Almacén Doña Cata – Valentín Alsina

La categoría “Almacén. Bar. Despacho de bebidas” es una especie extinguida en la ciudad de Buenos Aires. Pero en el conurbano algunos ejemplares, aunque esporádicos, siguen vivos. Tal es el caso del Almacén de Doña Cata, en la calle Paso de Burgos 456, Valentín Alsina. Cata, por Catalina Pindus, era una ucraniana que llegó huyendo de guerras y hambrunas (¿les suena?). Junto a Pedro, su marido, abrieron el pequeño comercio (también ofició un tiempo como pensión a compatriotas que escapaban como ellos) en una barriada obrera rodeada de grandes curtiembres, la SIAM, Gurmendi y una red de pequeños talleres que hacían de soporte a un polo industrial al otro lado del Riachuelo. El año de inicio de apertura es incierto, me dicen Laura y Ariel, sus actuales propietarios. Cuando estos compraron el fondo de comercio en 2010, doña Cata ya era una mujer muy mayor que estimó que el local había abierto hacia 1940. Las fotos que se lucen en el almacén de la propia Catalina y su familia posando en la puerta del almacén parecen ser muy anteriores. La anécdota sabrosa es que Cata siguió viviendo en la trastienda del bar (porque esa había sido su casa), después de haberlo vendido, hasta que falleció en 2019 a sus 95 años.

Yo recibí el dato de la existencia de esta joya directo de mi canillita de La Boca, un habitué. Y me fui a cumplir con mi ritual religioso de misa de 11, pero me encontré con que no servían café. Lógico, mala mía. En su defecto, Ariel me preparó el hit del lugar llamado “cañonazo” una mezcla de fernet y cinzano maridado con un sánguche de matambre y queso. También salen mucho la ginebra, Legui y Mariposa.

Hoy el bar abre de lunes a sábado de 10 a 14 y de 17 a 21 hs. Es un genuino @bardeviejes. Tiene IG @almacen.dona.cata. Laura se comprometió a moverlo más seguido. A veces se arman movidas tangueras. Las fotos son por demás elocuentes. Eximen de mayores comentarios. Solo hay que disfrutarlas. Y cuando puedan péguense una vuelta. Está muy cerca. Del corazón. Digo.

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La Puerto Rico

En La Puerto Rico leí Rayuela. Este hecho menor, anécdota personal, es lo primero que se me viene a la mente cuando sé de algo del café. Durante siete años (1990-1997) fui los mediodías laborables a comer y leer. Trabajaba en Plaza de Mayo y cuando mis compañeros de laburo encaraban hacia los bares de Reconquista o 25 de Mayo, yo, que iniciaba mis treintas, cruzaba la plaza rumbo a este @bardeviejes de Alsina 416, abierto en 1925 (en su origen, 1887, estaba ubicado sobre la calle Perú entre Alsina y Moreno, en la cuadra del viejo Mercado del Centro) y mesas con tapas de mosaico granítico negro y el nombre incrustado en estaño.  

Claro que en los siete años que lo visité leí mucho más que la novela de Julio Cortázar. Como que empecé yendo de casado y dejé de frecuentarlo estando de novio. Siempre atendido por Segundo a quien no tenía más que saludarlo para que me preparase un tostado de jamón y queso en pan negro y un café con leche.

A La Puerto Rico la conocí de niño cuando la rayuela no era otra cosa que un juego escolar. Era la parada obligada en las caminatas que tenía con mi padre cuando lo acompañaba desde su oficina, de la calle Florida y Perón, hasta la Aduana y vuelta.

Luego de un cierre total provocado por la pandemia, ahora anuncia su próxima reapertura. Volveré. La Puerto Rico siempre será para mí el sitio donde llego al cielo.

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Foto: @baenegocios

Café-Bar La Escuela

La primera vez que lo escuché en la radio fue en un programa deportivo al cual llamó para dejar su opinión. Se presentó como: Hernán de Caballito. Luego lo oí en otros tantos programas. Siempre dejando opiniones desde la vivencia de lo cotidiano en la calle. Ahora era Hernán de Villa Crespo o Palermo. O Flores o Barracas. Me llamó la atención. Cuando le preguntaban de qué trabajaba, respondía: vendo anteojos. Y a la repregunta de qué diferenciaba sus anteojos de otros, concluía: en el fondo ven mejor. La frase me daba vuelta en la cabeza. Y salí en su búsqueda.

Comencé preguntando por un tal Hernán en ópticas de avenidas comerciales. Así lo fui cercando hasta dar con una en Saavedra donde me confirmaron que este opinador serial radial hacía base en el Café-Bar La Escuela, Manuela Pedraza 2803. La Escuela es un auténtico reducto de sabihondos y suicidas. Un Aula Magna de Nocturna con estudiantina conformada por una runfla de repetidores y laburantes. Sin embargo, dar con Hernán no fue difícil. Estaba sentado en una de las mesas de la ochava con los auriculares puestos escuchando la radio. Recién ahí caí en la cuenta que no tenía pensado un discurso para introducirme sin incomodarlo. Pero, ya estaba lanzado y mi indecisión me había convertido en el centro de todas las miradas del bar. Me acerqué a su mesa y le dije que estaba buscando unos anteojos especiales y que en la óptica me habían dicho que él podría conseguírmelos. Me invitó a sentar y comenzó la charla.

Horas más tarde seguíamos ahí. Hernán es patagónico. De Santa Cruz. Las comunicaciones radiales son su modo de contacto aún en una megaurbe superpoblada. Es un soberano vendedor de productos como de momentos agradables. Un viajante de comercio urbano. La ciudad es un constante ir y venir de Hernánes. Nunca llegué a confesarle mi rastrillaje ni que lo conocía de la radio. Hubiese arruinado una tarde que sólo Buenos Aires puede regalarte en un café. Sí le compré un par de anteojos. Hernán no había mentido. Una vez puestos, en el fondo, todo se ve mejor.

 

Texto: Carlos Cantini

Ilustración: Lucio Cantini

Crónica Café/La Ibérica

Buenos Aires es una sobredosis de información. Caminarla es recibir a cada paso diferentes referencias de época, culturas, arquitecturas, que lejos están de las urbanizaciones armoniosas y relajadas de otras ciudades del mundo. En ese caos tan agobiante (como también excitante) se ocultan tesoros que aún estando en senderos que se recorren con frecuencia ocultan sitios que cuentan la historia de vida porteña. Hace pocos días circulando en auto por la Avenida Entre Ríos, en el cruce con Cochabamba, observé algo que me llamó la atención. Debo decir que en 55 años no lo había notado (el Café, me enseñaron luego, data de 1950), pero esa tarde noche, con esa luz invernal, La Ibérica brilló como nunca. Pocos días más tarde volví. De mediodía. La esquina se me presentó como un espacio noble. Entrada de roble a dos hojas, piso original, barra con estaño, ventana guillotina; un espacio con carácter.

La Ibérica, Constitución - Ph: Café contado

La Ibérica, Constitución – Ph: Café contado

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Crónica Café/Petit Colón

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Petit Colón, San Nicolás (Tribunales) – Ph: Café contado

El auto estaciona en la puerta del café. La mitad de la cola ocupa el espacio de la rampa para discapacitados. El policía de la Federal que cuida la esquina se incomoda. Aunque no esté dentro de sus atribuciones se supone que debiera decir algo. Al menos manifestarle al impune conductor de la inapropiada acción que acaba de realizar. En verdad, la cuadra entera está ocupada de autos en infracción. Estacionar en esta calle céntrica está prohibido. Pero, los porteños tenemos esa relación con la ley. La sometemos a nuestra voluntad. Hasta aquí una situación de ilegalidad cotidiana que no sorprende a nadie. Salvo que el hecho desafiante sucede en plena zona de Tribunales, sobre la calle Libertad, en la puerta del Petit Colón. Sigue leyendo

Crónica Café/La Embajada

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Estación Sáenz Peña, Línea A – Ph: Café contado

El sonido de la chapita rodando por el piso me reanimó. Después de la visita al desalmado 36 Billares en la Avenida de Mayo, la protección buscada en La Embajada, sobre la calle Santiago del Estero, me puso nuevamente en eje. Sigue leyendo

Crónica Café/Gros

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En Buenos Aires llueve. Sentencio sin encontrar mejor modo de estructurar la frase porque las tormentas en noviembre son batallas despiadadas que libran la primavera y el verano. Son cerca de las 9 de la noche y camino por Carlos Pellegrini hacia Libertador. Entro en Gros Café.

El café está concurrido. Detrás mío entra un señor vestido con campera de gamuza (que no se saca durante su cena) y saluda al personal con el conocimiento de parroquiano diario. En otra mesa una pareja de mediana edad charla animadamente. Otros dos venezolanos ocupan una mesa sin apuro ni tiempo ni lugar. La tele está encendida en el canal Gourmet, pero en silencio. Es Louis Amstrong quien nos acompaña con su agradable vozarrón. Sigue leyendo