Mi maestro de café

Pretty Nort (Ecuador y Charcas)

Hace un par de semanas me estaba preguntando cuándo había surgido mi pasión por el café, cuál había sido el hito iniciático. Mi mente buscó y recordó un momento fugaz, fuerte y sentido. Justo ayer, en una entrevista radial, me hicieron la misma pregunta y volví a narrarlo. Cuando esta mañana me desperté tuve la necesidad de escribirlo. Y aunque la anécdota se trate de un instante breve, carente de desarrollo y colorido, me dispuse a hacerlo. Al terminar registré que hoy, 11 de Septiembre, es el Día del Maestro. El cerebro realiza funciones inexplicables.

Por ese entonces yo era un mocozo de Banfield que venía a diario a Capital para cursar mi primer año de Facultad. Luis, porteño, hombre de café (supe después) era diez años mayor. Nos había relacionado el deporte. Era mi DT. Un auténtico maestro. Al poco tiempo las afinidades tendieron puentes que estrecharon la diferencia generacional y nos hicimos grandes amigos. La anécdota menor, el hito fugaz, el instante descolorido, pero determinante en mi historia personal, sucedió una media mañana muy calurosa de Buenos Aires. Los datos precisos los tengo borrados. Y en verdad son prescindibles. No sé porqué estábamos juntos ni hacia dónde íbamos. Sospecho que estaríamos camino a Banfield. Algunas veces Luis, que trabajaba en colegios y clubes de la zona sur, me pasaba a buscar por la Facultad y me llevaba de vuelta a casa.

El asunto es que entramos a un café. Repito, no recuerdo cuál. Porque de pronto el recuerdo se convierte en un primer plano de una barra. Todo lo demás, mesas, sillas, espejos, artefactos de iluminación, quedan fuera de cuadro. El cuento trasciende al café, el barrio o su estilo. Sí recuerdo un detalle indispensable en el guión: el sofocante calor húmedo porteño. Acción. Entonces estábamos parados en la barra. Seguramente para pedir algo rápido, al paso. El mozo nos pregunta qué tomamos, Coca, dije yo, café, dijo Luis trazando con una tiza imaginaria una línea que dividió al pizarrón en dos mundos. Cuando el mozo nos deja solos le pregunto, con mi inconsciente juventud a cuestas, cómo podés pedir un café con el calor que hace? . Luis me observó en silencio por varios segundos, con esa mirada que los buenos docentes sostienen para darse a entender… y comprendí todo.

A mi querido amigo y maestro Luis Ciancia

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Amor larga duración

Hace unos meses vaciando la casa que fuera de mis viejos en Adrogué recuperé mis antiguos LP de vinilo. Toda la colección de mi adolescencia y juventud que habían quedado arrumbados y sin uso cuando dejé esa casa y la tecnología reemplazo los discos por otros soportes. En el combo también me traje long plays que pertenecieron a  mis padres. Lo que nunca imaginé es que ese reencuentro con el pasado me trasladaría a otra historia, ajena, del barrio de Almagro y de la Confitería Las Violetas. Los discos estuvieron igual de apilados en casa por varias semanas. Hasta que un día leí a Charly García revalorizando el sonido (lo llamó “perfecto”) de los vinilos. Entonces,  y para que el recuerdo fuera fiel a lo vivido, me compré un Winco por internet. La operación fue muy sencilla, elegí uno, cualquiera, con entrega a domicilio. Y me pasé unas noches increíbles en casa disfrutando de buena música acompañado de Gabyn, mi mujer, y Rita, mi perra, que se arrollaba a mis pies al oir el sonido del tocadiscos. Y con un buen whisky.

20140721_140011El domingo del Día del Padre, tipo cinco de la tarde,  en homenaje a mi viejo revisé la pila de sus discos y encontré uno que llamó mi atención: El Festival de San Remo 1965. No recordaba los temas, de hecho tenía sólo 4 años en el ’65, pero sí, y mucho, la tapa. Lo puse. Con los primeros acordes de “Si lloras, si ríes” el equipo empezó a manifestar problemas y cuando empezó a cantar Bobby Solo se detuvo definitivamente. Maldije la idea que tuve, las compras por internet y al Festival de San Remo.

A la semana siguiente llevé mi Winco a uno de los últimos talleres que quedan en Buenos Aires, el de Castro Barros 224 en Almagro. La tarde estaba negra. La lluvia inminente parecía darle tiempo a todos a cobijarse. Y yo, ante esa puesta escénica, trasladando esa caja, me sentía llevando las cenizas de un difunto a su descanso final en un nicho.

Entré al local, abrí la caja y apoyé el Winco sobre el mostrador. Percibí un gesto de perturbación en el dueño cuando vio el tocadiscos, pero le resté importancia. Lo conté tal cual: la compra por internet, el funcionamiento correcto con mis discos, la brusca interrupción ni bien empezado el tema de Bobby Solo y que no tenía explicación a lo ocurrido. El tipo, un señor bastante mayor como su oficio lo indica, arqueó las cejas (eso lo pesqué sin vacilar), me observó por encima de sus lentes y sentenció: “Lo reviso. Vuelva en un par de horas”. Mientras giraba hacia la calle pensé: hombre de pocas palabras, o que lo había ofendido diciendo que el Winco se había roto escuchando un disco de 1965 o que no entendía qué le había pasado. Y sí, cómo iba a entenderlo, el que sabía era él. Solo lo dije para tapar un bache denso de silencio que se abrió al mismo momento que abrí la caja urna. Cuando ya estaba saliendo del local me ordenó: “Espere en Las Violetas.  A lo mejor lo entiende”. Giré sobre mis pies, pero ya se había escabullido por la trastienda con mi Winco en brazos.

Las Violetas lluvia - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

Las Violetas queda a solo dos cuadras, al cero de Castro Barros esquina Rivadavia. Había empezado a gotear y la definición de las formas empezaba a humedecerse y perder sus líneas. La Confitería estaba que rebozaba de clientela. Como todas las tardes. Vecinos entrados en años que encuentran en el inmenso salón la sede de un club social que los reúne. Y muchos turistas. Recordando la frase del mecánico intenté entender no sabía qué ni cómo. A las dos horas volví al local con las mismas dudas. Y allí me enteré de todo.

Las Violetas - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

El Winco había pertenecido a un reconocido matrimonio de Almagro, habitúes de todas las tardes de todos los días de Las Violetas y miembros de varias de las asociaciones civiles del barrio. Se habían conocido en el carnaval del ’65 y su tema de amor era: “Si lloras, si ríes” de Bobby Solo. El mecánico reconoció de inmediato el equipo cuando abrí la caja porque había pasado varias veces por sus manos. Hasta una última. Cuando se lo dejaron en reparación una semana antes que sucediera algo inesperado en la pareja, extraño por la edad avanzada de ambos, el matrimonio se separó. Meses más tarde, el hombre pasó por el taller a buscar su Winco, pero su ex mujer ya se lo había llevado. La anécdota simple, tonta y sencilla que se arreglaba con un llamado de teléfono fue la comidilla del barrio y el rumor sarcástico en las mesas de Las Violetas. Y él no lo pudo soportar. De un día para otro dejó de ir y frecuentar todos los lugares que diariamente lo convocaban. Nadie nunca jamás volvió a verlo.

Sensibilizado con la historia me surgieron de inmediato las ganas de devolverle el Winco a su antiguo dueño. Ya era tarde. Falleció el domingo del Día del Padre. A las 5 de la tarde.

El culto a la cola

cajerosEl grupo se disolvió una vez que el Banco Ciudad reemplazó los viejos cajeros automáticos por nuevos. Hasta entonces todos los días hacían la misma cola. Los descubrí por casualidad. Yendo a operar los cajeros de la sucursal de Av. Boedo 874. Frente al Margot, mi parroquia preferida. Las terminales siempre fueron tres y la cola una sola. La dinámica simple: al liberarse cualquier de las máquinas le correspondía el turno al primero de la fila. Dos de los tres cajeros parecían operar con mayor fluidez, pero otro, el tercero retenía a los clientes por inexplicables minutos. Los usuarios que caían atrapados en esta tercera unidad rezongaban, negaban con la cabeza, maldecían y al cabo de un buen rato dejaban pasar su turno y volvían resignados a ponerse al final de la cola y así dar inicio a un nuevo circuito. La chica que me precedía fue quien me alertó. “¿Funciona ese cajero?”. El reflejo del sol no me dejaba ver con nitidez. Me acerqué con cuidado de no importunar al cliente que estaba tecleando con sus dedos índices cargados bronca para percibir con extrañeza que la pantalla estaba a oscuras. Tal cual, no funcionaba. La cola seguía avanzando. La gente advertida cuando se liberaba la unidad que no funcionaba no perdía tiempo intentando lo imposible. En ese momento surgían de la cola personajes que haciendo un gesto de permiso al primero de la cola pedían autorización para ir a malgastar su vida en una máquina rota. Esto que cuento no lo comprobé inmediatamente. Fue una sospecha. Observé que un grupo manejaba códigos propios y que se cedían el turno para pasar a no operar. La sensación que tuve colmó mi curiosidad y por dos o tres días fui hasta el Banco a utilizar sin necesidad alguna los cajeros automáticos para certificar el hecho. Y ahí estaban. Los mismos. Esperando su turno para perder el tiempo frente a una pantalla oscura mientras hacían catarsis de sus propias vidas. Como si fueran confesionarios del sistema capitalista. La escena me hizo recordar la perfomance del artista eslovaco Roman Ondák que se exhibió en 2002 en la Tate Gallery de Londres. Era una fila de actores que creaban una cola artificial y que reproducían con sus posturas y actitud la espera de algo. Incluso el público podía “sumarse” a la cola y compartir un rato perdido con esta gente.

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En Boedo la gente extraña abunda. Y en sus cafés se mimetizan con el resto de los mortales. El Margot dispone de un repertorio (algunos ya los he contado) que lo enriquece. Incluidos muchos de estos coleros que se cruzaban la avenida para pasar a los baños del café. O pedían permiso para sentarse por unos pocos minutos a las mesas aduciendo que los cajeros automáticos estaban fuera de servicio y que personal del banco les habían asegurado volverían a funcionar en breve. Los hacedores de una cola inútil pronto se convirtieron en mis compañías cotidianas.

Un buen día todo cambió. La sucursal del Ciudad entró en una renovación (quiero creer que estaría programada y que la misma no obedeció a una decisión de la entidad para terminar con la insólita práctica de un grupo de personas que se reunían a diario para ocupar sus mañanas mientras le echaban la culpa del tiempo perdido a una máquina que de antemano sabían que no funcionaba) y de tres terminales quedaron sólo dos. Flamantes. Y funcionando. El grupo se disolvió en el acto. Todavía hoy, algunas mañanas, desolados y sin rumbo, suelen juntarse en la puerta del banco buscando una explicación a su infortunio. Uno de ellos suele volver por las noches y recorre las mesas del Margot y de los cafés vecinos. Es vendedor ambulante. Fácil de reconocer. Va con su valijita repleta de frascos caseros. Vende perfumes… de yuyos y de alfalfa…20140328_090035

El falso Jorge 2. El regreso.

Al falso Jorge lo conocí al heredar dos sillas bajas, del tipo butacas, de pana marrón. Fue él como podría haber sido cualquier otro de las decenas de tapiceros que existen en Boedo. Pero, éste quedaba dentro de mi circuito diario hacia la boca del subte o rumbo al Margot (mi parroquia preferida).

La tapicería quedaba en la calle Castro Barros casi Constitución y su nombre figuraba elocuentemente grabado en la vidriera: “Tapicería Jorge”.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿Jorge?, fue mi pregunta retórica a la persona que atendía. Me respondió asintiendo con una mueca que entendí obvia y que resultó el inicio de una relación que se desarrolló fluida y recurrente. El falso Jorge era casi un vecino, sin embargo nunca lo había visto. Y pronto pasó a convertirse en una persona omnipresente en mis caminatas por el barrio. Además de verlo en la tapicería a diario, donde mis dos sillas del tipo butacas de pana marrón se apilaban junto a otras tantas que certificaban un evidente retraso en los trabajos, comencé a encontrármelo en el subte, comprando en el mercado o sentado a una mesa del Homero Manzi que da a la Avenida San Juan. “Hola Jorge” pasó a convertirse en una frase que repetí hasta el hartazgo. El falso Jorge siempre estrenaba un problema nuevo de salud: exceso de azúcar en la sangre, la presión por el piso o el colesterol por las nubes. El hecho singular de mi tapicero de Castro Barros era que, una vez conocido el diagnóstico, profundizaba el consumo de aquellas cosas que le hacían mal para confirmar el informe inicial y descartar algo peor que le hubiesen ocultado.

_la-taberna-de-roberto-inclan-1-1348396628Hola Jorge, dije como de costumbre un mediodía que lo crucé a pocas cuadras de la tapicería, en la parrilla “El Turf”. El falso Jorge le entraba sólo a una fuente de mollejas y chinchulines de las que comen tres. Le habían diagnosticado gota y estaba asegurándose que el malestar posterior tuviera relación con el dictamen. Otra vez, yendo hacia el subte, volví a repetir el “Hola Jorge” a través del vidrio del Homero Manzi cuando lo vi en su mesa de siempre atacando seis medialunas de manteca. No había que ser médico para adivinar que un nuevo estudio le habría arrojado colesterol alto o diabetes. La pena es que nunca hubiese sufrido de ciática o reuma como para dedicarle horas extras, más un fuerte dolor de espalda, a los trabajos atrasados. Hola Jorge. Hola Jorge. Hola Jorge, seguía repetiendo cada día y cada tarde que en la tapicería o caminando por Boedo durante meses.

Un buen día estábamos charlando en la vereda mientras me comentaba de un nuevo dolor cuando se detuvo un auto. La conductora bajó la ventanilla y lo llamó: ¡Pedro!. Mi tapicero hipocondríaco se le acercó y mantuvieron un diálogo. Cuando regresó le pregunté sorprendido:

-¿Usted no se llama Jorge?

-No, Jorge era mi hermano. Cuando falleció me quedé con el local.

-¿Pero usted es tapicero?

-No, estoy conociendo el oficio. Siempre vendí artículos de limpieza.

falso jorgeMeses meses más tarde, el falso Jorge me entregó el trabajo que hoy se luce en el living de casa. Al tiempo la tapicería cerró y dejé de verlo. Pronto me hice a la idea que, finalmente, el falso Jorge, de tanto insitir, le había ganado la apuesta a su destino y sucumbido frente a sus temores más severos.

 

Hace un par de sábados, yendo a Misa en el Margot tuve una aparición. Sobre la calle Carlos Calvo al 3800 reconocí al falso Jorge charlando con un cliente en su nuevo local. Seguramente le estaría contando que le dolía algo. O a lo mejor ya aprendió el oficio. A partir de ese día volví a verlo con frecuencia. Ahora para en el Café Osvaldo Pugliese, Carlos Calvo y la Av. Boedo. Ah, y el nuevo local se llama “Tapicería Jorge”.

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Ellos hablan solos

Sólo dos mesas ocupadas me sirvieron para confirmar el rumor. En una de éstas, una señora mayor, de postura rígida y con carácter, miraba hacia el interior del café mientras dictaba sentencia con voz firme y severa. En la otra, que daba justo a la ventana, un hombre también mayor, quizá de la misma edad, pero con un notable desmejoramiento de su rostro y aspecto que sospeché producido por una vida menos favorecida, parecía compartir tertulia con otros dos parroquianos. La escena era tal cual me lo habían contado. Los dos charlaban animadamente. Los dos hablaban solos.

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Los Cafés de Buenos Aires esconden historias singulares que les permite distinguirse entre sí. El tipo de barriada, los diferentes orígenes inmigratorios, la omnipresencia en el barrio de una fábrica o institución, todo les otorga características propias. En éste la gente habla sola. El dato me fue confiado con el compromiso de no revelar su dirección. El dueño del Café y los vecinos del lugar tienen gran respeto y consideración por los fieles parroquianos que lo frecuentan. No quieren curiosos que inhiban la naturaleza de sus clientes. Lo único que me permito decir es que queda en Parque Patricios y que su entrada no tiene ninguna identificación. Ni falta que hace. No hay nombre que recordar por la sencilla razón de que allí nadie cita a nadie. La gente en este café habla sola.

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Mi primera reacción cuando me confesaron el dato fue de descreimiento. Hoy por hoy, es bastante común ver gente por la calle que habla sola, pero la existencia de un café speak alone friendly me resultó inverosímil. Lo primero que hice fue chequear si en la vecindad no hubiera un hospital psiquiátrico que trabaje con externos. El Borda y el Moyano estaban lo suficientemente distantes como para adherir a la teoría. Que el Café estuviera situado dentro del Distrito Tecnológico tampoco implicaba que fuera un punto de reunión de nerds utilizando telefonía de manos libres. No. La mujer que miraba hacia el interior claramente adoctrinaba a “alguien” con quien compartía la mesa. En la otra se contaban recuerdos de gloriosos players y epopéyicas tardes del glorioso Club Huracán.

Decidí quedarme hasta que ambas charlas terminasen para interrogar tranquilo al mozo. Al rato, con la diferencia de pocos minutos, las dos mesas pidieron la cuenta y se retiraron. El mozo les cobró inmutable. Sin ninguna manifestación perturbadora en su rostro. El hombre hacía su trabajo. Y, por otra parte, en este Café está bien explícito cómo se debe tratar a su clientela.

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Cuando me puse de pie entraron dos nuevas personas y la atención por saber cómo actuarían me hizo volver a mi lugar. La pareja parroquiana se sentó junta y charlaban. Todo dentro de la lógica normalidad. Llamaron al mozo y ordenaron. Fue entonces que el mozo, que se dirigía hacia la barra a buscar el pedido, cruzó frente a mi mesa y no pude controlar el impulso de dejar flotando un comentario cómplice:

Menos mal que llegó gente nueva y no se sientan solos. Por un momento creí que acá estaban todos locos.

Ah, lo dice por estos cuatro. Sí, son dos parejas amigas que siempre vienen a tomar café.

La guerra de los medios llegó al Café

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Esta escena la vivo a diario en el Margot de Boedo, pero sospecho que los roles de sus protagonistas pueden ser reproducidos en cualquier Café de la Ciudad. Desde que se impuso la solidaria moda de ofrecer diarios para lectura gratuita, la tenencia de éstos en algunos cafés alcanza miserias humanas insospechadas. En el Margot desde un principio se instaló la figura del “acaparador” de diarios. Señor robusto, por sus años ha de ser jubilado, de gesto adusto. El Acaparador se autoproclamó dueño y señor de la tenencia para consumo propio, y por el tiempo que le venga la gana, de todos los diarios disponibles, que no son menos de tres de tirada nacional más un periódico barrial, ante el silencio cómplice, respetuoso, y porqué no cobarde, otorgado por el resto de los parroquianos de las mañanas en el Café.

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El Acaparador llega bien temprano y acumula en su mesa de lectura todos los ejemplares y los va liberando, de a poco, a su debido tiempo, manejando los tiempos, miradas, urgencias y ansiedades del público. Es el protagonista, el actor principal. Y tiene montado su unipersonal.

Pero, fue una mañana que una mujer también mayor, con exceso de pintura en su rostro, se subió al escenario a disputarle protagonismo. No tuvo nada que decir. Ni fue necesario formalizar el enfrentamiento. Tampoco manifestarlo corporal o gestualmente. El juego se planteó sin recurrir al desafío explícito.

A partir de ese día el Acaparador mostró debilidades humanas, le aparecieron tics, tos alérgica, y, más evidente aún, comenzó una lectura nerviosa de los diarios.

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Todo fue por la mirada inquisidora de la mujer pintada en exceso que empezó a descargar la electricidad que todas las lamparitas bajo consumo de los ojos de los demás parroquianos juntas no llegamos a empardar. El primer actor, de todos modos, llevaba una ventaja inalcanzable a la nueva actriz protagónica: no pasaba a diario por maquillaje y siguió siendo el primero en llegar.

Hace unas pocas semanas observé que la mujer pintada empezó a traer una bolsita plástica colgando de su brazo. De su interior sacaba diarios viejos que, sin que el Acaparador lo notase, dejaba en otras mesas. El olfato del viejo sabueso cayó en la trampa y, sin darse cuenta, en su patológica voracidad, empezó a consumir noticias viejas.

Una mañana, cerca del mediodía, cumplida su tarea con la contracción y rigidez habitual, el Acaparador salió a la calle con la actitud satisfecha del deber cumplido. Se fue caminando, y empapándose, bajo una lluvia torrencial por la Av. Boedo. El diario viejo que le había traspapelado la mujer pintada en exceso anunciaba un día soleado.

 

Maldición en Tierra Santa

Esta historia circula por las mesas del Café San Lorenzo, en Av. La Plata y Avelino Díaz. Los hechos le pertenecen a una casa sobre la calle Las Casas, entre Mármol y Muñiz, Tierra Santa para los fieles del Club Atlético San Lorenzo por estar situado en la manzana donde estuvo ubicado el Viejo Gasómetro y a la cual luchan por volver.

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En la casa en cuestión vivía Marcelo. Al menos durante los 50 años que se supo de su vida. Sus padres alquilaban la propiedad desde antes. También allí nació Vicente, el mayor de los hijos. En el barrio se asume que la tragedia se empecinó con esta familia hasta terminar por derrotarla.

Vicente nació con problemas psiquiátricos y desde niño requirió ayuda especial. Un buen día el propietario de la casa donde vivían estos vecinos de Boedo falleció y no dejó herederos. Quiero decir, ya no había a quién pagarle alquiler. La novedad desahogó la tarea de la madre de los chicos que ahora pudo ocuparse de Vicente a tiempo completo. No por mucho tiempo. En el breve lapso de seis meses el destino se llevó la vida de ambos progenitores y los chicos de 18 y 15 años quedaron solos.

Sin acuerdo con la fecha precisa, los vecinos un buen día dejaron de ver a Vicente. Por Las Casas se comentó que lo habían internado en el Borda porque no podía quedar bajo la tutela de su hermano menor.

Los años pasaron y Marcelo con muchas dificultades se fue integrando a la barriada. Sin estudios terminados, sin trabajo, sólo, llevó una vida ermitaña y con muchas carencias. Vivía cual náufrago en medio de la ciudad.

Un buen día se apareció por su casa un desconocido acompañado de un escribano. Exhibían un documento que certificaba que la propiedad tenía un dueño y exigían su inmediato desalojo. Un sencillo trámite de “caranchos”. Abogados que escarban entre papeles buscando viviendas que se quedan sin herederos para falsificar papeles. Como Marcelo desoyó la advertencia el nuevo dueño con un escribano más la policía irrumpieron con prepotencia y lo echaron a la calle. Marcelo se les sentó en el cordón de la vereda y con paciencia hindú se les plantó por días. Los planes “caranchos” se vieron sobresaltados mientras la vecindad comenzaba a organizarse en defensa de un par en dificultades. Así fue que, rápidamente, una mañana, cuando todo el barrio se encontraba trabajando, una camioneta de Asistencia Social con un enfermero, un psicólogo, más, cuando no, un policía, llegó en “ayuda” de Marcelo para llevárselo y asegurarle una mejor calidad de vida…

El plan carancho resultó un éxito. Se inventan papeles, se hacen de propiedades, se realiza un negocio inmobiliario y se reparte entre todos. Siempre y cuando no pese ninguna maldición…

Dos días después la empresa de demolición entró a la casa. En la última pieza del tipo chorizo se encontraron con una desagradable sorpresa: el cadáver (ya un esqueleto) de Vicente, el mayor de los hermanos, yacía escondido debajo de la cama. Marcelo nunca supo cómo ni qué hacer con el cuerpo de su hermano luego de que sufriera un paro cardíaco letal.

Hoy, sobre el mismo lote, se construyó un edificio de tres pisos con 11 unidades. Todavía no se vendió ninguna. Ya van para tres años del final de obra. Esta historia es real me juraron en el café.

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Salí a la calle y caminé los 200 mts que lo separan de esta historia. Es verdad. Cualquiera puede pasar por Las Casas al 4000 y ver el cartel de venta colgando del balcón de una fea construcción que rompe con la armonía de casas antiguas. Si se tientan, por las dudas no compren. La maldición de Marcelo se puso en marcha.

Cuando Perón quiso dividir Recoleta en dos

la-biela_633036Esta historia me fue contada una noche en La Biela. Café Notable. Tanto como la anécdota, a la que nunca dí crédito. Pero, hoy, en tiempos de relatos de todo tipo, éste merece ser narrado. Lo transcribo como la recuerdo de boca de un veterano dandy que conocí por fortuna. El derrocamiento del General Perón en manos de la Revolución Libertadora (1955) fue la maniobra militar disuasiva más espectacular que registre la Historia Mundial. El drástico corte institucional ocultó otro menor que el grupo de revolucionarios libertadores se ocupó celosamente de encubrir. El verdadero motivo de la revuelta hoy puede resultar insignificante, pero no lo fue en el contexto de la época. El General Perón pensaba dividir Recoleta en dos creando un nuevo barrio llamado: Barrio Presidente Perón.

cementerio_recoleta duqeLa idea de secesión se la acercaron a Perón un grupo de arquitectos, comunicadores, urbanistas y, por sobre todo, estrategas políticos. Reitero, así como la leen me la contó mi gentil y casual “compañero”. La intención era fundar una nueva Berlín del Sur y para asemejarse a la capital germana como puerta de ingreso al nuevo barrio iban a utilizar el frontis del Cementerio.

El germen del plan llegó a Buenos Aires en un submarino alemán con nazis que escapaban de los Aliados pero, principalmente, del Juicio en Nüremberg. “Y”, agregó para darle mayor veracidad al relato mi elegante relator, “el archivo de la Dirección Nacional de Migraciones registra el dato”. El infundado Barrio Perón tendría anchas avenidas, boulevares forestados, parques, monumentos iconográficos. Sus límites eran las Avenidas Callao, Las Heras, Coronel Díaz y Santa Fé.

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Sin embargo, lo que verdaderamente colmó la paciencia de los revolucionarios libertadores fue la voracidad peronista que pretendió estirar el límite norte –Coronel Díaz– hasta la Avenida Sarmiento, frente a la mismísima Sociedad Rural y a escasas cuadras del Regimiento de Patricios. Say no more. Game over para el nuevo barrio Nac & Pop.

Esta extralimitación fue entendida por la cúpula militar, pero también por las familias patricias y recoletas, como una mojadura de oreja insostenible y el inicio del fin del gobierno del General.

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Muchas veces los grandes hechos de la Historia surgen como consecuencia de otros menores que actúan de disparadores de profundos cambios. La creación del Barrio Presidente Perón se archivó definitivamente como proyecto, aunque la Resistencia peronista actuó clandestinamente durante muchos años hasta lograr sellar entre las partes contendientes. El acuerdo contó con importantes escribanos del barrio y con más el auspicio de agentes inmobiliarios de la zona. En una mesa de La Biela, la misma que por casualidad ocupé la noche en que me fue narrado este relato, se pactó enterrar definitivamente el Plan Maestro aunque se autorizó escindir en el imaginario colectivo porteño una división barrial. Recoleta se pobló de edificios menos pretenciosos para vecinos nacionales y populares bajo otro nombre: Barrio Norte.

Terapia

“Hasta el próximo terapia”. Todos los terapia escucho ese saludo. Aproximadamente 45 ó 50 minutos después de las 19:40. La hora en que tengo martes. Los terapia. Todos los terapia. Desde hace unos cuantos terapia. Martes = terapia. Lunes, terapia, miércoles, jueves viernes, sábado y domingo. Los terapias orquídeas. Terapia no te cases ni te embarques.

solitario en un cafeHoy es terapia, y como todos los terapia estoy esperando en el café, que está frente al consultorio, que se hagan las 19:38 para ir a martes. Dos minutos es lo que tardo en levantarme de la mesa, hacerle un guiño al mozo manifestando que dejé pago, cruzar la calle, y subir el único piso por escalera para llegar 19:40 a martes. Lo tengo perfectamente cronometrado. Pero, hoy no es un terapia cualquiera. Hoy es terapia 13. Por eso pienso levantarme 19:32. Creo que con ocho minutos antes de las 19:40 me alcanza para evitar cualquier supersticioso imprevisto que me haga llegar tarde a martes. Por si las moscas, ¿vio?. Hace 25 años que no falto ningún terapia a martes. ¿Y el mozo? ¿qué dirá el mozo cuando vea que me levanto antes?, ¡Ja! qué cambio ¿eh?, ¿será este el cambio que hace varios terapias mi marteuta me exige que haga?. Y si, no hay con que darle, hoy es un terapia distinto. Terapia 13.

Bueno, ya van siendo las 19:30, me voy a ir preparando. ¡Ja! la cara que va a poner el mozo cuando vea que me levanto antes, hablando del mozo, ¿dónde se habrá metido que no lo veo?, no me digas que justo desaparece en este momento, no, ahí está, menos mal, viene de la calle, ¿adónde habrá ido?, ¿y ese tipo con cara de funcionario más el gorila y el enfermero? ¿de qué corso salieron?, ¿qué pasa?, parece que vienen todos hacia mi mes…

el-grito-de-edvard-munch”Buenas tardes, señor”, dice el funcionario, “buenas tardes”, contesto, “soy asistente social y he recibido una denuncia del señor”, hace un pequeño giro con el cuerpo como para señalar al mozo que cobardemente se esconde detrás del gorila, “queda usted detenido”, “¡¿por qué?!”, interrumpo sorprendido, “por exceso de psicoanálisis” continúa el funcionario sin mirarme a los ojos como todo burócrata de mostrador, “usted permanecerá con estas personas”, ¡ja! resulta que al gorila le dicen persona, “hasta que se haga el miércoles y recupere su libertad”, “quiero hablar con mi abogado” digo firmemente, “olvídelo”, dice el funcionario; entonces separo a un costado al funcionario y sugerentemente le susurro, “usted no me puede hacer esto, tenemos que encontrar una solución, hoy no puedo faltar a martes, imagínese, las ballenitas no me duran una semana, pierdo todas las biromes antes de gastarles la tinta, el control remoto no me responde”, el funcionario me quita del medio, se dirige al enfermero y le dice “hágase cargo, está muy mal”, es el momento adecuado y tomo la decisión, salto por arriba de una mesa y corro hacia la puerta sin tener en cuenta que el gorila es mucho más ágil y joven,  empieza la persecución, el gorila me acorrala junto a una mesa, tanteo tratando de encontrar algo con que defenderme sin quitarle la vista de encima, encuentro un elemento de metal, lo agarro con firmeza, me siento protegido, el gorila se me tira encima e instintivamente me defiendo con mi arma blanca doblándole una cucharita de café en el pecho, el gorila me sujeta por atrás y me sienta en la silla, allí maniatado el enfermero me revisa la lengua y amígdalas, mira con la linternita el fondo de mis ojos y sentencia su diagnóstico con la certeza de un doctorado en Harvard: “necesita una mina”, “me lo imaginé” confirmó el funcionario y le dice al gorila “traeme una”.

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Son las 00:30 del miércoles. El gorila acaba de dejarme en casa. La mina quedó en el auto. Seguro que todavía le queda cuerda como para bancarse al simio. Cuatro horas me tuvo. ¡Que mujer! Es bueno saber que la función pública tiene esta calidad de personal. De todos modos esto no va a quedar así. No, no van a poder conmigo. Tengo que organizar la venganza. Por empezar voy a cambiar de café. Y además, el próximo martes, como todos los martes, volveré a terapia.

Producción

Antes de enviar un nuevo whatsapp la ví cruzar la avenida rumbo al café. Pidió un té. No quiso que la cafeína entrara en combinación con su estresante jornada laboral provocándole una inapropiada vigilia nocturna. recepcionista1“Está en producción” respondió la recepcionista a mi llamado cuando la llamé al trabajo. Su celular apagado confirmaba el frío parte. Ahora, mientras sumerge en forma psicótica el saquito de té en el agua, detalla obsesiva la tarea “especial” que provocó la demora hasta bien entrada la noche. “Producir” no se ajusta a la pasión con que emprende su tarea. Le parece una palabra fabril. En verdad, agrega fastidiosa, no produce a sus clientes, los potencia, resalta características propias, embellece rasgos, sensualiza durezas. Como que, latiguilla, les doy vida. Quizá fue por esa reconocida capacidad que esa tarde llegó a sus manos un personaje público mayúsculo. Futura página de nuestra historia. Potencial mito. Desde un principio la tarea la asumió como sencilla. Por sus manos habían pasado personalidades en mucho peor estado. Páginas a las que no se les podía leer una frase, una línea, una palabra. Pero, este trabajo exigía otro tipo de atención. No bastaba con mejorar lo recibido. Esta página sería reeditada en todo tipo de soportes gráficos. Volveré y seré hasta imanes de heladera.

Mientras avanza y retrocede contando su infatigable historia de vida, la de corregir lo incorregible, observo por el televisor del café cómo lentamente el hall preparado para las grandes ocasiones comienza a llenarse de público. La soledad de los artistas, pienso cuando la veo sentada, anónima, frente a mí. Satisfecha me cuenta cuando golpearon a su puerta preguntando por la bonita página. “Todavía faltan unos minutos, que la gente espere” dice que dijo. Mentira. Estaba lista hace rato. Es que, de pronto, se sintió un par del personaje que tenía en sus manos. Entonces, cual estrella poderosa, esperó su momento. Su demora. Provocando ansiedad en el público para que el impacto visual fuera mayor. futbolEse que ahora, volviéndose hacia el monitor, confirmaba en la cara de la gente que completaba el hall de las grandes ocasiones. Fue, entonces, que abrió la puerta del camarín para entregar su obra terminada hacia rato. El personal de la casa de sepelios ya podía retirar el cadáver para colocarlo dentro del cajón y dar comienzo al velorio de una nueva página de nuestra historia.