La Confitería del Molino reabrirá en julio de 2016

molino

Ph: Diario La Nación

Diputados aprobó por ley que el emblemático lugar cerrado en 1997 pase a manos del Estado; en él funcionarán un café, un museo y un centro cultural

Lee la nota completa de Laura Serra para el Diario La Nación:

http://www.lanacion.com.ar/1743399-expropiaron-la-confiteria-del-molino-y-reabrira-para-el-bicentenario

Más info: Cafés “elegantes” de Buenos Aires

Anuncios

Madonna en la Confitería El Molino

En 1996, un año antes del cierre definitivo de la Confitería, Madonna grabó un video para su versión de Love don’t live here anymore. Dirigido por Jean-Baptiste Mondino, el rodaje se realizó en uno de los salones del Molino aprovechando la estadía de la cantante en Buenos Aires mientras filmaba Evita.

La Confitería del Molino

La recuperación de la Confitería del Molino nos expone a las decadencias que supimos concebir y refleja una imagen de lo que somos. Su reconstrucción generará revuelo y polvo. El que levantarían sus aspas si volviesen a funcionar. Este es el trailer del documental “Las aspas del Molino” del director Daniel Espinoza García próximo a estrenarse con imágenes y testimonios de la actualidad.

Más info:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/m2/10-2777-2014-09-01.html

Avanza la expropiación del Molino

Ayer fue la Confitería London City, pronto será el café Los 36 Billares,…

“Cuando soplan vientos de cambios, algunos construyen muros; otros molinos.”

Proverbio chino

el molino

Lee la nota completa de lanacion.com:

http://www.lanacion.com.ar/m1/1721930-avanza-la-expropiacion-de-la-historica-confiteria-del-molino

Los cafés “elegantes”/2

hotel de londresLlegaba el cronista callejero, la semana pasada, al moderno y lujoso edificio donde se encuentra la redacción de Desde Boedo cuando, al doblar la esquina, vio frente al mismo una vociferante turbamulta que parecía bastante enojada. Como en estas circunstancias toda prudencia es poca, el cronista se levantó las solapas del sobretodo y se caló bien el sombrero mientras se acercaba al epicentro de la manifestación. Y lo bien que hizo, a la luz de los sucesos que iban a desencadenarse. Sobre una vereda un enorme cartel rezaba “andá a estudiar Historia, chichipío”, sostenido por unos robustos morochos entre los que se destacaba, por su tamaño y su facha lombrosiana, uno que tocaba con fervor el bombo. Mientras tanto, sobre el otro lado de la calle una horda de elegantes señoras –entre las que le pareció divisar a la misma señora esposa del Director del periódico– portaba pancartas con leyendas tales como “¿Y la París, qué?”, “El Molino no se rinde”, “No discriminen a la Richmond” y lindezas semejantes. Como el cronista ya está ducho en estas lides, hábilmente se infiltró en el primer cotarro y entabló conversación con el morocho del bombo que, entre mazazo y mazazo, mordisqueaba un enorme choripán: “— ¿Qué pasa, jefe, les adeudan salarios?—” le preguntó el cronista, haciéndose el desentendido. “— ¡Má qué salario ni salario!—” le replicó el energúmeno, “— Lo que pasa es que en este pasquín escribe un salame que cree que puede poner cualquier cosa y que lo letore somo tarado—”. “— Pero mire usted—” siguió, ya inquieto, el cronista. “— ¿Y se puede saber qué escribió?—”. “—¡Sí señó! Mire si será bestia que puso que enfrente del café La Sonámbula estaba el antiguo Teatro Colón, cuando todo el mundo sabe que en 1889 el edificio se reformó y pasó a ser ocupado por el Banco Nacional, mientras que el Hotel de Londres, donde funcionaba el café, se construyó en 1896…—”. “ ¡Uy Dió, la cosa va conmigo!” se dijo el cronista contagiado de la verba popular y, pensando en su integridad física, prefirió no acercarse al grupo de señoras elegantes –que se veían aún más peligrosas– emprendiendo una sigilosa pero veloz retirada.

Ya a salvo en un café cercano el cronista pidió un café y el último número del periódico al mozo y, al leer su última crónica, comprobó que el del bombo tenía razón: llevado por el entusiasmo y su enfebrecida pluma, se le había escapado el gazapo… “Bueno, saco una fe de erratas y listo”, se tranquilizó a sí mismo. “Pero ¿y esas señoras a las que sólo les faltaban las cacerolas?” se preguntó, sintiendo la fría hiel de la incomprensión del público lector, “¿no sabían acaso que el espacio de la columna es limitado y que se las veía en figurillas para hacer entrar en la pauta todo lo posible?”. En fin, valga la aclaración para el señor del bombo –al que le parece haber visto por el Bajo Flores– y para las empingorotadas señoras va lo que sigue.

En realidad el cronista registra un Café de París y una Confitería de París, sin haber podido averiguar si existe continuidad entre ambas. El primero se levantó en el último tercio del siglo XIX en Perón entre San Martín y Florida. Su salón presenció saraos y banquetes como uno celebrado el 1º de mayo de 1889, con motivo del tercer aniversario de la Revista Nacional, donde su joven Director Adolfo P. Carranza planteó a los brindis la necesidad de fundar un Museo Histórico. La idea fue bien recibida y seguramente encarnaba un espíritu de época, pues el siguiente 24 de mayo el intendente Francisco Seeber creaba una Comisión de Notables para que “proyecten la organización del Museo Histórico de la Capital y lo instalen provisoriamente”. En cuanto a la segunda, en 1916 Pedro Vercesi encomendó al arquitecto Francisco Gianotti la construcción de un local en la esquina noroeste de Libertad y Marcelo T. de Alvear, que al siguiente año fue inaugurado como “Confitería París” y que, si bien fue demolida, es la que recuerdan aún muchos porteños. A tal punto era bacana en sus primeros tiempos que la inauguración  según cuenta Jorge Bossio– contó con el auspicio de la Sociedad del Divino Rostro, que presidía Angiolina Astengo de Mitre, consistiendo en una cena a beneficio de dicha institución. Sin embargo el cronista cree que dicha Confitería era más antigua, dado que existe registro gráfico de la misma en 1906, por lo que presume que lo que hizo Vercesi en 1916 fue construir un nuevo local, a todo trapo, en el mismo predio del antiguo.

molino0000Ahora bien, los porteños tenemos una importante deuda con este arquitecto cuyo nombre completo era Francesco Teresio Gianotti. Nacido en un pueblo cercano a Turín en 1881, arribó a nuestro país en 1909, donde colaboró con Mario Palanti en el diseño del Pabellón de Italia para la Exposición Internacional del Centenario y en 1915 realizó una de sus mayores obras, la Galería Güemes hoy restaurada en su esplendor original. Pero entre su abundante y larga obra (falleció en 1967) nos interesa, para esta evocación cafeteril, otro local que si bien subsiste como edificio está cerrado desde 1997: la Confitería del Molino. A mediados del siglo XIX, cuando la actual Plaza de los Dos Congresos era todavía un lugar medio despoblado, Constantino Rossi y Cayetano Brenna instalaron la Confitería del Centro, con especialidad en pan dulce, en las actuales Rivadavia y Rodríguez Peña, negocio que al instalarse en las cercanías un molino harinero –el Lorea– cambió su denominación por la de Antigua Confitería del Molino. En 1905 la firma se trasladó a un local frente al Congreso Nacional entonces en construcción y, tras la remodelación de la Plaza y su entorno, los propietarios decidieron erigir un nuevo edificio en sociedad con la familia Rocatagliatta unificando dos propiedades, una sobre Callao 32, adquirida en 1909, y la otra en Rivadavia 1815, comprada en 1911. La primera constaba de planta baja y cinco pisos, que Gianotti remodeló y unificó con un nuevo edificio construido en el segundo solar, configurándose así la Nueva Confitería del Molino que, con su característica torre, fue inaugurada en 1917 y pronto se convirtió en la preferida de los parlamentarios, del ambiente artístico y de las personalidades que visitaban nuestro país. Durante el golpe de estado de 1930 sufrió un incendio, debiendo ser reconstruida, y en 1978 el entonces propietario vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo que al poco tiempo se declaró en quiebra. Los descendientes de Cayetano Brenna compraron el negocio y pudieron mantenerlo hasta el 24 de enero de 1997 cuando cerró sus puertas, al menos hasta hoy día…

El cronista callejero, a esta altura, se siente un poco más tranquilo en cuanto al reclamo de las enfervorecidas señoras que reclamaban frente al periódico: por lo menos ya pueden bajar dos pancartas. En cuanto a la Richmond, tengan paciencia, porque en la próxima entrega comenzará a reseñar aquellos cafés que fueron sede de la bohemia literaria y teatral. Como el cronista siempre dice: “ese… será otro callejeo”.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 132, julio de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/07/132-julio-2013.html

Los cafés “elegantes”

Cafe siglo XIX Museo de BilbaoAndaba el cronista, en su último callejeo, rememorando la transformación de las antiguas pulperías urbanas y suburbanas en el “almacén y despacho de bebidas” que por muchos años fue el arquetipo de nuestros cafés de barrio: centro de sociabilidad masculina donde las copas alternaban con el juego más o menos clandestino mientras el cantor o el caudillo político locales desplegaban sus buenas o malas artes. Los hubo en el “Centro” de la aún pequeña Buenos Aires del siglo XIX y fueron acompañando su crecimiento hacia las extensas zonas de quintas que después de 1880 comenzaron a lotearse y dieron nacimiento a los barrios porteños. Pero conviviendo con estos establecimientos si se quiere “populares”, también existieron otros negocios con más pretensiones, destinados a un público de mayor poder adquisitivo. El cronista ya ha mencionado, en su callejeo de marzo, aquellos que presenciaron la Revolución de Mayo como el Café de Marco, el De la Comedia, o la Fonda de los Tres Reyes, a los que se fueron sumando a lo largo de los años otros de variada categoría como el Café de Monserrat en la calle Buen Orden 152 (actual Bernardo de Irigoyen 292), que perduró hasta fin de siglo; o el llamado De las Cuatro Naciones de Perú y Alsina, fundado por José Badaracco allá por 1836 y que desapareció al demolerse el antiguo Mercado del Centro que abarcaba la manzana de Alsina, Perú, Moreno y Chacabuco.

av.santafe9Pero fue tras la caída de Rosas, con los consecuentes cambios políticos y sociales, cuando comenzó el establecimiento de locales con mayor influencia europea, seguramente por ser fundamentalmente inmigrantes sus propietarios, y tan sólo en la década de 1850 surgieron cuatro comercios de primer nivel que compitieron por el favor de la sociedad porteña. Según el historiador Ricardo Llanes el primero habría sido la Confitería del Águila, fundada por el ligur Vicente Costa el 1º de enero de 1852 en Florida 102 (actual 178–180) esquina Perón. Al fallecer Costa dejó como sucesor a uno de sus empleados, Jerónimo Canale, quien construyó un edificio de tal lujo que al visitar Buenos Aires el presidente brasileño Campos Salles, en 1900, la recepción oficial se realizó en sus salones. Con los años Canale traspasó la propiedad a sus hermanos Ángel y Agustín, que a su vez lo hicieron con su hermano menor, Santiago, quien a principios del siglo XX protagonizó la mudanza de la confitería a Callao y Santa Fe.

Hacia 1857 –algunos autores sostienen que unos años antes– Pascual Roverano fundaba, en la vereda de la iglesia San Miguel sobre la calle Suipacha, la Confitería del Gas que pronto trasladó a la esquina noroeste de la anterior y Rivadavia. Según Juan José Cresto, historiador del barrio de San Nicolás, el nombre se debió “a un adorno de dos faroles, con picos de gas, en la puerta de entrada”, y el cronista se imagina la sensación de progreso que deben haber causado en aquella Buenos Aires que en su mayor parte aún se iluminaba con faroles de aceite. Lo cierto es que éste fue el primer barrio alumbrado a gas dado que en 1855 se había establecido la Compañía de Gas de Buenos Aires, construyendo un gasógeno en Retiro y comenzando el servicio en enero de 1856. La Confitería del Gas se convirtió en una de las más selectas, rivalizando con la del Molino a la hora del té con masas suizas, pero no escapó de la piqueta que tanto se ha ensañado con el patrimonio de nuestra ciudad. El cronista entiende que cerró sus puertas en la década de 1940.

Otro fue el destino del Café Tortoni, el más antiguo con que cuenta Buenos Aires. Fundado por monsieur Touan en 1858 en la esquina de Rivadavia y Esmeralda, en la década de 1880 se mudó a Rivadavia 826. Al abrirse la Avenida de Mayo y acortarse el lote se encontró –como sucedió con el primitivo Pasaje Roverano, de los mismos dueños de la Confitería del Gas– con que sus fondos daban a la misma por lo que su dueño de entonces, Celestino Curutchet, le encomendó una fachada al arquitecto Alejandro Christophersen, inaugurada en 1894. Fue su sucesor, Pedro Curutchet, quien invitó a Quinquela Martín a instalar en su bodega la Peña que había fundado en 1926 en La Cosechera, café de Avenida de Mayo y Perú, peña que perduraría hasta 1947 y haría historia en la cultura porteña.

la helveticaPor su parte, el bar La Helvética fue fundado allá en 1860 en Corrientes 502, por los señores Poirier y Morini. La cercanía del diario La Nación, a unos pocos metros por San Martín, convirtió a este establecimiento en una sucursal de la redacción, y en muchas oportunidades era posible ver al propio general Mitre acercarse, en las tardes, a tomarse un guindado mientras fumaba uno de sus célebres –por lo pestilentes– “charutos”. Mucho más que un guindado solía tomar Rubén Darío cuando reinaba sobre estas mesas, durante su estadía en Buenos Aires desde 1893 a 1898. A su alrededor, mucho antes de que se concentrara en el café de “Los Inmortales”, pululaba la vida literaria e intelectual del Buenos Aires de fin de siglo y era posible encontrarse con Roberto J. Payró, Emilio Becher, Bartolito Mitre, José de Maturana, Joaquín de Vedia, Charles de Soussens, José Ingenieros y tantos otros. La Helvética perduró por casi un siglo pero no cayó víctima de la piqueta, sino… de varios cañonazos. En la década de 1950 se había instalado en su piso superior la Alianza Libertadora Nacionalista que lideraron Juan Queraltó y más tarde el inclasificable Guillermo Patricio Kelly. Al producirse la llamada “revolución libertadora” (el cronista se niega a escribirlo con mayúsculas) en septiembre de 1955, el Ejército intimó a la Alianza a desalojar el edificio y, ante su negativa, en la noche del 18 de septiembre un tanque apostado en la esquina de enfrente cañoneó el edificio, que quedó semidestruido. El viejo y glorioso bar quedó varios años inutilizado y sus dueños imposibilitados de ingresar al local hasta que finalmente el conjunto fue demolido.

Otro de los establecimientos preferidos por la sociedad porteña de fines del siglo XIX fue el café y restaurante La Sonámbula, en la esquina sureste de Hipólito Yrigoyen y Defensa. Allí había construido la compañía de seguros La Previsora un edificio para sus oficinas al que, por razones económicas, destinó en parte para el Hotel de Londres. El edificio, diseñado por el arquitecto Pedro Coni en estilo academicista, tenía una importante cúpula en símil piedra que coronaba un grupo alegórico, creación de Luis Trinchero, y los coloridos toldos de los niveles bajos le conferían una atractiva vista a la esquina. El cronista no sabe de cierto de qué nacionalidad era el dueño o los dueños, pero todo le hace suponer un origen itálico porque si bien el hotel era “de Londres”, el curioso nombre de La sonámbula sólo lo remite a la famosa ópera de Vincenzo Bellini… y no nos olvidemos que Plaza de Mayo por medio se encontraba todavía el viejo Teatro de Colón. Al hotel y a la confitería se los llevó puestos el “progreso” en la década de 1940, cuando el estado nacional expropió o adquirió todos los lotes de la manzana –salvo el del antiguo Congreso Nacional de Yrigoyen y Balcarce– para construir el Banco Hipotecario. Quedó como recuerdo un tango de Pascual Cardarópoli, titulado precisamente La sonámbula, que Pacho Maglio grabó en el sello Columbia allá por 1912 o 1913, en solo de bandoneón. Pero la relación del naciente tango con los cafés de Buenos Aires… será otro callejeo.

sonambula

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 131, junio de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/06/n-131-junio-de-2013-el-futbol-y-la.html

El coleccionista de cafés

Se lamentaba el cronista, en el callejeo del mes pasado, de la desaparición de tantos cafés de Buenos Aires. La cosa había empezado a raíz de la consulta de un amigo en cuanto a la posibilidad de probar “documentalmente” ciertos aspectos de la historia popular, como la concurrencia de tal o cual personalidad a alguno de esos locales más allá de la tradición oral… Y el cronista pensaba en voz alta que con la piqueta, el cambio de firma o de ramo, seguramente se perdieron muchos testimonios que no fueron apreciados en su valor por los demoledores o los nuevos dueños y terminaron en la basura: fotografías, dedicatorias, los propios libros comerciales de los cafés con orquesta, donde deberían haber constado los pagos a los músicos… En muchos casos se trató de una doble pérdida, ya que a los personajes y hechos que en ellos habían sido (lo que se llama patrimonio inmaterial o intangible) se añadían valores materiales. El viejo Café de los Angelitos era prácticamente un galpón, cuatro paredes con un techo de chapas, como lo han sido tantos, pero la confitería Richmond, centro de peñas literarias de la década de 1920 y del grupo de Florida, sumaba su arquitectura, su decoración, su mobiliario, todo lo que constituía su “espíritu”. Lo mismo podríamos decir de las confiterías del Águila, del Molino o de la París de Libertad y Marcelo T. de Alvear, para hablar de las más “paquetas”. confiteria paris 1906Un progreso mal entendido, intereses inmobiliarios o comerciales o simplemente eso que se llama “la moda” los fueron arrasando, o modificándolos hasta hacerlos irreconocibles. El cronista frecuentó durante años el bar Gardel de Independencia y Entre Ríos, viejo reducto de puesteros del Mercado San Cristóbal convertido en uno de esos cafés hechos en serie, con los mismos dorados, revestimientos y helechos, amén de una figura en cartapesta del Mudo que dan ganas de salir corriendo, y no puede menos de evocar el tango del “Cacho” Oscar Valles cuando decía: “y hasta el bodegón, bronca con razón,/ pues de restaurant lo han disfrazado…” (El Progreso, 1965).

Pero el cronista no se quiere poner “tanguero” porque piensa que al fin y al cabo la gastronómica es una actividad totalmente comercial y qué se puede esperar en cuanto a la preservación de los valores históricos y culturales que puede llevar aneja cuando en esta bendita ciudad se han demolido teatros de la noche a la mañana… Así que prefiere dedicarse al hobby que comparte con destacadas personalidades como Adolfo Bioy Casares: coleccionar cafés. ¿Que cómo es esto? Pues muy simple, se basa en una impenitente frecuentación de bares, estaños, borracherías, almacenes–bar y otros peringundines a lo largo de la vida. El coleccionista de cafés, a diferencia de tantos otros, no desea la propiedad del objeto coleccionado ni su exclusividad; le basta con poseer su conocimiento o su recuerdo, con visitarlo o haberlo visitado, con poseer su secreto o compartirlo. Si usted escucha a dos parroquianos una conversación más o menos como ésta: “—En Belgrano y Alsina de Avellaneda, al lado del comité radical, había un almacén y bar que se llamaba La Facultad, que hacía unos sánguches de cantimpalo que se la debo. —Ah, sí, el de los gallegos… Tenían un cuartito sobre Belgrano donde guardaban las cajas de bebidas que se convertía en ‘reservado’ para los amigos, y en mesa de juego por las noches—”, pues no lo dude, está en presencia de dos “coleccionistas de cafés”.

etiopia¿Y de dónde y cuándo nos vienen el café y los cafés? Más allá de las leyendas, más o menos coherentes y más o menos poéticas, se sabe que su origen es Etiopía y que, a través de los árabes primero y de los turcos luego, llegó a Europa a principios del siglo XVII, donde comenzó a ser consumido como medicina por las clases altas. Pero pronto se popularizó y a mediados del mismo siglo era vendido en las calles de Italia por los vendedores ambulantes de limonada, chocolate y licores, en 1683 se abrió la primera cafetería en Venecia y en 1686 el siciliano Francesco Procopio Dei Coltelli abrió el Café que aún lleva su nombre afrancesado –Procope– frente a la Comedia Francesa, en el corazón de París; allí la bebida se suavizó, en lugar de hervirlo “a la turca” comenzó a prepararse en infusión y luego se le agregó leche. La costumbre se extendió a Londres y a toda Europa y las cafeterías rivalizaron con las tabernas, con el beneficio de una disminución en el consumo de alcohol y, quizá por primera vez, permitiendo el acceso de mujeres en condiciones de igualdad con los demás parroquianos. cafe-marcos-ilustracion-morenoEstos establecimientos se convirtieron en nuevos ámbitos de sociabilidad, más refinados y propensos a la actividad intelectual de ese Siglo de las Luces, y en sus salones se incubó la Revolución Francesa tanto como la de Mayo fue gestada en el Café de Marco de Bolívar y Alsina (denominaciones actuales), o el Café de la Comedia de Reconquista y Cangallo, donde los jóvenes patriotas alternaban las arengas revolucionarias con las partidas de billar mientras en la Fonda de los Tres Reyes (25 de Mayo entre Rivadavia y Bartolomé Mitre) rumiaban su bronca los realistas.

Pero los actuales cafés de Buenos Aires agregan a esta genealogía otra vertiente que se explica en su proceso de crecimiento de aldea a gran ciudad, una rama más popular que frecuentaban los grupos sociales a medio camino entre lo urbano y lo rural: las pulperías y almacenes. Porque no se crea que las pulperías eran establecimientos propios solamente de campo afuera o de localidades del Interior: las actas del Cabildo y la legislación de época dan cuenta de su existencia desde principios del siglo XVIII, con múltiples advertencias para los propietarios, desde qué géneros podían vender y a qué precios hasta la prohibición ser atendidas por negros o negras o la reglamentación de juegos de naipes o dados. Su condición de punto de reunión popular las convertían en objeto de cuidadosa atención policial, de lo cual dan testimonio los archivos judiciales que constituyen una fuente maravillosa de información para los actuales historiadores que estudian las formas de sociabilidad de las clases subalternas, esas olvidadas por la “gran Historia”, con lo que volvemos al origen de estas notas, en cuanto a si la historia popular puede ser basada en documentos. Y sí, documentos existen, pero gran parte de ellos está basada en la óptica de las clases propietarias; si nos pusiéramos foucaultianos, podríamos decir que esos papeles reflejan la mirada del Poder.

Pero volviendo a lo nuestro, de esas pulperías urbanas descienden los almacenes con despacho de bebidas que fueron acompañando a la ciudad en su crecimiento, desde el antiguo casco fundacional hacia las chacras,  potreros y bañados que fueron convirtiéndose en los modernos barrios porteños hasta llegar al día de hoy, donde prácticamente cada cuadra de Buenos Aires cuenta con un café o bar, algo que maravilla a los turistas y a lo que nosotros, los porteños, no damos la debida importancia porque es nuestro paisaje cotidiano. Pero esa evolución, desde la pulpería hasta el café de esquina… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 128, marzo de 2013:

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/03/n128-marzode-2013-marzoel-otono-y-los.html