Bar Roma. Abasto.

En 2013 escribí un artículo para mi blog a partir de un reportaje a Eduardo Galeano publicado en el diario La Nación. En éste el poeta afirmaba que, a diario, tomaba un café con Dios en el Brasilero de la capital uruguaya. Dios se apellidaba la camarera andaluza que atendía las mesas. Jugando con la singular observación de don Eduardo me atreví a decir, en ese entonces, que si en Montevideo se tomaba café con Dios en Buenos Aires se lo podía hacer con Jesús.

Jesús junto a su hermano Laudino, eran dos asturianos que se habían hecho cargo en 1951 del Bar Roma, abierto en 1923 como almacén-bar, en la esquina de Tomás de Anchorena y San Luis, del Abasto. El Roma del Abasto (porque existe un homónimo en La Boca) tiene una historia tan rica que, con los años, con justicia divina, se lo reconoció Bar Notable. Jesús ya no lo atiende, aunque sigue ocupando la misma mesa todos los días. Un grupo gastronómico tomó las riendas del Bar con un cuidado respeto por su historia y patrimonio barrial y Jesús, que sigue viviendo en la planta alta del edificio, mantiene su rutina de vida desde que llegó de España.

La ilustración es de cuando yo lo frecuentaba. Y el de la imagen es Jesús. Pasé muchas tardes-noches durante los huecos sin películas de la programación del BAFICI. Una noche de diluvio llegamos empapados con amigos luego de correr bajo la lluvia desde el shopping, sede del Festival. Nuestro aspecto daba lumpen. Andrajosos y desdichados. Jesús nos recibió como hermanos, se llevó nuestros abrigos a que se secaran cerca del horno, mientras nos calentaba comida y multiplicaba bebidas. Discutimos sobre cine, opinamos de directores y elegimos, a nuestro entender, los mejores guiones. Sin saberlo, estábamos siendo parte de una puesta que sólo la naturaleza era capaz de expresar con perfección suprema. Una bendición bañada con agua de lluvia. Estábamos interior/noche cobijados frente a la furia desatada en el exterior, rodeados de instituciones judías ortodoxas, en un bar llamado Roma y lo atendía Jesús. Una escena faraónica de la mejor película. Imposible ser más Buenos Aires.

La Orquídea. Almagro.

En Buenos Aires Gardel está íntimamente vinculado con la barriada del Abasto y también con la Avenida Corrientes y el Obelisco. Sin embargo, más arriba en la numeración, a la altura del barrio de Almagro, el zorzal criollo dejó una huella profunda. La leyenda cuenta que cuando el funeral de Carlitos, la procesión, que había partido desde el Luna Park rumbo al descanso final en Chacarita, tuvo un alto fuera de protocolo en Almagro. Corría febrero de 1936. Al llegar el gentío a la intersección de Acuña de Figueroa (4100 de Corrientes) una muy humilde mujer, no muy agraciada, encorvada de angustias y vendedora de orquídeas, se paró frente a la masa deteniendo la caravana. El suceso sorprendió a todos hasta inmovilizarlos. La mujer andrajosa avanzó hasta el coche fúnebre para ofrendar sobre el ataúd sus orquídeas (flor que Gardel le regalaba siempre a su madre Berta). Se sabe en el barrio que un buen hombre conmovido por el gesto la ayudó a retirarse para permitir que el funeral continuase. Y tanto la protegió que la terminó desposando y dándole un hijo al que le pusieron Carlitos. La fuerza de la anécdota no concluye aún. Muchos años después el Mercado de Flores de la ciudad abrió en esta esquina. Y años más tarde el Café-Bar La Orquídea. Pero, hay más. “Almagro” es un tango de Vicente San Lorenzo y que Carlos Gardel cantó con genuino sentimiento y grabó como nadie. Las primeras estrofas rezaban: Cómo recuerdo, barrio querido, aquellos años de mi niñez… Nada es casual. Corrientes esquina Acuña de Figueroa está a la exacta altura de Don Bosco al 4100 (cuadras más abajo hacia el sur) y del Colegio Pío IX donde Gardel asistió de niño. Allí fue compañero de Ceferino Namuncurá y donde compuso su primer tango con letra del indio, pero esa es otra historia. Ésta cuenta que por los sucesos descriptos las almagrenses crearon la Orden de la Orquídea. Y que reconocer su liturgia barrial es fácil. Dense una vuelta por el Bar y toda mujer que vean en la esquina, en actitud desinteresada, en verdad, está esperando que pase un nuevo amor y le cambie su suerte.

Gran Café Tortoni

Es casi unánime que el Tortoni es el café que más nos representa. Por su carácter cosmopolita y su magnificencia. Por el iluminismo que le aportaron artistas, políticos, científicos y personalidades que lo concurrieron. Pero este no es un relato de Civilización. Sino de Barbarie. Porque lo que les comparto hoy es la historia de un indio.

A principios del siglo XX Rosaura era una joven viuda perteneciente a la clase alta porteña que frecuentaba el Tortoni cuando iba de compras a la Casa Wright. Siempre acompañada por Casimiro (nombre visionario), un indio ranquel, prisionero de la Conquista del Desierto, que su padre había recibido siendo niño en una repartija y, con los años, cedido para que la asistiese y protegiese en su viudez. No había sitio en la ciudad donde Casimiro se sintiera tan a sus anchas. El salón plano y dilatado. Un pasillo extenso. Todo le recordaba a su pampa. En el Tortoni ajustaba su mayor habilidad como ranquel: la vista. Rosaura conocía esta capacidad genética y lo utilizaba para que le “marcara”, ni bien cruzaban la puerta, cuáles caballeros que se le acercaban a la mesa lo hacían con genuino interés o escondían sospechosas pretensiones. En la pampa el humo es traicionero. Se ve de lejos. Y la mirada de los indios descubre a la distancia: actitud, semblante e intenciones. Luego de varios meses, un buen día, mientras observaba una partida de billar parado sobre la silla (como lo haría desde el lomo de su caballo) sintió el fresco que la puerta vaivén traía de la calle. Había ingresado un caballero solo, con una niña de la mano. Casimiro los miró tomándose un segundo de más para luego sentarse. Como toda respuesta afirmativa bajó la vista llevando su quijada al pecho.

(El negacionismo de una clase dominante nunca permitió que esta historia se popularice. A mí me fue narrada en un hospedaje de ruta en las afueras de Santa Rosa, La Pampa, luego de atravesar el cruce del desierto, por Jacinto, dueño del acogedor sitio de descanso, y nieto de la relación que Casimiro inició con la niña que marcó esa mañana en el Tortoni).

Café-Bar La Escuela

La primera vez que lo escuché en la radio fue en un programa deportivo al cual llamó para dejar su opinión. Se presentó como: Hernán de Caballito. Luego lo oí en otros tantos programas. Siempre dejando opiniones desde la vivencia de lo cotidiano en la calle. Ahora era Hernán de Villa Crespo o Palermo. O Flores o Barracas. Me llamó la atención. Cuando le preguntaban de qué trabajaba, respondía: vendo anteojos. Y a la repregunta de qué diferenciaba sus anteojos de otros, concluía: en el fondo ven mejor. La frase me daba vuelta en la cabeza. Y salí en su búsqueda.

Comencé preguntando por un tal Hernán en ópticas de avenidas comerciales. Así lo fui cercando hasta dar con una en Saavedra donde me confirmaron que este opinador serial radial hacía base en el Café-Bar La Escuela, Manuela Pedraza 2803. La Escuela es un auténtico reducto de sabihondos y suicidas. Un Aula Magna de Nocturna con estudiantina conformada por una runfla de repetidores y laburantes. Sin embargo, dar con Hernán no fue difícil. Estaba sentado en una de las mesas de la ochava con los auriculares puestos escuchando la radio. Recién ahí caí en la cuenta que no tenía pensado un discurso para introducirme sin incomodarlo. Pero, ya estaba lanzado y mi indecisión me había convertido en el centro de todas las miradas del bar. Me acerqué a su mesa y le dije que estaba buscando unos anteojos especiales y que en la óptica me habían dicho que él podría conseguírmelos. Me invitó a sentar y comenzó la charla.

Horas más tarde seguíamos ahí. Hernán es patagónico. De Santa Cruz. Las comunicaciones radiales son su modo de contacto aún en una megaurbe superpoblada. Es un soberano vendedor de productos como de momentos agradables. Un viajante de comercio urbano. La ciudad es un constante ir y venir de Hernánes. Nunca llegué a confesarle mi rastrillaje ni que lo conocía de la radio. Hubiese arruinado una tarde que sólo Buenos Aires puede regalarte en un café. Sí le compré un par de anteojos. Hernán no había mentido. Una vez puestos, en el fondo, todo se ve mejor.

 

Texto: Carlos Cantini

Ilustración: Lucio Cantini

Café-Bar La Poesía. San Telmo.

La historia no pude olvidarla jamás porque su paronimia es un sinfín que gira en mi cabeza desde entonces. La conversación la escuché en una mesa del Café-Bar La Poesía. Lo sustancial fue cuando el hombre (pongámosle Héctor a los fines narrativos), cuando Héctor dijo que “padecía parecidos”. Era un tipo desdichado en el amor. Sus relaciones terminaban antes que él pudiera transmitir todo lo que sentía. Un auténtico introvertido. Y las mujeres lo abandonaban sistemáticamente. Pero, para peor, después de cada final, Héctor encontraba a sus exparejas parecidas en otras caras de otras mujeres. Y, le contaba abrumado a su interlocutor, los parecidos los padecía con mayor frecuencia en las mesas de La Poesía. (Confieso que me pasa lo mismo con un amigo que ya partió hace unos años cuya cara veo parecida en cuanto lugar viva o trabaje o me instale por unos días. A poco de estar empieza a circular por mi alrededor. Como si quisiera decirme que no se fue, que sigue estando presente en mi vida).

Héctor siempre buscaba mesas de las ventanas. Podían mirar a Chile o Bolivar. Daba igual. Desde allí fijaba la vista hacia la calle y, tarde o temprano, veía acercarse parecidas. Temblaba de pensar que entrasen al café. Lo que inevitablemente sucedía. Y comenzaba su padecimiento. En el fondo, le explicaba a su amigo, si bien el dolor se acercaba a una autoflagelación no era algo de que preocuparse porque también resultaba un alivio el reencontrarse con viejos amores que lo llevaban a revisar con minucioso detalle (y le mostraba un cuaderno pleno de anotaciones que pude relojear con disimulo) cada conversación, cada gesto, cada silencio de sus charlas para encontrar un patrón a modificar en nuevas relaciones. En definitiva, como a tantos inexpresivos, le costaba cerrar sus historias. Héctor siguió un rato su catártico relato oral sin cambio de ritmo ni cadencias. El tono daba monótono. Y le perdí el hilo. Al rato pagaron y se fueron. Me quedé tentado de leer sus apuntes. Los imagine textos riquísimos. De profundas reflexiones, con emociones bien expresadas y depurados conceptos. Quizás Héctor, sin saberlo, fuera poeta.

Texto: Carlos Cantini

Ilustración: Lucio Cantini

Mi maestro de café

Pretty Nort (Ecuador y Charcas)

Hace un par de semanas me estaba preguntando cuándo había surgido mi pasión por el café, cuál había sido el hito iniciático. Mi mente buscó y recordó un momento fugaz, fuerte y sentido. Justo ayer, en una entrevista radial, me hicieron la misma pregunta y volví a narrarlo. Cuando esta mañana me desperté tuve la necesidad de escribirlo. Y aunque la anécdota se trate de un instante breve, carente de desarrollo y colorido, me dispuse a hacerlo. Al terminar registré que hoy, 11 de Septiembre, es el Día del Maestro. El cerebro realiza funciones inexplicables.

Por ese entonces yo era un mocozo de Banfield que venía a diario a Capital para cursar mi primer año de Facultad. Luis, porteño, hombre de café (supe después) era diez años mayor. Nos había relacionado el deporte. Era mi DT. Un auténtico maestro. Al poco tiempo las afinidades tendieron puentes que estrecharon la diferencia generacional y nos hicimos grandes amigos. La anécdota menor, el hito fugaz, el instante descolorido, pero determinante en mi historia personal, sucedió una media mañana muy calurosa de Buenos Aires. Los datos precisos los tengo borrados. Y en verdad son prescindibles. No sé porqué estábamos juntos ni hacia dónde íbamos. Sospecho que estaríamos camino a Banfield. Algunas veces Luis, que trabajaba en colegios y clubes de la zona sur, me pasaba a buscar por la Facultad y me llevaba de vuelta a casa.

El asunto es que entramos a un café. Repito, no recuerdo cuál. Porque de pronto el recuerdo se convierte en un primer plano de una barra. Todo lo demás, mesas, sillas, espejos, artefactos de iluminación, quedan fuera de cuadro. El cuento trasciende al café, el barrio o su estilo. Sí recuerdo un detalle indispensable en el guión: el sofocante calor húmedo porteño. Acción. Entonces estábamos parados en la barra. Seguramente para pedir algo rápido, al paso. El mozo nos pregunta qué tomamos, Coca, dije yo, café, dijo Luis trazando con una tiza imaginaria una línea que dividió al pizarrón en dos mundos. Cuando el mozo nos deja solos le pregunto, con mi inconsciente juventud a cuestas, cómo podés pedir un café con el calor que hace? . Luis me observó en silencio por varios segundos, con esa mirada que los buenos docentes sostienen para darse a entender… y comprendí todo.

A mi querido amigo y maestro Luis Ciancia

Amor larga duración

Hace unos meses vaciando la casa que fuera de mis viejos en Adrogué recuperé mis antiguos LP de vinilo. Toda la colección de mi adolescencia y juventud que habían quedado arrumbados y sin uso cuando dejé esa casa y la tecnología reemplazo los discos por otros soportes. En el combo también me traje long plays que pertenecieron a  mis padres. Lo que nunca imaginé es que ese reencuentro con el pasado me trasladaría a otra historia, ajena, del barrio de Almagro y de la Confitería Las Violetas. Los discos estuvieron igual de apilados en casa por varias semanas. Hasta que un día leí a Charly García revalorizando el sonido (lo llamó “perfecto”) de los vinilos. Entonces,  y para que el recuerdo fuera fiel a lo vivido, me compré un Winco por internet. La operación fue muy sencilla, elegí uno, cualquiera, con entrega a domicilio. Y me pasé unas noches increíbles en casa disfrutando de buena música acompañado de Gabyn, mi mujer, y Rita, mi perra, que se arrollaba a mis pies al oir el sonido del tocadiscos. Y con un buen whisky.

20140721_140011El domingo del Día del Padre, tipo cinco de la tarde,  en homenaje a mi viejo revisé la pila de sus discos y encontré uno que llamó mi atención: El Festival de San Remo 1965. No recordaba los temas, de hecho tenía sólo 4 años en el ’65, pero sí, y mucho, la tapa. Lo puse. Con los primeros acordes de “Si lloras, si ríes” el equipo empezó a manifestar problemas y cuando empezó a cantar Bobby Solo se detuvo definitivamente. Maldije la idea que tuve, las compras por internet y al Festival de San Remo.

A la semana siguiente llevé mi Winco a uno de los últimos talleres que quedan en Buenos Aires, el de Castro Barros 224 en Almagro. La tarde estaba negra. La lluvia inminente parecía darle tiempo a todos a cobijarse. Y yo, ante esa puesta escénica, trasladando esa caja, me sentía llevando las cenizas de un difunto a su descanso final en un nicho.

Entré al local, abrí la caja y apoyé el Winco sobre el mostrador. Percibí un gesto de perturbación en el dueño cuando vio el tocadiscos, pero le resté importancia. Lo conté tal cual: la compra por internet, el funcionamiento correcto con mis discos, la brusca interrupción ni bien empezado el tema de Bobby Solo y que no tenía explicación a lo ocurrido. El tipo, un señor bastante mayor como su oficio lo indica, arqueó las cejas (eso lo pesqué sin vacilar), me observó por encima de sus lentes y sentenció: “Lo reviso. Vuelva en un par de horas”. Mientras giraba hacia la calle pensé: hombre de pocas palabras, o que lo había ofendido diciendo que el Winco se había roto escuchando un disco de 1965 o que no entendía qué le había pasado. Y sí, cómo iba a entenderlo, el que sabía era él. Solo lo dije para tapar un bache denso de silencio que se abrió al mismo momento que abrí la caja urna. Cuando ya estaba saliendo del local me ordenó: “Espere en Las Violetas.  A lo mejor lo entiende”. Giré sobre mis pies, pero ya se había escabullido por la trastienda con mi Winco en brazos.

Las Violetas lluvia - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

Las Violetas queda a solo dos cuadras, al cero de Castro Barros esquina Rivadavia. Había empezado a gotear y la definición de las formas empezaba a humedecerse y perder sus líneas. La Confitería estaba que rebozaba de clientela. Como todas las tardes. Vecinos entrados en años que encuentran en el inmenso salón la sede de un club social que los reúne. Y muchos turistas. Recordando la frase del mecánico intenté entender no sabía qué ni cómo. A las dos horas volví al local con las mismas dudas. Y allí me enteré de todo.

Las Violetas - Oscar Sar

Las Violetas, por Oscar Sar

El Winco había pertenecido a un reconocido matrimonio de Almagro, habitúes de todas las tardes de todos los días de Las Violetas y miembros de varias de las asociaciones civiles del barrio. Se habían conocido en el carnaval del ’65 y su tema de amor era: “Si lloras, si ríes” de Bobby Solo. El mecánico reconoció de inmediato el equipo cuando abrí la caja porque había pasado varias veces por sus manos. Hasta una última. Cuando se lo dejaron en reparación una semana antes que sucediera algo inesperado en la pareja, extraño por la edad avanzada de ambos, el matrimonio se separó. Meses más tarde, el hombre pasó por el taller a buscar su Winco, pero su ex mujer ya se lo había llevado. La anécdota simple, tonta y sencilla que se arreglaba con un llamado de teléfono fue la comidilla del barrio y el rumor sarcástico en las mesas de Las Violetas. Y él no lo pudo soportar. De un día para otro dejó de ir y frecuentar todos los lugares que diariamente lo convocaban. Nadie nunca jamás volvió a verlo.

Sensibilizado con la historia me surgieron de inmediato las ganas de devolverle el Winco a su antiguo dueño. Ya era tarde. Falleció el domingo del Día del Padre. A las 5 de la tarde.

El culto a la cola

cajerosEl grupo se disolvió una vez que el Banco Ciudad reemplazó los viejos cajeros automáticos por nuevos. Hasta entonces todos los días hacían la misma cola. Los descubrí por casualidad. Yendo a operar los cajeros de la sucursal de Av. Boedo 874. Frente al Margot, mi parroquia preferida. Las terminales siempre fueron tres y la cola una sola. La dinámica simple: al liberarse cualquier de las máquinas le correspondía el turno al primero de la fila. Dos de los tres cajeros parecían operar con mayor fluidez, pero otro, el tercero retenía a los clientes por inexplicables minutos. Los usuarios que caían atrapados en esta tercera unidad rezongaban, negaban con la cabeza, maldecían y al cabo de un buen rato dejaban pasar su turno y volvían resignados a ponerse al final de la cola y así dar inicio a un nuevo circuito. La chica que me precedía fue quien me alertó. “¿Funciona ese cajero?”. El reflejo del sol no me dejaba ver con nitidez. Me acerqué con cuidado de no importunar al cliente que estaba tecleando con sus dedos índices cargados bronca para percibir con extrañeza que la pantalla estaba a oscuras. Tal cual, no funcionaba. La cola seguía avanzando. La gente advertida cuando se liberaba la unidad que no funcionaba no perdía tiempo intentando lo imposible. En ese momento surgían de la cola personajes que haciendo un gesto de permiso al primero de la cola pedían autorización para ir a malgastar su vida en una máquina rota. Esto que cuento no lo comprobé inmediatamente. Fue una sospecha. Observé que un grupo manejaba códigos propios y que se cedían el turno para pasar a no operar. La sensación que tuve colmó mi curiosidad y por dos o tres días fui hasta el Banco a utilizar sin necesidad alguna los cajeros automáticos para certificar el hecho. Y ahí estaban. Los mismos. Esperando su turno para perder el tiempo frente a una pantalla oscura mientras hacían catarsis de sus propias vidas. Como si fueran confesionarios del sistema capitalista. La escena me hizo recordar la perfomance del artista eslovaco Roman Ondák que se exhibió en 2002 en la Tate Gallery de Londres. Era una fila de actores que creaban una cola artificial y que reproducían con sus posturas y actitud la espera de algo. Incluso el público podía “sumarse” a la cola y compartir un rato perdido con esta gente.

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En Boedo la gente extraña abunda. Y en sus cafés se mimetizan con el resto de los mortales. El Margot dispone de un repertorio (algunos ya los he contado) que lo enriquece. Incluidos muchos de estos coleros que se cruzaban la avenida para pasar a los baños del café. O pedían permiso para sentarse por unos pocos minutos a las mesas aduciendo que los cajeros automáticos estaban fuera de servicio y que personal del banco les habían asegurado volverían a funcionar en breve. Los hacedores de una cola inútil pronto se convirtieron en mis compañías cotidianas.

Un buen día todo cambió. La sucursal del Ciudad entró en una renovación (quiero creer que estaría programada y que la misma no obedeció a una decisión de la entidad para terminar con la insólita práctica de un grupo de personas que se reunían a diario para ocupar sus mañanas mientras le echaban la culpa del tiempo perdido a una máquina que de antemano sabían que no funcionaba) y de tres terminales quedaron sólo dos. Flamantes. Y funcionando. El grupo se disolvió en el acto. Todavía hoy, algunas mañanas, desolados y sin rumbo, suelen juntarse en la puerta del banco buscando una explicación a su infortunio. Uno de ellos suele volver por las noches y recorre las mesas del Margot y de los cafés vecinos. Es vendedor ambulante. Fácil de reconocer. Va con su valijita repleta de frascos caseros. Vende perfumes… de yuyos y de alfalfa…20140328_090035

El falso Jorge 2. El regreso.

Al falso Jorge lo conocí al heredar dos sillas bajas, del tipo butacas, de pana marrón. Fue él como podría haber sido cualquier otro de las decenas de tapiceros que existen en Boedo. Pero, éste quedaba dentro de mi circuito diario hacia la boca del subte o rumbo al Margot (mi parroquia preferida).

La tapicería quedaba en la calle Castro Barros casi Constitución y su nombre figuraba elocuentemente grabado en la vidriera: “Tapicería Jorge”.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿Jorge?, fue mi pregunta retórica a la persona que atendía. Me respondió asintiendo con una mueca que entendí obvia y que resultó el inicio de una relación que se desarrolló fluida y recurrente. El falso Jorge era casi un vecino, sin embargo nunca lo había visto. Y pronto pasó a convertirse en una persona omnipresente en mis caminatas por el barrio. Además de verlo en la tapicería a diario, donde mis dos sillas del tipo butacas de pana marrón se apilaban junto a otras tantas que certificaban un evidente retraso en los trabajos, comencé a encontrármelo en el subte, comprando en el mercado o sentado a una mesa del Homero Manzi que da a la Avenida San Juan. “Hola Jorge” pasó a convertirse en una frase que repetí hasta el hartazgo. El falso Jorge siempre estrenaba un problema nuevo de salud: exceso de azúcar en la sangre, la presión por el piso o el colesterol por las nubes. El hecho singular de mi tapicero de Castro Barros era que, una vez conocido el diagnóstico, profundizaba el consumo de aquellas cosas que le hacían mal para confirmar el informe inicial y descartar algo peor que le hubiesen ocultado.

_la-taberna-de-roberto-inclan-1-1348396628Hola Jorge, dije como de costumbre un mediodía que lo crucé a pocas cuadras de la tapicería, en la parrilla “El Turf”. El falso Jorge le entraba sólo a una fuente de mollejas y chinchulines de las que comen tres. Le habían diagnosticado gota y estaba asegurándose que el malestar posterior tuviera relación con el dictamen. Otra vez, yendo hacia el subte, volví a repetir el “Hola Jorge” a través del vidrio del Homero Manzi cuando lo vi en su mesa de siempre atacando seis medialunas de manteca. No había que ser médico para adivinar que un nuevo estudio le habría arrojado colesterol alto o diabetes. La pena es que nunca hubiese sufrido de ciática o reuma como para dedicarle horas extras, más un fuerte dolor de espalda, a los trabajos atrasados. Hola Jorge. Hola Jorge. Hola Jorge, seguía repetiendo cada día y cada tarde que en la tapicería o caminando por Boedo durante meses.

Un buen día estábamos charlando en la vereda mientras me comentaba de un nuevo dolor cuando se detuvo un auto. La conductora bajó la ventanilla y lo llamó: ¡Pedro!. Mi tapicero hipocondríaco se le acercó y mantuvieron un diálogo. Cuando regresó le pregunté sorprendido:

-¿Usted no se llama Jorge?

-No, Jorge era mi hermano. Cuando falleció me quedé con el local.

-¿Pero usted es tapicero?

-No, estoy conociendo el oficio. Siempre vendí artículos de limpieza.

falso jorgeMeses meses más tarde, el falso Jorge me entregó el trabajo que hoy se luce en el living de casa. Al tiempo la tapicería cerró y dejé de verlo. Pronto me hice a la idea que, finalmente, el falso Jorge, de tanto insitir, le había ganado la apuesta a su destino y sucumbido frente a sus temores más severos.

 

Hace un par de sábados, yendo a Misa en el Margot tuve una aparición. Sobre la calle Carlos Calvo al 3800 reconocí al falso Jorge charlando con un cliente en su nuevo local. Seguramente le estaría contando que le dolía algo. O a lo mejor ya aprendió el oficio. A partir de ese día volví a verlo con frecuencia. Ahora para en el Café Osvaldo Pugliese, Carlos Calvo y la Av. Boedo. Ah, y el nuevo local se llama “Tapicería Jorge”.

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Ellos hablan solos

Sólo dos mesas ocupadas me sirvieron para confirmar el rumor. En una de éstas, una señora mayor, de postura rígida y con carácter, miraba hacia el interior del café mientras dictaba sentencia con voz firme y severa. En la otra, que daba justo a la ventana, un hombre también mayor, quizá de la misma edad, pero con un notable desmejoramiento de su rostro y aspecto que sospeché producido por una vida menos favorecida, parecía compartir tertulia con otros dos parroquianos. La escena era tal cual me lo habían contado. Los dos charlaban animadamente. Los dos hablaban solos.

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Los Cafés de Buenos Aires esconden historias singulares que les permite distinguirse entre sí. El tipo de barriada, los diferentes orígenes inmigratorios, la omnipresencia en el barrio de una fábrica o institución, todo les otorga características propias. En éste la gente habla sola. El dato me fue confiado con el compromiso de no revelar su dirección. El dueño del Café y los vecinos del lugar tienen gran respeto y consideración por los fieles parroquianos que lo frecuentan. No quieren curiosos que inhiban la naturaleza de sus clientes. Lo único que me permito decir es que queda en Parque Patricios y que su entrada no tiene ninguna identificación. Ni falta que hace. No hay nombre que recordar por la sencilla razón de que allí nadie cita a nadie. La gente en este café habla sola.

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Mi primera reacción cuando me confesaron el dato fue de descreimiento. Hoy por hoy, es bastante común ver gente por la calle que habla sola, pero la existencia de un café speak alone friendly me resultó inverosímil. Lo primero que hice fue chequear si en la vecindad no hubiera un hospital psiquiátrico que trabaje con externos. El Borda y el Moyano estaban lo suficientemente distantes como para adherir a la teoría. Que el Café estuviera situado dentro del Distrito Tecnológico tampoco implicaba que fuera un punto de reunión de nerds utilizando telefonía de manos libres. No. La mujer que miraba hacia el interior claramente adoctrinaba a “alguien” con quien compartía la mesa. En la otra se contaban recuerdos de gloriosos players y epopéyicas tardes del glorioso Club Huracán.

Decidí quedarme hasta que ambas charlas terminasen para interrogar tranquilo al mozo. Al rato, con la diferencia de pocos minutos, las dos mesas pidieron la cuenta y se retiraron. El mozo les cobró inmutable. Sin ninguna manifestación perturbadora en su rostro. El hombre hacía su trabajo. Y, por otra parte, en este Café está bien explícito cómo se debe tratar a su clientela.

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Cuando me puse de pie entraron dos nuevas personas y la atención por saber cómo actuarían me hizo volver a mi lugar. La pareja parroquiana se sentó junta y charlaban. Todo dentro de la lógica normalidad. Llamaron al mozo y ordenaron. Fue entonces que el mozo, que se dirigía hacia la barra a buscar el pedido, cruzó frente a mi mesa y no pude controlar el impulso de dejar flotando un comentario cómplice:

Menos mal que llegó gente nueva y no se sientan solos. Por un momento creí que acá estaban todos locos.

Ah, lo dice por estos cuatro. Sí, son dos parejas amigas que siempre vienen a tomar café.