Triste, solitario y final

bar-del-gallego

A principio de este mes publiqué esta foto y la nota que referenciaba al “garante del bar del gallego”… (https://cafecontado.com/2013/10/01/el-garante-del-gallego/)

Cerró…

Ni treinta días pasaron…

“Si cuando se extingue una especie desaparece una conducta, cuando cierra un café, Buenos Aires pierde carácter.”
Café contado

 

Aquí va la mala nueva:

http://www.cronista.com/negocios/Fin-de-un-mito-cerro-El-Bar-del-Gallego-de-Palermo-y-Eurnekian-se-queda-con-la-propiedad-20131031-0017.html

Bar de Cao

20131025_152124A principios del siglo XX existía una categoría de comercio que hoy ha caído en desuso, el Almacén-Bar. Eran sitios, generalmente ubicados en esquinas, que funcionaban como despacho de comestibles y que se comunicaban por una pequeña puerta con el bar. En muchos barrios, sobre todo en aquellos donde los espacios verdes no abundaban, estos lugares servían de espacios públicos de sociabilidad, encuentros, novedades y celebraciones. El barrio de San Cristóbal luce con orgullo una auténtica joya patrimonial que supo llamarse “Despacho de comestibles al por menor. Venta de bebidas en general y despacho de bebidas alcohólicas. Cao Hermanos”. Hoy, Bar de Cao.

El Bar de Cao queda en Av. Independencia al 2400, esquina Matheu. El edificio funcionó como bodegón desde de 1915. Los hermanos Cao, asturianos, lo adquirieron y convirtieron en almacén-bar a partir de 1930 y atendieron hasta 2000. En 2005, sus actuales propietarios lo rescataron, pusieron en valor, unificaron el espacio y convirtieron en un sitio de atracción sin igual para la ciudad de Buenos Aires. Hoy la vieja despensa de los hermanos Cao integra el grupo de Los Notables junto a sus “hermanastros”: Margot, La Poesía, El Federal y Celta Bar.

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Los cafés “elegantes”/2

hotel de londresLlegaba el cronista callejero, la semana pasada, al moderno y lujoso edificio donde se encuentra la redacción de Desde Boedo cuando, al doblar la esquina, vio frente al mismo una vociferante turbamulta que parecía bastante enojada. Como en estas circunstancias toda prudencia es poca, el cronista se levantó las solapas del sobretodo y se caló bien el sombrero mientras se acercaba al epicentro de la manifestación. Y lo bien que hizo, a la luz de los sucesos que iban a desencadenarse. Sobre una vereda un enorme cartel rezaba “andá a estudiar Historia, chichipío”, sostenido por unos robustos morochos entre los que se destacaba, por su tamaño y su facha lombrosiana, uno que tocaba con fervor el bombo. Mientras tanto, sobre el otro lado de la calle una horda de elegantes señoras –entre las que le pareció divisar a la misma señora esposa del Director del periódico– portaba pancartas con leyendas tales como “¿Y la París, qué?”, “El Molino no se rinde”, “No discriminen a la Richmond” y lindezas semejantes. Como el cronista ya está ducho en estas lides, hábilmente se infiltró en el primer cotarro y entabló conversación con el morocho del bombo que, entre mazazo y mazazo, mordisqueaba un enorme choripán: “— ¿Qué pasa, jefe, les adeudan salarios?—” le preguntó el cronista, haciéndose el desentendido. “— ¡Má qué salario ni salario!—” le replicó el energúmeno, “— Lo que pasa es que en este pasquín escribe un salame que cree que puede poner cualquier cosa y que lo letore somo tarado—”. “— Pero mire usted—” siguió, ya inquieto, el cronista. “— ¿Y se puede saber qué escribió?—”. “—¡Sí señó! Mire si será bestia que puso que enfrente del café La Sonámbula estaba el antiguo Teatro Colón, cuando todo el mundo sabe que en 1889 el edificio se reformó y pasó a ser ocupado por el Banco Nacional, mientras que el Hotel de Londres, donde funcionaba el café, se construyó en 1896…—”. “ ¡Uy Dió, la cosa va conmigo!” se dijo el cronista contagiado de la verba popular y, pensando en su integridad física, prefirió no acercarse al grupo de señoras elegantes –que se veían aún más peligrosas– emprendiendo una sigilosa pero veloz retirada.

Ya a salvo en un café cercano el cronista pidió un café y el último número del periódico al mozo y, al leer su última crónica, comprobó que el del bombo tenía razón: llevado por el entusiasmo y su enfebrecida pluma, se le había escapado el gazapo… “Bueno, saco una fe de erratas y listo”, se tranquilizó a sí mismo. “Pero ¿y esas señoras a las que sólo les faltaban las cacerolas?” se preguntó, sintiendo la fría hiel de la incomprensión del público lector, “¿no sabían acaso que el espacio de la columna es limitado y que se las veía en figurillas para hacer entrar en la pauta todo lo posible?”. En fin, valga la aclaración para el señor del bombo –al que le parece haber visto por el Bajo Flores– y para las empingorotadas señoras va lo que sigue.

En realidad el cronista registra un Café de París y una Confitería de París, sin haber podido averiguar si existe continuidad entre ambas. El primero se levantó en el último tercio del siglo XIX en Perón entre San Martín y Florida. Su salón presenció saraos y banquetes como uno celebrado el 1º de mayo de 1889, con motivo del tercer aniversario de la Revista Nacional, donde su joven Director Adolfo P. Carranza planteó a los brindis la necesidad de fundar un Museo Histórico. La idea fue bien recibida y seguramente encarnaba un espíritu de época, pues el siguiente 24 de mayo el intendente Francisco Seeber creaba una Comisión de Notables para que “proyecten la organización del Museo Histórico de la Capital y lo instalen provisoriamente”. En cuanto a la segunda, en 1916 Pedro Vercesi encomendó al arquitecto Francisco Gianotti la construcción de un local en la esquina noroeste de Libertad y Marcelo T. de Alvear, que al siguiente año fue inaugurado como “Confitería París” y que, si bien fue demolida, es la que recuerdan aún muchos porteños. A tal punto era bacana en sus primeros tiempos que la inauguración  según cuenta Jorge Bossio– contó con el auspicio de la Sociedad del Divino Rostro, que presidía Angiolina Astengo de Mitre, consistiendo en una cena a beneficio de dicha institución. Sin embargo el cronista cree que dicha Confitería era más antigua, dado que existe registro gráfico de la misma en 1906, por lo que presume que lo que hizo Vercesi en 1916 fue construir un nuevo local, a todo trapo, en el mismo predio del antiguo.

molino0000Ahora bien, los porteños tenemos una importante deuda con este arquitecto cuyo nombre completo era Francesco Teresio Gianotti. Nacido en un pueblo cercano a Turín en 1881, arribó a nuestro país en 1909, donde colaboró con Mario Palanti en el diseño del Pabellón de Italia para la Exposición Internacional del Centenario y en 1915 realizó una de sus mayores obras, la Galería Güemes hoy restaurada en su esplendor original. Pero entre su abundante y larga obra (falleció en 1967) nos interesa, para esta evocación cafeteril, otro local que si bien subsiste como edificio está cerrado desde 1997: la Confitería del Molino. A mediados del siglo XIX, cuando la actual Plaza de los Dos Congresos era todavía un lugar medio despoblado, Constantino Rossi y Cayetano Brenna instalaron la Confitería del Centro, con especialidad en pan dulce, en las actuales Rivadavia y Rodríguez Peña, negocio que al instalarse en las cercanías un molino harinero –el Lorea– cambió su denominación por la de Antigua Confitería del Molino. En 1905 la firma se trasladó a un local frente al Congreso Nacional entonces en construcción y, tras la remodelación de la Plaza y su entorno, los propietarios decidieron erigir un nuevo edificio en sociedad con la familia Rocatagliatta unificando dos propiedades, una sobre Callao 32, adquirida en 1909, y la otra en Rivadavia 1815, comprada en 1911. La primera constaba de planta baja y cinco pisos, que Gianotti remodeló y unificó con un nuevo edificio construido en el segundo solar, configurándose así la Nueva Confitería del Molino que, con su característica torre, fue inaugurada en 1917 y pronto se convirtió en la preferida de los parlamentarios, del ambiente artístico y de las personalidades que visitaban nuestro país. Durante el golpe de estado de 1930 sufrió un incendio, debiendo ser reconstruida, y en 1978 el entonces propietario vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo que al poco tiempo se declaró en quiebra. Los descendientes de Cayetano Brenna compraron el negocio y pudieron mantenerlo hasta el 24 de enero de 1997 cuando cerró sus puertas, al menos hasta hoy día…

El cronista callejero, a esta altura, se siente un poco más tranquilo en cuanto al reclamo de las enfervorecidas señoras que reclamaban frente al periódico: por lo menos ya pueden bajar dos pancartas. En cuanto a la Richmond, tengan paciencia, porque en la próxima entrega comenzará a reseñar aquellos cafés que fueron sede de la bohemia literaria y teatral. Como el cronista siempre dice: “ese… será otro callejeo”.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 132, julio de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/07/132-julio-2013.html

Los cafés “elegantes”

Cafe siglo XIX Museo de BilbaoAndaba el cronista, en su último callejeo, rememorando la transformación de las antiguas pulperías urbanas y suburbanas en el “almacén y despacho de bebidas” que por muchos años fue el arquetipo de nuestros cafés de barrio: centro de sociabilidad masculina donde las copas alternaban con el juego más o menos clandestino mientras el cantor o el caudillo político locales desplegaban sus buenas o malas artes. Los hubo en el “Centro” de la aún pequeña Buenos Aires del siglo XIX y fueron acompañando su crecimiento hacia las extensas zonas de quintas que después de 1880 comenzaron a lotearse y dieron nacimiento a los barrios porteños. Pero conviviendo con estos establecimientos si se quiere “populares”, también existieron otros negocios con más pretensiones, destinados a un público de mayor poder adquisitivo. El cronista ya ha mencionado, en su callejeo de marzo, aquellos que presenciaron la Revolución de Mayo como el Café de Marco, el De la Comedia, o la Fonda de los Tres Reyes, a los que se fueron sumando a lo largo de los años otros de variada categoría como el Café de Monserrat en la calle Buen Orden 152 (actual Bernardo de Irigoyen 292), que perduró hasta fin de siglo; o el llamado De las Cuatro Naciones de Perú y Alsina, fundado por José Badaracco allá por 1836 y que desapareció al demolerse el antiguo Mercado del Centro que abarcaba la manzana de Alsina, Perú, Moreno y Chacabuco.

av.santafe9Pero fue tras la caída de Rosas, con los consecuentes cambios políticos y sociales, cuando comenzó el establecimiento de locales con mayor influencia europea, seguramente por ser fundamentalmente inmigrantes sus propietarios, y tan sólo en la década de 1850 surgieron cuatro comercios de primer nivel que compitieron por el favor de la sociedad porteña. Según el historiador Ricardo Llanes el primero habría sido la Confitería del Águila, fundada por el ligur Vicente Costa el 1º de enero de 1852 en Florida 102 (actual 178–180) esquina Perón. Al fallecer Costa dejó como sucesor a uno de sus empleados, Jerónimo Canale, quien construyó un edificio de tal lujo que al visitar Buenos Aires el presidente brasileño Campos Salles, en 1900, la recepción oficial se realizó en sus salones. Con los años Canale traspasó la propiedad a sus hermanos Ángel y Agustín, que a su vez lo hicieron con su hermano menor, Santiago, quien a principios del siglo XX protagonizó la mudanza de la confitería a Callao y Santa Fe.

Hacia 1857 –algunos autores sostienen que unos años antes– Pascual Roverano fundaba, en la vereda de la iglesia San Miguel sobre la calle Suipacha, la Confitería del Gas que pronto trasladó a la esquina noroeste de la anterior y Rivadavia. Según Juan José Cresto, historiador del barrio de San Nicolás, el nombre se debió “a un adorno de dos faroles, con picos de gas, en la puerta de entrada”, y el cronista se imagina la sensación de progreso que deben haber causado en aquella Buenos Aires que en su mayor parte aún se iluminaba con faroles de aceite. Lo cierto es que éste fue el primer barrio alumbrado a gas dado que en 1855 se había establecido la Compañía de Gas de Buenos Aires, construyendo un gasógeno en Retiro y comenzando el servicio en enero de 1856. La Confitería del Gas se convirtió en una de las más selectas, rivalizando con la del Molino a la hora del té con masas suizas, pero no escapó de la piqueta que tanto se ha ensañado con el patrimonio de nuestra ciudad. El cronista entiende que cerró sus puertas en la década de 1940.

Otro fue el destino del Café Tortoni, el más antiguo con que cuenta Buenos Aires. Fundado por monsieur Touan en 1858 en la esquina de Rivadavia y Esmeralda, en la década de 1880 se mudó a Rivadavia 826. Al abrirse la Avenida de Mayo y acortarse el lote se encontró –como sucedió con el primitivo Pasaje Roverano, de los mismos dueños de la Confitería del Gas– con que sus fondos daban a la misma por lo que su dueño de entonces, Celestino Curutchet, le encomendó una fachada al arquitecto Alejandro Christophersen, inaugurada en 1894. Fue su sucesor, Pedro Curutchet, quien invitó a Quinquela Martín a instalar en su bodega la Peña que había fundado en 1926 en La Cosechera, café de Avenida de Mayo y Perú, peña que perduraría hasta 1947 y haría historia en la cultura porteña.

la helveticaPor su parte, el bar La Helvética fue fundado allá en 1860 en Corrientes 502, por los señores Poirier y Morini. La cercanía del diario La Nación, a unos pocos metros por San Martín, convirtió a este establecimiento en una sucursal de la redacción, y en muchas oportunidades era posible ver al propio general Mitre acercarse, en las tardes, a tomarse un guindado mientras fumaba uno de sus célebres –por lo pestilentes– “charutos”. Mucho más que un guindado solía tomar Rubén Darío cuando reinaba sobre estas mesas, durante su estadía en Buenos Aires desde 1893 a 1898. A su alrededor, mucho antes de que se concentrara en el café de “Los Inmortales”, pululaba la vida literaria e intelectual del Buenos Aires de fin de siglo y era posible encontrarse con Roberto J. Payró, Emilio Becher, Bartolito Mitre, José de Maturana, Joaquín de Vedia, Charles de Soussens, José Ingenieros y tantos otros. La Helvética perduró por casi un siglo pero no cayó víctima de la piqueta, sino… de varios cañonazos. En la década de 1950 se había instalado en su piso superior la Alianza Libertadora Nacionalista que lideraron Juan Queraltó y más tarde el inclasificable Guillermo Patricio Kelly. Al producirse la llamada “revolución libertadora” (el cronista se niega a escribirlo con mayúsculas) en septiembre de 1955, el Ejército intimó a la Alianza a desalojar el edificio y, ante su negativa, en la noche del 18 de septiembre un tanque apostado en la esquina de enfrente cañoneó el edificio, que quedó semidestruido. El viejo y glorioso bar quedó varios años inutilizado y sus dueños imposibilitados de ingresar al local hasta que finalmente el conjunto fue demolido.

Otro de los establecimientos preferidos por la sociedad porteña de fines del siglo XIX fue el café y restaurante La Sonámbula, en la esquina sureste de Hipólito Yrigoyen y Defensa. Allí había construido la compañía de seguros La Previsora un edificio para sus oficinas al que, por razones económicas, destinó en parte para el Hotel de Londres. El edificio, diseñado por el arquitecto Pedro Coni en estilo academicista, tenía una importante cúpula en símil piedra que coronaba un grupo alegórico, creación de Luis Trinchero, y los coloridos toldos de los niveles bajos le conferían una atractiva vista a la esquina. El cronista no sabe de cierto de qué nacionalidad era el dueño o los dueños, pero todo le hace suponer un origen itálico porque si bien el hotel era “de Londres”, el curioso nombre de La sonámbula sólo lo remite a la famosa ópera de Vincenzo Bellini… y no nos olvidemos que Plaza de Mayo por medio se encontraba todavía el viejo Teatro de Colón. Al hotel y a la confitería se los llevó puestos el “progreso” en la década de 1940, cuando el estado nacional expropió o adquirió todos los lotes de la manzana –salvo el del antiguo Congreso Nacional de Yrigoyen y Balcarce– para construir el Banco Hipotecario. Quedó como recuerdo un tango de Pascual Cardarópoli, titulado precisamente La sonámbula, que Pacho Maglio grabó en el sello Columbia allá por 1912 o 1913, en solo de bandoneón. Pero la relación del naciente tango con los cafés de Buenos Aires… será otro callejeo.

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por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 131, junio de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/06/n-131-junio-de-2013-el-futbol-y-la.html

Establecimiento General de Café

La devoción por el café en Buenos Aires desarrolló una buena cantidad de marcas nacionales que tienen distintos locales en la ciudad, en todo el país y en el exterior. El permanente riesgo que corren las marcas (o franquicias) es que en la obligación de mantener una estética determinada muchas veces terminan resultando implantes urbanos antinaturales que contrastan con el entorno. En el caso del Establecimiento General de Café estos contratiempos son salvados con solvencia. Y su mejor exponente es el local de la calle Reconquista (esquina Tucumán).

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El Establecimiento General de Café abrió su primer local en 1999. Hoy suman cinco, todos en la ciudad. Sus dueños se autodenominan la cafetería gourmet con la mayor variedad de Buenos Aires. Sus locales logran mantener el discurso arquitectónico de sus fachadas y suman valor a la atmósfera donde están emplazados. El de Reconquista 591 tiene un plus extra por su ubicación estratégica. Situado en plena city porteña, es una propuesta confortable, moderna, ágil. Está rodeado de empresas exportadoras, multinacionales, cerealeras, agentes bursátiles, financieras, más los miles de turistas que caminan la hoy calle peatonal y acreditan y gozan de cafés de todo el mundo tostados en el momento y a la medida de cada cliente. Sigue leyendo

Cafés de Novela/5

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La Academia, Av. Callao 368, Balvanera

“Para un taxi y pide que lo lleve hasta Callao y Corrientes. Por suerte le toca un conductor silencioso. Antes de entrar en la Academia, Benavides mira hacia un y otro lado, verificando que nadie lo haya seguido.”

Cuaderno del ausente, Vicente Battista (2009)

 

Más info de la novela en diario Página/12: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-14038-2009-05-29.html

 

La Argentina invade Dubai

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La Argentina invade Dubai. El juego del TEG? No. Primero fue Diego. Ahora Café Martínez abre su segundo local en Las Business Central Towers de la Media City de Dubai, Oriente Medio. El primero está en las Wafi Mall (foto). Ya va por un tercero!!!

 

Lee la nota completa del Correo del Golfo, primer periódico en castellano de los Emiratos Árabes Unidos: http://elcorreodelgolfo.org/?p=8379

 

Más info: http://www.cafemartinez.com/