Imágenes paganas/15
El Motivo, Salvador María del Carril y Zamudio, Villa Pueyrredón
Más info: https://cafecontado.com/2013/09/16/el-motivo-villa-pueyrredon/
Cafés de tango en la Avenida de Mayo
El cronista callejero viene haciendo una ronda por los cafés de tango de Buenos Aires y, tras recorrer Palermo y Balvanera, se dirige ahora al Centro, a esa calle Corrientes que nunca dormía y fue la ceca y la meca de la vida cultural porteña, pero antes prometió darse una vueltita por la Avenida de Mayo. El cronista ya ha comentado, en una serie de artículos publicados en 2010, que en las primeras décadas del siglo la Avenida era un centro de la vida teatral y social, con predominio -es claro- de las expresiones de origen español: ahí estaban, en unas pocas cuadras, por la propia avenida o por Victoria (actual Hipólito Yrigoyen), el Teatro Victoria, el Alcázar, el Onrubia, el Teatro de Mayo y el “de la Avenida” -que inauguraron en 1908 María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza-, el Moderno y el Goldoni, que como Teatro Liceo es la más antigua sala teatral de la ciudad. A la salida de las funciones, restaurantes y cafés permitían cerrar amablemente la velada y, en algunos de ellos, se podían escuchar buenos tangos.
Como el cronista se bajó del tramway en la Plaza de Mayo, tuvo que desandar unas cuadras para llegar al primero de su recorrida, el Café Gaulois, en el 899 de la Avenida y en el que a fines de la década de 1910 tocaba la orquesta de Ricardo Luis Brignolo, recordado por Chiqué. Según refieren los hermanos Héctor y Luis Bates en su clásica Historia del tango, por allí se acercó un jovencito que había dado sus primeros pasos con Eduardo Arolas y andaba buscando trabajo pues el padre, un tano severo que había sido director del conservatorio de la Scala de Milán, lo había echado de la casa al saber que andaba tocando tangos. El pibe se llamaba Julio De Caro y, en vista de sus condiciones, fue aceptado por Brignolo que no se equivocó, pues al poco tiempo estrenaba en dicho café Mala junta, joya primigenia del violinista. Unos años después, el café fue adquirido por un señor Carlos Marinoni que le cambió el nombre, pasando a ser Bar Central.
A sólo una cuadra, al llegar al 999 en el cruce con Bernardo de Irigoyen, se alzaba otro café por el que anduvo -¡cuándo no!- Juan Pacho Maglio ganándose los garbanzos, el Gran Café Colón. Según cuentan, su dueño era un catalán anarquista y, seguramente por afinidad ideológica, era frecuentado por los integrantes de la redacción de La Protesta, el legendario periódico ácrata. Según refiere Jorge Bossio -a quien tantas veces ha citado el cronista como a una especie de Virgilio particular en esto de recorrer cafés- en una oportunidad la caja del periódico se quedó sin una rupia y, para arrimar los fondos necesarios, los mozos del establecimiento realizaron una colecta que permitió continuar con la publicación… ¡Esos eran mozos, caramba! La cuestión es que la gran importancia que tiene este café para la historia del tango es que en su sala se produjo el debut del sexteto de Julio De Caro, aquel pibe que mencionábamos y que con esta formación decretaba el comienzo de la Guardia Nueva.
Pero paremos un poco el carro, que vamos en pendiente, y repasemos cómo fue esta historia. Después de tocar con Brignolo, De Caro participó en las formaciones del bandoneonista José María Rizzuti, Osvaldo Fresedo, Enrique Delfino y Minotto Di Cicco, hasta ingresar en el sexteto que dirigía Juan Carlos Cobián, que formaba con Luis Petrucelli y Pedro Maffia en bandoneones, Agesilao Ferrazzano y De Caro en violines, Humberto Constanzo en contrabajo y el propio Cobián en el piano. Esta agrupación tuvo un enorme éxito en 1923 en el aristocrático club Abdullah, en el subsuelo de la Galería Güemes, que hoy es el Centro Piazzolla Tango, y los muchachos se conocían bastante porque se habían cruzado en diferentes formaciones que encabezaban uno u otro. Pero un buen día Cobián decidió marcharse a los Estados Unidos y la barra quedó en banda, por lo que el joven De Caro, de sólo 24 años, decidió ponerse el grupo al hombro y organizó el nuevo sexteto, en el que su hermano Emilio reemplazó a Ferrazzano, Leopoldo Thompson a Constanzo y, para dejar todo en familia, su otro hermano Francisco a Cobián. Parece que entraron con un sueldo de 35 pesos mensuales, que no era mucho, pero al poco tiempo la casa Víctor los contrató para grabaciones y empezaron a echar buena; en el primer disco de pasta registraron Todo corazón y Pobre Margot, ambos del director del grupo. El sexteto sufrió otros cambios, hasta su extinción en 1934, ingresando en distintos momentos los bandoneonistas Pedro Laurenz y Armando Blasco, los contrabajistas Enrique Krauss y Vicente Sciarreta y la particularidad de que, para las grabaciones, Emilio De Caro fue reemplazado por Manlio Francia.
Siguiendo con nuestro callejeo, encontramos el café Centenario que, hacia 1910, era un elegante punto de reunión donde las familias -especialmente españolas- concurrían a tomar el té, mientras un joven engominado con raya al medio ejecutaba al piano piezas de música clásica, valses, czardas y otros perendengues que daban un aire distinguido al establecimiento ubicado frente al solar donde luego se erigió el Barolo. Pero resulta que el émulo de Chopin no era otro que Roberto Firpo, que un día tuvo la idea de proponerle al dueño incorporar un bandoneón como acompañamiento; el músico de marras era un muchacho que, para parar la olla, trabajaba en la Fundición Vasena pero se había hecho tiempo para estudiar con Alfredo Bevilacqua, se llamaba Juan Bautista Deambroggio y lo llamaban Bachicha. Según refirió años más tarde a Francisco García Jiménez el propio Firpo, el problema fue que, atraídos por la música, empezaron a frecuentar el local otros muchachos de malos modales que pedían los tangos a gritos, llamaban a los mozos con apodos indecorosos como Taka Taka –mote que le endilgaron a un mozo japonés- y otras inconveniencias, por lo que las severas familias empezaron a ralear y el patrón les sugirió que se fueran con la música a otra parte. Bachicha metió el bandoneón en la jaula y Firpo agarró las partituras, porque lógicamente el piano no se lo podía llevar, y rumbearon a la otra cuadra, al café La castellana que abría sus puertas en el 1141 de la Avenida y se extendía hasta Lima. Y mire usted, querido lector, luego actuaron -los dos solitos- nada menos que en el Armenonville y el Palais de Glace, o sea que también echaron buena… Firpo siguió su rutilante carrera y Bachicha se fue a París, donde junto a Manuel Pizarro, Genaro Espósito y Eduardo Bianco representó al tangó hasta su muerte en 1963.
Después de este pequeño rodeo, el cronista debe ahora cumplir con su palabra y dirigirse a la calle Corrientes, donde lo espera la más increíble concentración de cafés de tango que haya tenido Buenos Aires. Pero ese… será otro callejeo.
por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)
mandinga.ruiz@gmail.com
Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 142, mayo de 2014
Quedándote o yéndote – Lisandro Aristimuño
Hipótesis de café/2 – El café como patrimonio
El Café en Buenos Aires es considerado parte constitutiva de nuestra esencia. Tanto que la costumbre de “ir al café” fue presentada por el Ministerio de Cultura porteño a la UNESCO para ser declarada como Patrimonio de la Humanidad. Pero qué pasa si pensamos al Café como espacio físico? ¿Existe un tipo de Café como espacio físico que nos representa e identifica? ¿Y cuál sería? ¿El Tortoni en pleno centro y tomado por turistas? ¿O uno más chico, de esquina, que se mantuvo inalterable, en una calle poco transitada de barrio, por ejemplo, en San Cristóbal? ¿O cualquiera de los exitosos café-gourmet de Palermo? Las distintas versiones de cafés y bares que cohabitan la Ciudad son muchas y variadas y, con distintas propuestas, todas persiguen un fin similar y conforman su repertorio patrimonial. Si aceptamos este hecho, el primer paso a dar en esta dirección es considerar a la definición de Patrimonio que nos propone el antropólogo catalán Llorens Prats: “el patrimonio, en la medida en que pretende representar una identidad, constituye un campo de confrontación simbólica inevitable, tanto entre las distintas versiones concurrentes, como en el ámbito de las confrontaciones externas, simbólicas y físicas, entre grupos sociales”.
Sin embargo, a lo largo de estas hipótesis no voy a resignar la idea de buscar una síntesis genética que defina qué o cómo catalogar a un café que sirva de referente de la porteñidad. Y para eso voy a transitar no tanto por la diversidad de conceptos en juego como por la veracidad de las propuestas en contraposición con las puestas escénicas estereotipadas o fuera de contexto o ajenas a un entorno territorial armónico. Pero, todo esto será profundizado en próximos envíos. En este estamos con el café como patrimonio. Otro antropólogo, también español, José Luis García, define al patrimonio cultural como aquellos recursos que, en principio, se heredan y de los que se vive. Es decir, se reciben y se los usa. Y durante ese proceso sufren transformaciones, algunos elementos desaparecen o se innovan adquiriendo nuevas funciones y significados. Señala García, “la cultura en sus distintas expresiones, es cambiante y éste es un hecho inevitable, no se puede obligar a nadie a vivir como sus antepasados en nombre de la conservación del patrimonio cultural”.
Parece escrito para una ciudad como Buenos Aires con sus constantes cambios, modificaciones, cierres definitivos y reaperturas con (a veces severas) alteraciones. Los ejemplos abundan: el Café Los Angelitos; La Esquina Homero Manzi; el Café La Paz; aquellos viejos almacenes con despacho de bebidas hoy reconvertidos en bodegones con cocina de autor. Lo notable (y todos los mencionados son Cafés Notables) es que ninguno de éstos menguó la cantidad de público por los cambios realizados. Todos se reciclaron para encuadrarse en los “nuevos tiempos”. Con esto dejo la última definición de hoy.
Le pertenece a Stuart Hall, sociólogo jamaiquino afincado en Inglaterra, quien explica los “nuevos tiempos” a partir de la tendencia hacia el uso y consumo de las nuevas tecnologías de la información. Dice, la cultura no puede desatender el avance de los medios de comunicación. La tecnología ha penetrado la producción moderna. La gente joven ha crecido en la época de la tecnología de la computación, las comunicaciones y el video.
Es mucha la gente (me incluyo) que decide en cuál café quedarse en función del WIFI disponible y la calidad de la señal. Otra característica de los “nuevos tiempos” reconoce las transformaciones en el rol decisivo del consumo, en cuanto al énfasis puesto en la diferenciación de productos, en la comercialización, presentación y diseño, en otras palabras, en la “pesca” de consumidores por estilo de vida, gusto y cultura y no por el registro general de categorías de clase social. El campo cultural hoy está siendo re-diseñado a partir de las nuevas relaciones entre matrices culturales y formatos industriales. En otras palabras, el diseño cultural y la gestión es hoy una práctica social, profesional, desarrollada a partir de las articulaciones entre varios y muy diversos oficios: el del agente legitimador, el arquitecto, el publicista, el artista gráfico y el comunicador. Esto último da cuenta del “éxito” comercial de las cadenas de franquicias o de propuestas únicas a partir de actores culturales de renombre o las que ponen el énfasis en el concepto, la capacidad de comunicarlo, la materialización del discurso y todo dentro de un lenguaje en permanente actualización.
Con esto concluyo esta nueva hipótesis. Qué el café nos pertenece y lo sentimos parte de nuestro repertorio patrimonial no habrá porteño que no adhiera. Pero, volviendo a Llorens Prats y García, la confrontación de diferentes versiones y lo inevitable de los cambios es una tensión constante. Sobre todo cuando cierra para siempre o se modifica algunos de los cafés tradicionales. De mi parte, que haya publicado a estos autores no quiere decir que comparta totalmente o esté de acuerdo con sus reflexiones. Solo describo lo que sucede en Buenos Aires y lo pongo en palabras de quienes lo explican. Todavía no tengo respuesta a las preguntas del primer párrafo. Por el momento me conformo con tener preguntas.
Más info:
Proponen al hábito porteño del café como patrimonio de la humanidad
De Palermo a Balvanera
Andaba el cronista, durante su último callejeo allá por los Portones de Palermo, evocando al viejo café La Paloma que, como tantos, ya es sólo parte de la memoria de Buenos Aires y, siguiendo su periplo, prometió rumbear para el Centro, no si hacer algunas escalas necesarias en su gira por aquellos cafés y afines que fueron cuna y hogar del tango. Una parada obligada es el antiguo barrio de Balvanera, que incluye los sub-barrios del Abasto, Once y Congreso, aunque para el imaginario popular dichas denominaciones tengan más fuerza identitaria que la fría letra de las Ordenanzas municipales. El cronista no puede dejar de comentar que Balvanera –hoy delimitada por Independencia, Entre Ríos-Callao, Córdoba y Sánchez de Bustamante-Sánchez de Loria– es, fuera de los fundacionales Monserrat y San Nicolás, uno de los más antiguos barrios de la ciudad, pues su primer antecedente es un oratorio público puesto bajo la advocación de “Nuestra Señora de Valvanera”, creado en 1799 por fray Damián Pérez, procurador del Colegio de Propaganda Fide. Asimismo supo ser hasta bien entrado el siglo XIX su parroquia más extensa, pues abarcaba todo el territorio al oeste de la actual línea Entre Ríos-Callao hasta toparse con su similar de San José de Flores. Sufrió una primera partición en 1869 al crearse San Cristóbal, desgajándole el territorio comprendido entre Independencia, Boedo-Sáenz y el Riachuelo, y el crecimiento posterior de la ciudad hizo el resto hasta reducirla hasta sus actuales límites.
Pero, en el tiempo imaginario en que el cronista anda vagabundeando, Balvanera ya estaba totalmente urbanizada y en la esquina de San Luis y Pueyrredón se alzaba el café Garibotto, donde en la década de 1910 sentó sus reales Juan “Pacho” Maglio, que venía de actuar largo tiempo en el ya mencionado La Paloma, acompañado por José “Pepino” Bonano en el violín, Carlos “Hernani” Macchi en flauta y Luciano Ríos o Leopoldo Thompson en guitarra de siete cuerdas. Acá el lector estaría en todo su derecho de increpar al cronista: “— ¿Pero en todos lados estaba Pacho, caray? —. Y sí… no en todos lados, pero en esos primeros tiempos heroicos Maglio tocó casi en cuanto café, peringundín o lugar de mala fama tuviera un palquito para la “orquesta”, palquito que en más de una ocasión sólo constaba de unos cajones vacíos apilados. El cronista piensa a veces que Maglio está un poco olvidado y que en la radio sólo pasan, y de vez en cuando, su famoso tema Sábado inglés, pero la obra de difusión que hizo este músico no tiene parangón. Piense nada más el lector que, allá por la década de 1920, era habitual que cuando alguien iba a comprar un disco dijera simplemente “déme un Pacho” para medir la popularidad que llegó a alcanzar. Pero volviendo al Garibotto, si en La Paloma Maglio se quejaba por las ratas que pululaban entre las mesas, aquí también encontró la anécdota joco-seria: según refieren los hermanos Bates –primeros historiadores del tango que llegaron a entrevistar a muchos de sus primigenios protagonistas–, una noche irrumpió en el local la policía debido a una denuncia por juego ilegal –o sea timba de la pesada– y parroquianos, propietarios y músicos fueron a parar en dulce montón a la comisaría. La cosa fue debidamente aclarada, por medios forenses o “de los otros”, y a las pocas horas el local fue nuevamente habilitado, pero quiere la leyenda que Pacho aprovechó esas horas de calabozo para componer ¡Qué papelón!, seguramente inspirado por el trago amargo que acababa de sufrir.
A unas pocas cuadras, en Corrientes y Pueyrredón, se erguía por la misma época un antiguo reducto de payadores, el Almacén Suizo, o sea uno de esos establecimientos que a la “despensa” propiamente dicha sumaban un despacho de bebidas, herederos de las antiguas pulperías y germen de los posteriores cafés con orquesta, que el cronista ha glosado en anteriores entregas. Allá por 1908 actuaba en dicho Almacén un trío formado por Ernesto “el pibe” Ponzio en el violín, el morocho y ciego Eusebio Aspiazu en guitarra y Vicente “el tano” Pecci en flauta. Ponzio ya acreditaba por entonces, pese a su juventud, una larga carrera tanguera: nacido en 1885 en “la Tierra del Fuego” –o sea entre la Recoleta y la Penitanciaría Nacional– de padre napolitano y arpista y madre uruguaya, la temprana muerte del progenitor lo obligó a abandonar los estudios en el Conservatorio Williams y a ganar el pan familiar tocando y pasando el platito en cafés y cantinas. Según Juan Silbido (el periodista e historiador Emilio Juan Vattuone) habría compuesto su primer éxito, Don Juan, en 1898, estrenándolo en 1900 en la casa de bailes de Concepción “Mamita” Amaya de Lavalle 2177. Ponzio logró después renombre en los establecimientos de Palermo El Tambito y Hansen, haciendo dupla con el clarinetista Juan Carlos Bazán, en “lo de Laura” y en lo de María “la Vasca” Rangolla, de Carlos Calvo 2721, donde se codeó con Vicente Greco, Manuel Campoamor (el de La c…ara de la l…una) y, posiblemente, con Rosendo Mendizábal.
Parece que Ponzio tenía pocas pulgas, o que era bastante compadrito, pues en 1902 fue procesado por lesiones en Coronel Suárez y, en 1906, condenado a dos años por lesiones con arma de fuego. Lo cierto es que en enero de 1924, en un prostíbulo del barrio Pichincha de Rosario, mató de un balazo a otro concurrente y fue condenado a veinte años de cárcel con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado por registrar antecedentes, pena que sólo cumplió hasta 1928 cuando fue indultado. A pesar de todo esto, se había casado en 1906 con Adela Savino en Lanús Oeste, de donde era la niña, instalando el almacén “El Pibe”, luego trasladado y rebautizado “Los Paraísos”. En la década de 1930 formó la Orquesta Ponzio-Bazán, en la que formaron Vicente Pecci (flauta), “el Pardo” Alcorta (violín), José María “el Yepi” Bianchi (bandoneón) y el cieguito Aspiazu en la guitarra, orquesta que llegó a actuar en el Luna Park. También fue convocado por Pascual Carcavallo para actual en el teatro El Nacional, en la Orquesta de la Guardia Vieja junto a Bazán, Enrique Saborido, José Luis Padula, Luis Teisseire y otros viejos próceres. En eso estaba cuando, en 1934, falleció del mismo mal que su padre, de un aneurisma en el corazón. Curiosamente para un músico que trabajó tanto, no han quedado grabaciones propias ni en otras agrupaciones, pero podemos ver su estampa junto al “gordo” Bazán en la película Tango, donde aparecen tocando, con una orquestita, Don Juan.
El otro reducto insoslayable de Balvanera, más precisamente en el Abasto, fue el café O’Rondeman de los hermanos Traverso, en Humahuaca 2202, donde dio sus primeros pasos artísticos Carlos Gardel, pero el cronista ya ha hablado largo y tendido en anteriores números sobre este lugar legendario (noviembre y diciembre de 2012), por lo que pide disculpas al lector por la omisión y prosigue su camino hacia el Centro, deteniéndose quizá en algunos cafés de la Avenida de Mayo si es que el tranvía lo deja cerca. Pero ese… será otro callejeo.
por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)
mandinga.ruiz@gmail.com
Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 141, abril de 2014
http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2014/04/n-141-abril-2014.html
buenos aires/12
Barras bravas/9
Bar Oviedo, Lisandro de la Torre y Av. de los Corrales, Mataderos
Más info: https://cafecontado.com/2013/05/28/el-bar-oviedo-donde-la-pampa-se-funde-con-la-ciudad/
El Boliche de Roberto
Buenos Aires tuvo hasta avanzado el siglo XX varios almacenes con despacho de bebidas. Por lo general el almacén estaba en la esquina con ingreso por la ochava y en una pieza separa pero contigua, también con salida a la calle, estaba la barra donde se juntaban por la tarde los hombres (no estaba bien vista la mujer que frecuentara esos ambientes) a tomar alcohol y jugar a las cartas. Cuando la legislación se modificó, muchos terminaron derribando la pared que los separaba y ampliando el salón reconvirtiéndolo en grandes almacenes que luego derivaron en bares o restaurantes. Los hay y muchos. Y muy conocidos: el Bar de Cao, Miramar, Difei, etc. Pero existe un caso singular en Almagro. El almacén de la esquina cerró y cambió de rubro y quedó sólo el pequeño bar que con los años se convirtió en el Boliche de Roberto.
El Boliche de Roberto está en Bulnes 331, casi esquina Perón. En diagonal a la Plaza Almagro. Es uno de los Cafés Notables de Buenos Aires. Pero lo suyo es el bajofondo. Abrió en 1893 y se lo conocía como «La Casaquinta». Tenía palenque donde descansaban los caballos de los carreros que iban al Mercado de Abasto. Más tarde se lo llamó 12 de Octubre (es su nombre oficial). En 1960 Roberto con su hermano Jorge heredan el almacén-bar. Sigue leyendo
Reabrió la Richmond, pero ahora como local deportivo
«A tres años de su cierre, ayer reabrió la Richmond. Pero el local de Florida 468 ya no funciona como confitería: ahora es una tienda multimarca de indumentaria deportiva de la cadena Just for Sport. Como un reconocimiento a su historia, en la parte de atrás armaron una pequeña cafetería, con mobiliario original. Pero al menos ayer, pocos se detuvieron a tomar café…»
Lee la nota completa del Diario Clarín:
http://www.clarin.com/ciudades/Reabrio-Richmond-ahora-local-deportivo_0_1186081552.html



