Bar Roma. Abasto.

En 2013 escribí un artículo para mi blog a partir de un reportaje a Eduardo Galeano publicado en el diario La Nación. En éste el poeta afirmaba que, a diario, tomaba un café con Dios en el Brasilero de la capital uruguaya. Dios se apellidaba la camarera andaluza que atendía las mesas. Jugando con la singular observación de don Eduardo me atreví a decir, en ese entonces, que si en Montevideo se tomaba café con Dios en Buenos Aires se lo podía hacer con Jesús.

Jesús junto a su hermano Laudino, eran dos asturianos que se habían hecho cargo en 1951 del Bar Roma, abierto en 1923 como almacén-bar, en la esquina de Tomás de Anchorena y San Luis, del Abasto. El Roma del Abasto (porque existe un homónimo en La Boca) tiene una historia tan rica que, con los años, con justicia divina, se lo reconoció Bar Notable. Jesús ya no lo atiende, aunque sigue ocupando la misma mesa todos los días. Un grupo gastronómico tomó las riendas del Bar con un cuidado respeto por su historia y patrimonio barrial y Jesús, que sigue viviendo en la planta alta del edificio, mantiene su rutina de vida desde que llegó de España.

La ilustración es de cuando yo lo frecuentaba. Y el de la imagen es Jesús. Pasé muchas tardes-noches durante los huecos sin películas de la programación del BAFICI. Una noche de diluvio llegamos empapados con amigos luego de correr bajo la lluvia desde el shopping, sede del Festival. Nuestro aspecto daba lumpen. Andrajosos y desdichados. Jesús nos recibió como hermanos, se llevó nuestros abrigos a que se secaran cerca del horno, mientras nos calentaba comida y multiplicaba bebidas. Discutimos sobre cine, opinamos de directores y elegimos, a nuestro entender, los mejores guiones. Sin saberlo, estábamos siendo parte de una puesta que sólo la naturaleza era capaz de expresar con perfección suprema. Una bendición bañada con agua de lluvia. Estábamos interior/noche cobijados frente a la furia desatada en el exterior, rodeados de instituciones judías ortodoxas, en un bar llamado Roma y lo atendía Jesús. Una escena faraónica de la mejor película. Imposible ser más Buenos Aires.

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La Orquídea. Almagro.

En Buenos Aires Gardel está íntimamente vinculado con la barriada del Abasto y también con la Avenida Corrientes y el Obelisco. Sin embargo, más arriba en la numeración, a la altura del barrio de Almagro, el zorzal criollo dejó una huella profunda. La leyenda cuenta que cuando el funeral de Carlitos, la procesión, que había partido desde el Luna Park rumbo al descanso final en Chacarita, tuvo un alto fuera de protocolo en Almagro. Corría febrero de 1936. Al llegar el gentío a la intersección de Acuña de Figueroa (4100 de Corrientes) una muy humilde mujer, no muy agraciada, encorvada de angustias y vendedora de orquídeas, se paró frente a la masa deteniendo la caravana. El suceso sorprendió a todos hasta inmovilizarlos. La mujer andrajosa avanzó hasta el coche fúnebre para ofrendar sobre el ataúd sus orquídeas (flor que Gardel le regalaba siempre a su madre Berta). Se sabe en el barrio que un buen hombre conmovido por el gesto la ayudó a retirarse para permitir que el funeral continuase. Y tanto la protegió que la terminó desposando y dándole un hijo al que le pusieron Carlitos. La fuerza de la anécdota no concluye aún. Muchos años después el Mercado de Flores de la ciudad abrió en esta esquina. Y años más tarde el Café-Bar La Orquídea. Pero, hay más. “Almagro” es un tango de Vicente San Lorenzo y que Carlos Gardel cantó con genuino sentimiento y grabó como nadie. Las primeras estrofas rezaban: Cómo recuerdo, barrio querido, aquellos años de mi niñez… Nada es casual. Corrientes esquina Acuña de Figueroa está a la exacta altura de Don Bosco al 4100 (cuadras más abajo hacia el sur) y del Colegio Pío IX donde Gardel asistió de niño. Allí fue compañero de Ceferino Namuncurá y donde compuso su primer tango con letra del indio, pero esa es otra historia. Ésta cuenta que por los sucesos descriptos las almagrenses crearon la Orden de la Orquídea. Y que reconocer su liturgia barrial es fácil. Dense una vuelta por el Bar y toda mujer que vean en la esquina, en actitud desinteresada, en verdad, está esperando que pase un nuevo amor y le cambie su suerte.