Del Salón de Recreo al Jardín Florida

Siguiendo el viejo refrán “año nuevo, vida nueva”, el cronista comenzó enero cumpliendo una promesa que venía efectuando durante los dos largos años en que callejeó por la mayoría de los cafés de tango que alguna vez fueron. Y para entrar en tema, en la nota de enero reseñó brevemente las razones de la aparición de los primeros establecimientos que se podrían considerar precursores o antepasados de los cabarets y demás peringundines que por cerca de medio siglo ocuparon un importante lugar en la vida porteña, remitiendo la glosa de los mismos a la presente entrega, por lo que aquí va:

Carnaval en el Club del Progreso

Carnaval en el Club del Progreso

El 22 de marzo de 1856 se inauguró en Buenos Aires el primer local de una especie hasta entonces desconocida en la “gran aldea”, el Salón de Recreo, en la entonces calle De Representantes casi Victoria (hoy Perú e Hipólito Yrigoyen), “puerta contigua al Club del Progreso”, como decía su propaganda. Según los testimonios, era un amplio espacio cuadrado decorado al gusto de la época en el que ofrecían conciertos músicos locales de renombres, como Federico Espinosa, Dalmiro Costa, Miguel Hines, etc., y algunos extranjeros de gira en el país. El repertorio… la música que hoy llamamos clásica y muchos pasajes de ópera, que los concurrentes disfrutaban cómodamente sentados y bien provistos de café o refrescos que se adquirían en un sector del local. Pese al éxito de público, el diario El Nacional anunciaba, el 16 de marzo de 1858, que el Salón “va a ser cerrado en seguida por causas ignoradas, lo sentimos pues su empresario era un activo fomentador de los artistas noveles”. Y efectivamente, el 18 del mismo mes entornó sus puertas, pero reapareció el 14 de julio en una nueva ubicación, “Recoba Nueva 102”, o sea en la actual cuadra de Hipólito Yrigoyen que va de Defensa a Bolívar. Este modelo comercial pronto tuvo sus imitadores: en marzo de 1860 se inauguraba el Salón de las Delicias en Rivadavia 333 “frente a la Botica del Indio”, farmacia que ocupaba las puertas 306 al 310 y hoy corresponderían al 1054, 56 y 58 si existiera esta manzana demolida para la apertura de la Avenida 9 de Julio.

Teatro Victoria

Teatro Victoria

A las vistas diorámicas y los números musicales diarios, este salón agregó conciertos semanales “a pedido de unas niñas y de varios aficionados” a cargo de solistas y de una orquesta de diez músicos, con una entrada general de diez pesos y de cinco pesos “para los niños”. Vicente Gesualdo, cuya Historia de la música en la Argentina estamos siguiendo, cita un artículo de El Nacional del 11 de agosto de 1862, en el cual el cronista refiere que “No podrá quejarse el pueblo por falta de diversiones en los días festivos. Teatros, salones públicos, bailes, conciertos. La Victoria, El Colón, están concurridísimos. Los Salones de Recreo y Delicias con una concurrencia numerosa y escogida. En ellos se encuentra abrigo para librarse de la fría temperatura, consuelo en las melodías que Loreau en uno, y Espinosa en otro, arrancan para los afligidos y recreo en las excelentes vistas ópticas que están expuestas”. Buenos Aires quería diversión y estos establecimientos se multiplicaron: en 1865 se inauguró el Salón Nacional en Parque 271 (actual Lavalle al 800) y el 8 de septiembre del siguiente año el Jardín de Recreo del Pabellón Argentino “en la calle Defensa, frente a la quinta de Lezama”, que dirigido por un matrimonio francés de apellido Cheminard ofrecía comidas y refrescos, mientras conjuntos musicales amenizaban las tardes. Según parece, la guerra que se estaba librando contra Paraguay no afligía a los porteños, pues ese mismo año abren sus puertas el Café Filarmónico en Artes 179 (Carlos Pellegrini 273), que ofrecía funciones musicales entre las 19 y las 24 hs., y el Café y Jardín de la Bella Italia frente a la Convalecencia, lugar entonces alejado que pronto se transformó, precisamente a causa de esa guerra, en Hospital de Inválidos y años más tarde en el Hospital Guillermo Rawson. En un sitio también “fronterizo”, Palermo, se establecieron el 17 de marzo de 1867 los jardines llamados Campos Elíseos, que contaban con puentes, estanques, isletas adornadas, una glorieta circular con capacidad para 200 músicos y un salón cubierto para bailes y conciertos. En 1868 se produce la primera variante en la evolución de estos establecimientos, al aparecer la denominación específica de “café cantante”. Uno de ellos, cuyo nombre no ha quedado consignado, se anunciaba así en el diario La Tribuna del 18 de marzo de 1868: “En la calle de Cuyo 59 (Sarmiento entre las actuales San Martín y Florida) se ha abierto recién un magnífico café cantante, o mejor dicho un chiche de teatro, allí se encuentran las mejores bebidas que existen en el país. Por la noche se escuchan las mejores canciones por los artistas franceses que se separaron de la compañía del señor D’Hote por faltas al compromiso contraído en Francia (…)”. En Cangallo entre Florida y San Martín, por su parte, el café La Alhambra contaba con una pequeña orquesta que ejecutaba los bailes de moda y los mozos cantaban en un improvisado proscenio, y en Corrientes 87 el café Metropolitan Exchange ofrecía a sus clientes “grandes conciertos todas las noches”. Pero el más importante de estos recreos fue el Jardín La Florida, inaugurado en 1874 en Florida y Paraguay sobre una superficie de más de cuatro mil metros cuadrados, o sea más o menos media manzana, siendo uno sus propietarios Adolfo Bullrich, que en 1882 quedó como único dueño. La prensa de la época destaca sus jardines divididos en canteros, su gran pabellón, en cuyo centro se alzaba una fuente, con asientos que daban frente al palco y el sector lateral para servicio de restaurante. Hasta 1910, cuando fue demolido, ofreció conciertos y variedades aunque no para todos, pues una nota de El Pueblo Argentino del 23 de diciembre de 1879 consigna que “ha sido prohibido el ingreso de los negros en el Jardín Florida.

Exposición Rural en el Jardín de La Florida (1875)

Exposición Rural en el Jardín Florida (1875)

Recordemos, ya que estamos, que allí se realizó el histórico mitin del 1º de septiembre de 1889 en que los descontentos con el gobierno de Miguel Juárez Celman, acaudillados por Francisco Barroetaveña, Emilio Gouchón, Juan B. Justo, Marcelo T. de Alvear y muchos otros fundaron la Unión Cívica de la Juventud, bajo la orientación de Leandro Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Vicente Fidel López, Bernardo de Irigoyen y otros viejos tiburones. Hemos salteado adrede, en este recuento, al Alcazar Lyrique, inaugurado el 14 de agosto de 1868 en Victoria 197 (actual H. Yrigoyen 811) bajo la dirección de monsieur Cheri Labrocaire, por varias razones. Aparte de ser el primero en ofrecer espectáculos de opereta francesa y donde se bailó el can-can, podríamos decir que fue el primer reducto del que se adueñó la jeunesse dorée de la época, o sea hablando en buen criollo las patotas de niños bien que, amparados por su posición social o los cargos políticos de sus padres, no sabían divertirse sin cometer cuanta tropelía les viniera en gana, sabiendo que el comisario de la sección tendría vara larga con ellos… Y generacionalmente, estos niños bien serán los padres de aquellos otros que hacia el Centenario alborotarán las noches de Hansen, el Kiosquito o el Armenonville aunque con suerte diversa, pues la concurrencia se había democratizado y más de uno cayó ante algún advenedizo social -como Juan Carlos Argerich ante Cielito Traverso- con más fuerza en los puños o mejor manejo del cuchillo. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo N° 151, febrero 2015

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