Otros cafés de tango

El cronista anduvo todo este año recorriendo barrios en su faceta de coleccionista de cafés y, allá por agosto, afinó la puntería para dedicarse a los cafés de tango, esto es a aquellos establecimientos que supieron tener un palquito, un escenario o tan sólo un rincón donde famosos o anónimos musicantes fueron desarrollando ese género musical. Para seguir el hilo cronológico, debió arrancar desde el viejo San Nicolás de antes del Centenario -tres décadas antes de que Corrientes se convirtiera en “la calle que nunca duerme”, como decía Roberto Gil-, pasando por San Cristóbal, La Boca y Barracas y, llegado a ese punto, decidió seguir su periplo por los barrios del Sur.

corrales-viejos-caseros-y-monteagudo foto parque patricios blogParque Patricios, tanto como Almagro y el actual Boedo, fueron barrios muy frecuentados por los payadores de fines del siglo XIX y principios del XX, dada la existencia en el primero del matadero, aquellos Corrales Viejos que funcionaron entre 1871 y 1901. El cronista ya ha mencionado antiguas pulperías que se fueron convirtiendo en cafés, cediendo el paso el canto de contrapunto al naciente cantor nacional -como José Betinotti- o a los humildes tríos y cuartetos de la primera época y, sin embargo, es muy escaso el registro o la memoria de estos establecimientos que, seguramente, fueron muchos. Entre los recordados está la pulpería de Caseros y Almafuerte, luego Café El Parque, que contó con la presencia de Gabino Ezeyza, José Higinio Cazón, Betinotti y donde alguna que otra vez cantó el joven Carlos Gardel. cafe benignoOtro, que ha pasado a la leyenda a través del emocionado recuerdo de Homero Manzi, era el Café de Benigno, en la calle Rioja 2179 de la actual numeración “(…) desde cuyo palco molía tangos el bandoneón de ‘Arturo La Vieja’, y en cuya pizarra de billar se colocaba el resultado de los partidos de primera cuando no había radio ni sextas ediciones (…)”. En las guías comerciales de la época figura como “Benigno Fernández, Conde y Cía., Bar”, e incluso se lo puede divisar en alguna foto antigua, y Arturo La Vieja no era otro que José Arturo Severino, un fuellero nacido en 1893 en Parque Patricios que se había iniciado en la guitarra, pero al que Sebastián Ramos Mejía empujó a estudiar el bandoneón, falleció joven en 1934 y fue el crédito del barrio.

Unas cuadras hacia el norte, en el cruce de Rioja y Salcedo, con el paredón de Vasena como telón de fondo, existía hacia el Centenario un almacén y bar cuyo nombre no ha perdurado. Allí actuó, entre 1909 y 1916 un cuarteto encabezado por Rafael Iriarte en la guitarra, Pepe Ferro en bandoneón, José Rodríguez en el violín y un tal “Nerón” en… mandolín, según refiere Jorge Bossio en su obra Los cafés de Buenos Aires: Reportaje a la nostalgia que tantas veces hemos citado. Iriarte, cuyo apodo era “el Rata”, o más suavemente “el Ratita”, ya era conocido por esos barrios, pues su debut profesional fue en un café de San Juan y Mármol en 1907. Nacido en 1890, al fallecer su padre fue enviado a San Luis, pero parece que el campo y sus labores no le sentaron muy bien, pues se volvió apenas pasados tres años, tampoco los trabajos regulares en firmas como Mihanovich o el Expreso Villalonga, prefiriendo tocar la guitarra y salir de serenata… Lo cierto es que en el transcurso de esas correrías, según contó el propio Iriarte a los hermanos Bates (Historia del tango, Fabril Editora, 1936), conoció en el café mencionado al bandoneonista Luis Solari -que algunos consignan como maestro de Genaro Espósito- y al Ciego Míguez, que presumimos violinista, comenzando a actuar como trío. Sin embargo Iriarte, que se ve que era andariego, pronto levantó vuelo junto a Ricardo “la Nena”Brignolo hacia un café ubicado en Rincón y Garay, más tarde en una gira por el interior del país y, en 1916, rumbo a las luces del Centro donde actuó en el café El Quijote de Corrientes 959, donde luego se alzó el primitivo Los 36 billares hoy en trance de desaparición. Rafael Iriarte nos dejó una abundante obra, pero seguramente el lector lo recuerda por Trago amargo, que compuso en 1925 con Julio Navarrine y comienza: “Arrímese al fogón,/ viejita, aquí a mi lado./ Y ensille un cimarrón/ para que dure largo…”, verdadero epítome de la explotación filial.

cachafaz1¿Y por Boedo, cómo andamos? Extraña circunstancia la de este barrio que, en el imaginario popular, es sinónimo de “barrio de tango”. Es cierto que en su perímetro, o en sus aledaños, vivieron numerosas personalidades vinculadas al género, pero en los tiempos heroicos de la formación del mismo es muy escaso su protagonismo. Por ahí andaban Betinotti (Quintino Bocayuva y México) y su maestro Luis García Acosta (Venezuela y Maza); Juan Cianciarulo, primer maestro de violín de Cátulo Castillo, tenía su Conservatorio Bonaerense en Boedo 771, y Antonio Arona -padre de Oscar Arona, el de Malvón, Parque Patricios, El cornetín del tranvía, Bailongo de los domingos, etc.- el propio en San Ignacio 3677; los hermanos Sureda eran del barrio y El Cachafaz vivía en el conventillo de Boedo e Independencia donde hoy se alza el Banco Nación… Pero en la nomenclatura urbana en que según los historiadores se formó el tango, Boedo tiene poca o nula figuración; repetimos, es posible que sea un problema de registro: las expresiones más populares de la cultura no suelen quedar consignadas -y menos en aquellos tiempos- en la historia, y a veces ni siquiera en las letras de molde.

Sin embargo, contamos con un par de referencias -si bien escasas, no por ello menos importantes- de cafés de tango en Boedo. Por un lado, el cine-bar El Capuchino de Carlos Calvo 3621, así llamado porque si bien no se cobraba entrada era obligatoria la consumición de dicha bebida. Según los hermanos Bates allí habría estrenado el moreno Manuel Aróztegui su tango El apache argentino en 1913. Notable destino el de este local, hoy convertido en pelotero para niños: primero mejoró su nivel, convirtiéndose en el cine Los crisantemos, de Juan Spíndola, y luego en la pizzería El clarín, donde se reunían los integrantes de la Peña Pacha Camac para reponer energías después de sus tenidas en los altos del café Biarritz. Se ve que las porciones de muzzarella y fainá acompañadas de vino tinto forjaron una amistad con el dueño, pues cuando debieron desalojar el Biarritz en 1938, los cofrades de la Peña se instalaron en el subsuelo del establecimiento por varios años. Otra referencia incumbe al violinista Rafael Tuegols, gran amigo de Arolas, en cuya vasta obra se destacan La gayola y Príncipe, que integrando un cuarteto también integrado por Antonio “el ruso” Gutman en bandoneón, Roque Ardid en piano y Luis Aulisini en flauta actuó en 1913 en un impreciso café de San Juan y Boedo. En cuál, no lo sabemos, pues en esos tiempos en la esquina sureste se alzaba el almacén de Pérez y Posse, en la noreste el Nuevo Banco Italiano, en la suroeste la farmacia de Santo Chianelli y, en la esquina noroeste, la “sastrería y confecciones” Los dos petizos de Diez y Seoane.

Antes de regresar al origen, al barrio de San Nicolás, donde en la década de 1940 transcurrirá la edad dorada del tango y sus cafés, es necesario sin embargo referirnos a otros dos barrios fundamentales en nuestro recorrido, Villa Crespo y Palermo. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 137, diciembre de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/12/n137-diciembrede-2013-sumario-100anos.html

 

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