Cafés japoneses

Hoy inicio una nueva categoría: los cafés históricos. Son viejos cafés de Buenos Aires que han dejado una huella en su historia por distintos motivos. Los primeros que contaré son los japoneses.

The Japan Bar

La inmigración japonesa comenzó a llegar al país en la primera década del siglo XX. Si bien no existía un convenio entre ambos países (el gobierno argentino promovía la llegada de europeos para mantener una uniformidad cultural) los primeros nipones llegaron en 1908. Venían de Brasil, país que sí apostaba y recibía contingentes de japoneses. Pero, muchos de éstos “bajaban” hacia Buenos Aires en busca de mejores condiciones. La primera actividad que los ocupó fueron los bares y cafés. En la década del ’20, ’30 y ’40 los hubo en cantidad y fama en la ciudad (también en Rosario y Córdoba). Los cafés japoneses incorporaron billares, orquestas y vitroleras. Muchos adjudican esta costumbre al inquebrantable vínculo entre el tango y la cultura japonesa. The Japan Bar fue uno de los más famosos. Abrió en la década del ’20. Estaba en la calle 25 de Mayo 427, entre Corrientes y Lavalle. Llegó a contar con más de 50 mozos y con una orquesta conocida como First Class Ladies Orchestra. Los propietarios de ese bar eran los señores Oshiro y Arakaki. Si les parece vuelvo con más historias de cafés japoneses en Buenos Aires.

Bar Japonés

Este bar (cuyo nombre no es seguro) estaba ubicado en la esquina de Cerrito y Lavalle antes de la demolición producida por el avance de la Av. 9 de Julio. No hay registros fotográficos. Pero, sí aporta un capital simbólico único a nuestro patrimonio cultural a partir de la mención que Roberto Arlt hace de éste en su libro “Los 7 locos”:

Así llegó hasta Cerrito y Lavalle.

Al poner una mano en el bolsillo encontró que tenía un puñado de billetes y entonces entró en el bar Japonés. Cocheros y rufianes hacían rueda en torno a las mesas. Un negro con cuello palomita y alpargatas negras se arrancaba los parásitos del sobaco, y tres “macrós” polacos, con gruesos anillos de oro en los dedos, en su jerigonza, trataban de prostíbulos y alcahuetas. En otro rincón varios choferes de taxímetros jugaban a los naipes. El negro que se despiojaba miraba en redor, como solicitando con los ojos que el público ratificara su operación, pero nadie hacía caso de él.

Erdosain pidió café, apoyó la frente en la mano y se quedó mirando el mármol.

Además de aparecer en la novela, el historiador Jorge Bossio da cuenta de su existencia en su libro sobre cafés de Buenos Aires como también aparece en el texto “Cuando Oriente llegó a América” publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo. Todos refieren a la fama narrada por Arlt. No olvidemos que, por esos años, todavía no existía el Obelisco, la 9 de Julio era un proyecto a futuro y todas las calles de la zona formaban parte de la cuadrícula original con calles y veredas estrechas y de aspecto sórdido. El esplendor urbanístico que avanzaba hacia el norte de la ciudad lo hacía por Av. De Mayo, Av. Callao, Av. Santa Fe y la calle Florida.

Café Nippon

El Nippon estaba en la esquina N.O. de San Juan y Boedo. Era la actual Esquina Homero Manzi. Hacia 1927 existía en el lugar la tienda Los Dos Petizos que dejó de funcionar para pasar a ser el Café El Aeroplano por el dibujo de un avión en una de las vidrieras. Diez años más tarde, en 1937, el local fue adquirido por los japoneses Azato Eizen y Azato Chosu cambiándole el nombre por Nippon. Los nipones lo regentearon por once años para luego venderlo. Los nuevos dueños, fieles a los cambios de época, lo convirtieron en el Canadian. Mucho más tarde, en 1981, pasó a ser conocido como el Homero Manzi y en 2001 adquirió el nombre que mantiene hasta la fecha: La Esquina Homero Manzi. Por el Café pasaron, además del homenajeado poeta, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Cátulo Castillo, Sebastián Piana, Julián Centeya, José María Contursi, Roberto Rufino, Argentino Ledesma, Carmen Duval, Tito Reyes, Vicente San Lorenzo (autor del tango Almagro), el poeta Oscar Pesce, Enrique Maciel (autor de la música de La Pulpera de Santa Lucía), Isidoro Blaisten y más. Lo notable, retomando el mencionado estrecho vínculo entre la cultura japonesa y nuestro tango, es que de una historia cafetera que marcha hacia su primer centenario, fue durante la gestión de los Azato cuando el gran Homero se inspiró en sus mesas para componer los inmortales versos de Sur.

El Japonés

El Japonés estaba en la Av. Boedo 873, casi esquina Pasaje San Ignacio. Era reducto de malandrines como de intelectuales del Grupo Claridad. Al Japonés lo frecuentaban Roberto Arlt, Nicolás Olivari, Enrique y Raúl González Tuñon, Leónidas Barletta, Álvaro Yunque y otros miembros del Grupo Boedo quienes mantenían una disputa intelectual con otro grupo que frecuentaba la Confitería Richmond sobre la calle Florida de la cual obtuvieron su denominación. La polémica entre los bandos Boedo y Florida sucedió en los años ’20 cuando dos famosos grupos literarios se juntaban por afinidad ideológica.

El propietario era, por 1925, el nipón Motokichi Yamakata. Llegado en 1908 en el vapor Kasato Maru junto a la primera inmigración japonesa al Brasil (como comenté en el posteo anterior Brasil quería reemplazar la mano de obra europea en sus cafetales, pero los japoneses arribados pronto se encontraron con problemas en sus contrato y pagos y buscaron nuevos destinos en Buenos Aires).  

Lo más increíble es que el Café El Japonés fue punto de encuentro de hinchas de Huracán. A sólo 200 mts del Café Dante, hoy también cerrado, sede icónica de la barra de San Lorenzo. Y ambas hinchadas respetaban sus lugares. Volveré con más espacios nipones en Buenos Aires.

Por último adjunto una foto del Seminario Bonaerense donde se observan los cafés, comercios, alojamientos, cantidades y orígenes de japoneses en el barrio de Barracas y La Boca durante los años 1919-1922. Menciona a los cafés Mikado, Osaka, Kawaji y Japan. Como ya mencioné la presencia japonesa en cafés y bares tuvo su momento entre las décadas del ’20, ’30 y ’40 en Buenos Aires. A partir de entonces, según consta en un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, “nuevas leyes laborales y nuevos impuestos aplicados al rubro gastronómico alejaron a los miembros de la colectividad de una actividad en la que habían sobresalido”. Muchos japoneses pasaron al rubro Tintorerías. Tanto que en los ’60 y ’70 decir “voy a lo del japonés” era un equivalente al actual “voy al chino”.

Rosmari

El último café contado (Café Saavedra) refirió a los bares próximos a las estaciones ferroviarias. Almagro es un barrio atravesado por el ferrocarril, sin embargo las vías circulan varios metros por debajo del nivel de la calle. Los cafés entonces duplican sus secretos porque al misterio del adiós que siembra el tren se le suma la magia de los puentes que remiten a ciudades milenarias de otros continentes. En la esquina de Lezica y Rawson se da esta combinación (poco común en una Buenos Aires plana con pocos desniveles). El resultado es Rosmari, un sitio que de haberlo conocido Jorge Luis Borges lo hubiese tomado como esquina rosada para un cuento de cuchilleros, o parador durante sus caminatas cuando avanzando desde el norte se adentraba en el sur de la ciudad. Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme, “El sur” (1956).

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Bar Rosmari, Almagro – Ph: Café contado

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Café Florida

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Café Florida – Ph: Café contado

En apenas 200 metros de la Av. Boedo hay dos Cafés Notables (Homero Manzi  y Margot), otros dos con igual capital simbólico (Trianón y Pugliese) y propuestas muy interesantes como Pan y Arte. Pero, además de estas notables opciones hay un café (Boedo 944) de los que apenas se notan, el Café Florida.

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Café Florida – Ph: Café contado

Para aquellos que aman la estética de los años ’70, el Florida es un templo en estado puro. Abrió en 1971 y desde entonces se mantiene igual. Es un auténtico café sin otras pretensiones de servicio y gastronomía que no sean las esperables y habituales a un “café de barrio” y no “del barrio, porque hay muchos” como afirma Luis, su propietario. Sigue leyendo

Café Retiro

Toda metrópolis que se precie tiene su Gran Estación Central de Trenes. Buenos Aires tiene tres. La de Retiro es quizás la más imponente. Tal cual el café en su interior. El Café Retiro es uno de los declarados Notables de la Ciudad. Y no hay más que conocerlo para entender que no le cabe otro adjetivo. Está ubicado dentro de la Estación de la línea Mitre y se acerca a su centenario. Data de 1915.

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Café Retiro – Ph: Café Contado

La Estación del Ferrocarril Mitre es la cabecera más importante de Retiro. Fue diseñada por los arquitectos Eustace L. Conder, Conder Roger y Sydney G. Follet, junto al ingeniero Reginald Reynolds, todos británicos residentes en nuestro país. Se construyó entre 1909 y 1915. El proyecto original pretendía construir la estación de tren más grande del mundo para la época, pero el inicio de la Primera Guerra Mundial modificó los planes por la dificultad de transporte de las partes que provenían de Liverpool. Si bien todo (constructores, estructuras) refiere a Inglaterra, el edificio pertenece al academicismo francés. Fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997.

Retiro

Café Retiro – Ph: Café Contado

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Fotos que dicen/22

Clásica y Moderna(Clásica y moderna, #CaféNotable, Callao 892, Recoleta)

Esta puerta se abrió para tu paso,

este piano tembló con tu canción,

esta mesa, este espejo y estos cuadros

guardan ecos del eco de tu voz.

Es tan triste vivir entre recuerdos…

Cansa tanto escuchar ese rumor

de la lluvia sutil que llora el tiempo

sobre aquello que quiso el corazón…

 

No habrá ninguna igual. No habrá ninguna.

Ninguna con tu piel ni con tu voz.

Tu piel, magnolia que mojó la luna.

Tu voz, murmullo que entibió el amor.

No habrá ninguna igual,

todas murieron

en el momento que dijiste adiós…

 

Cuando quiero alejarme del pasado…

es inútil, me dice el corazón.

Ese piano, esta mesa y esos cuadros

guardan ecos del eco de tu voz.

En un álbum azul están los versos

que tu ausencia cubrió de soledad.

Es la triste ceniza del recuerdo.

Nada más que ceniza. Nada más…

 

Ninguna, Homero Manzi (1942)

8 DE MARZO – DÍA DE LA MUJER

De la pulpería al almacén y despacho de bebidas

Puente AlsinaAnda el cronista, en sus últimos callejeos, recorriendo el linaje de los cafés de Buenos Aires y, como no podía ser de otra forma, en la entrega de abril mencionó las pulperías haciendo especial mención a varias ubicadas en los barrios del Sur: Barracas, Pompeya, Parque Patricios… Como suele suceder, no faltó un buey corneta que saliera a reprocharle que se ciñera a ese espacio geográfico, con el irrebatible argumento de que pulperías hubo por los cuatro rumbos de la ciudad y sus aledaños. Y no deja de tener cierta razón, porque por el viejo Camino Real (hoy Rivadavia), por el camino a los Montes Grandes (hoy Cabildo-Maipú-Centenario), y por otros accesos a la entonces Gran Aldea existieron estos comercios. Pero el cronista percibe que las que dejaron mayor memoria fueron las que estuvieron camino a los sucesivos mataderos de la ciudad, quizá por haber perdurado más cerca de nuestro tiempo. Primero en las inmediaciones de Constitución, más o menos en la manzana truncada por la autopista que enfrenta a la Casa Cuna; más tarde en la actual Plaza España y, entre 1871 y 1901, en Parque Patricios, el ganado llegaba al matadero desde el sur por los puentes de Barracas y Alsina y, desde el oeste, por la hoy avenida Cruz en arreos de larguísimas jornadas, tanto como las de las tropas de carretas que llegaban hasta Miserere, el Alto de San Pedro o la misma Plaza Constitución. Los hombres que desempeñaban estos duros oficios buscaban descanso y solaz antes de regresar a sus pagos y allí estaba la pulpería para tomar unas ginebras, comprar algún regalo para la “prenda” o la familia o perder lo ganado jugando al monte criollo o haciendo unos tiritos de taba.

corrales-viejos-parque-patrCon el tiempo, este grupo humano de origen rural y estadía eventual fue sobrepasado en número por una población estable que se fue generando alrededor del matadero, conchabado en el mismo o en las empresas subsidiarias: seberías, tenerías, molinos de huesos, triperías, etc. Parque Patricios fue en sus comienzos sólo un par de cuadras de la calle Rioja, y –como alguna vez el cronista ha comentado– Pompeya es hija de la curtiembre de Abraham Luppi, que primero estuvo frente a la Plaza España y, al mudarse los corrales, los acompañó unas cuadras al sur. Lo mismo puede decirse de Mataderos, cuyo florecimiento empezó en 1901 con el nuevo traslado y la consecuente mudanza de las empresas satélite. Así, la ciudad fue avanzando sobre sus orillas y desplazando al elemento rural, el ahora vecino se fue “urbanizando” y gran parte de sus hábitos y costumbres se fueron modificando. Los palenques fueron poco a poco desapareciendo, primero del Centro y luego de los barrios, y las antiguas pulperías dejaron de tener en sus inventarios monturas, arreos y multitud de efectos vinculados a la vida ecuestre. Algunas desaparecieron, otras se transformaron –muy poco, en realidad– en almacén y despacho de bebidas como La Banderita de Barracas, o la de los hermanos Brenta situada en la esquina noroeste de México y Boedo, que por muchos años mantuvo las riñas de gallos y las frecuentes reuniones de guitarreros y cantores. En el mismo extremo de Almagro, en la esquina nordeste de Artes y Oficios (actual Quintino Bocayuva) y Venezuela, persistía hasta bien entrado el Centenario el almacén, bar y cancha de bochas El Pasatiempo, otro punto de reunión de payadores donde jugaba como local José Bettinoti, quien vivía apenas a media cuadra.

El “almacén y bar” fue entonces, y por muchos años, el centro de sociabilidad de los pueblos y barrios hasta el advenimiento del “café” a secas –el “cafetín” de Discépolo u Homero Expósito– en sus múltiples variantes, pero algunos perduraron en la zona céntrica, quizá como resto de la primitiva pulpería. El cronista sólo quiere citar aquellos que conoció personalmente y, seguramente, también el lector: 20130920_160515La Embajada, hoy bar notable, abrió hasta no hace muchos años la persiana de su “almacén de ultramarinos” en la esquina noreste de Santiago del Estero e Hipólito Yrigoyen; lo mismo puede decirse del Almacén y Bar de Piaggio, famoso por su jamón crudo y serrano, situado en el ángulo noroeste de Esmeralda y Sarmiento, éste con el plus de que en su “borrachería”, sobre Esmeralda hacia Corrientes, sentaba sus reales hacia el Centenario José González Castillo como cabeza de una peña de gente de teatro que historió Arturo Lagorio en su Cronicón de un almacén literario.

Un caso tristísimo para el cronista es el de un almacén que frecuentaba y cuyo nombre, si es que lo tenía, no puede recordar. Ubicado en la esquina noroeste de Caseros y Perú, con el despacho de bebidas sobre la primera, sus muros de una vara de ancho traslucían una antigüedad que el arquitecto Peña dató alrededor de 1840, y en el patio interno que era necesario cruzar para usar los –digámoslo con piedad– sanitarios, aún se podían apreciar las ruinas de una cancha de bochas. Era propiedad de un matrimonio muy anciano que a fines de la década de 1990, seguramente ya cansado y sin hijos que quisieran seguir con el sufrido negocio, decidió vender. Ubicado a tan sólo una cuadra del Área de Protección Histórica, fue barrido por la piqueta y en su lugar se alza un edificio de propiedad horizontal de incomparable fealdad, más en una avenida como Caseros que a esa altura se destaca por la homogeneidad de sus antiguas y nobles construcciones que algunas empresas con más aprecio al patrimonio, o sentido comercial, están restaurando y revalorizando.

viva boedoAl cronista se le pianta un lagrimón, pero no puede cerrar esta nota sin referirse al barrio que da nombre al pasquín en que escribe. Boedo se pobló recién a fines del siglo XIX, en un avance lento pero seguro desde Almagro y San Cristóbal y, a pesar de haber sido la avenida epónima camino de tropas, tanto como la avenida La Plata, no parece haber registrado la evolución de la pulpería en almacén–bar, salvo en los mencionados casos de El Pasatiempo o de Brenta. El progreso llegó impetuoso, entre 1890 y 1910 la edificación ya cubría prácticamente la totalidad de su perímetro y sus zonas comerciales ya se habían establecido con su configuración actual, por lo que Boedo tuvo bares, cafés, fondas y pizzerías desde sus orígenes. Quizá el almacén de José Arata, que aparece en la Guía Kraft de 1895 en la esquina con Europa (Carlos Calvo), haya contado con despacho de bebidas; más seguro es el caso del Almacén de Pérez y Posse, luego Rotisería y Bar El Sol, luego Sol Di Napoli, luego Malevo y actualmente Miño de San Juan 3594, con su extensa fachada sobre Boedo. También es muy posible que el almacén y fonda de Los Vascos, en el ángulo sudoeste de Independencia y Boedo donde luego se establecieron las tiendas Dell’Acqua, fungiese como despacho de bebidas dado que tenía canchas de bochas y paleta, para no mencionar la legendaria afición y resistencia de los hijos de Euzkadi con respecto a las bebidas espirituosas…

Pero al hablar de Boedo el cronista no puede olvidar un almacén y bar cuyo nombre se ha perdido, ubicado en San Juan y Loria y enfrentado con el Café del carpintero que cobijó los sueños juveniles de tres muchachos del barrio que darían forma a su leyenda –Homero Manzi, Cátulo Castillo y Julián Centeya– y vivirían la época dorada de los cafés porteños. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 130, mayo de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/05/n-130-mayo-2013.html

El Buzón de Pompeya

El sábado 18 de mayo “El buzón” de Pompeya celebra la calificación de Café Notable de Buenos Aires. El acto, que se inicia a las 11hs, contará con la participación de la Orquesta Capella Pellegrina, el dúo de Hernán Fernández-Adrián Lacruz y la agrupación coral Mano Blanca. El buzón está situado en un rincón muy sensible para los tangueros. A este “pedazo de barrio, allá en Pompeya” Homero Manzi lo inmortalizó en tres tangos memorables que nos constituyen como porteños: Barrio de tango (1942), Sur (1948) y Manoblanca (1941). Los dos primeros con música de Troilo, el otro, de Antonio Bassi.

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El Buzón, Nueva Pompeya – Ph: Café contado

“Barrio de tango, luna y misterio, calles lejanas ¡cómo estarán!…”, hoy orgullosas de que, finalmente, el Bar El Buzón sea reconocido como parte de nuestro rico patrimonio. El Buzón es parte de lo que fue el Colegio Luppi que funcionó entre 1897 hasta 1927 en la manzana triangular de las calles Tabaré, Esquiú y Lanza (hoy Homero Manzi). El joven Homero tenía su habitación en la planta alta del edificio desde donde observaba “La esquina del herrero, barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón…” La famosa esquina era la de Centenera casi Tabaré. Sigue leyendo