lo imposible. En ese momento surgían de la cola personajes que haciendo un gesto de permiso al primero de la cola pedían autorización para ir a malgastar su vida en una máquina rota. Esto que cuento no lo comprobé inmediatamente. Fue una sospecha. Observé que un grupo manejaba códigos propios y que se cedían el turno para pasar a no operar. La sensación que tuve colmó mi curiosidad y por dos o tres días fui hasta el Banco a utilizar sin necesidad alguna los cajeros automáticos para certificar el hecho. Y ahí estaban. Los mismos. Esperando su turno para perder el tiempo frente a una pantalla oscura mientras hacían catarsis de sus propias vidas. Como si fueran confesionarios del sistema capitalista. La escena me hizo recordar la perfomance del artista eslovaco Roman Ondák que se exhibió en 2002 en la Tate Gallery de Londres. Era una fila de actores que creaban una cola artificial y que reproducían con sus posturas y actitud la espera de algo. Incluso el público podía “sumarse” a la cola y compartir un rato perdido con esta gente.

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En Boedo la gente extraña abunda. Y en sus cafés se mimetizan con el resto de los mortales. El Margot dispone de un repertorio (algunos ya los he contado) que lo enriquece. Incluidos muchos de estos coleros que se cruzaban la avenida para pasar a los baños del café. O pedían permiso para sentarse por unos pocos minutos a las mesas aduciendo que los cajeros automáticos estaban fuera de servicio y que personal del banco les habían asegurado volverían a funcionar en breve. Los hacedores de una cola inútil pronto se convirtieron en mis compañías cotidianas.

Un buen día todo cambió. La sucursal del Ciudad entró en una renovación (quiero creer que estaría programada y que la misma no obedeció a una decisión de la entidad para terminar con la insólita práctica de un grupo de personas que se reunían a diario para ocupar sus mañanas mientras le echaban la culpa del tiempo perdido a una máquina que de antemano sabían que no funcionaba) y de tres terminales quedaron sólo dos. Flamantes. Y funcionando. El grupo se disolvió en el acto. Todavía hoy, algunas mañanas, desolados y sin rumbo, suelen juntarse en la puerta del banco buscando una explicación a su infortunio. Uno de ellos suele volver por las noches y recorre las mesas del Margot y de los cafés vecinos. Es vendedor ambulante. Fácil de reconocer. Va con su valijita repleta de frascos caseros. Vende perfumes… de yuyos y de alfalfa…20140328_090035

Café Tortoni

A casi un año de comenzar este blog es momento de ocuparse del Gran Café Tortoni. En verdad, no lo hice antes porque es un café del cual queda poco por decir, mucho se sabe y es muy fácil encontrar información veraz. Pero, en fin, es como escribir sobre la cultura incaica y no mencionar Machu Picchu. Y “el público se renueva” diría una legendaria estrella del espectáculo vernáculo. Sobre todo, el público extranjero, de donde provienen muchos de los lectores. El Café Tortoni es el más viejo (aún funcionando) de Buenos Aires, data de 1858. El local daba sobre Rivadavia y recién cuando se construyó la Avenida de Mayo, un 26 de octubre de 1894, se inauguró su hoy tradicional puerta de ingreso (a la altura del 825) a través de la gran vía porteña. Esta fecha la adoptó la Legislatura de la Ciudad para celebrar el Día de los Cafés (ver https://cafecontado.com/promocion-2-x-4/)

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El nombre Tortoni homenajeaba a su homónimo de la ciudad de París que fuera creado después de la Revolución Francesa por un italiano, vendedor ambulante de helados, que lo hizo famoso y donde popularizó la “cassata”. Describirlo es innecesario. Las fotos son elocuentes y la información gráfica abundante. Lo importante es lo que representa para todos los argentinos. Si en Buenos Aires el café es religión, el Café Tortoni es su Templo Mayor. Ingresar al Tortoni es como hacerlo a una Institución formadora de una cultura que trascendió generaciones (“la escuela de todas las cosas” de Discépolo). Como las legendarias construcciones medievales de Universidades que se erigen orgullosas en ciudades milenarias. En su interior se hace difícil abstraerse del entorno. No hay modo de sostener una charla, por importante que sea, sin dejar de estar consciente del lugar donde se la está manteniendo. Definitivamente no. Uno está en el Tortoni y eso aporta su propio peso específico y simbólico. Sigue leyendo