Los cafés y el tango

cafe- inmortalesAndaba el cronista, en la entrega de julio, reseñando los cafés elegantes de principios del siglo XX y prometía, cerca del final, ocuparse de los cafés literarios que por esa época comenzaron a florecer en Buenos Aires. Pero repasando un poco sus archivos y la colección de Desde Boedo que piensa dejar para sus nietos cayó en la cuenta de que a lo largo de los años, desde 2010, había hablado largo y tendido tanto de La Helvética como del Aue’s Keller, de La Brasileña y de Los Inmortales (foto), del almacén de Piaggio y de varios otros tugurios de la cortada Carabelas donde sentaban sus reales Rubén Darío, Florencio Sánchez, Evaristo Carriego, José González Castillo y tantos otros literatos de esos tiempos. Así pues, se dijo que en realidad, si quería seguir el hilo cronológico que venía desarrollando, le tocaba evocar los primeros cafés y establecimientos donde si bien no nació, se desarrolló el tango.

No es propósito del cronista terciar en la disputa sobre el lugar de nacimiento de ese género musical, en la que tanto se ha argumentado en favor de uno u otro barrio. Jorge Luis Borges, que para algunas cosas era muy sagaz, decía en su “Historia del Tango” incluida como apéndice de su Evaristo Carriego: He conversado con José Saborido, autor de Felicia y de La Morocha, con Ernesto Poncio, autor de Don Juan, con los hermanos de Vicente Greco, autor de La viruta y La Tablada, con Nicolás Paredes, caudillo que fue de Palermo, y con algún payador de su relación (…) Interrogados sobre la procedencia del tango, la topografía y aun la geografía de sus informes era singularmente diversa: Saborido (que era oriental) prefirió una cuna montevideana, Poncio (que era del barrio del Retiro) optó por Buenos Aires y por su barrio; los porteños del Sur invocaron la calle Chile, los del Norte, la meretricia calle del Temple o la calle Junín (…)”. Seguramente habría que incluir en esta nómina a los Corrales, pero lo cierto es que a fines del siglo XIX los lugares citados eran los arrabales de una ciudad que –citando la feliz frase de Chico Novarro– iba “creciendo a gritos”. La aparición del tranvía en 1871 interconectó esos suburbios entre sí y con el Centro, permitiendo a la población una movilidad hasta entonces desconocida en una ciudad aún ecuestre, en la que las victorias de alquiler no estaban al alcance de todos los bolsillos y que, por otra parte, dejaba mucho que desear en cuanto al estado de sus calles, aun en pleno Centro.

Con esta inopinada ayuda, el nuevo género pronto se extendió por los incipientes barrios y recaló en las “academias” o “cafés de camareras” de San Cristóbal –Solís y Estados Unidos, Solís y Comercio, Pozos e Independencia– y San Nicolás, por 25 de Mayo, por Maipú, por Viamonte (“la meretricia calle del Temple” que cita Borges), por las inmediaciones del Parque de Artillería y por la calle Paraná, donde existían lugares non sanctos en los cuales tocaban desde mediados de los años Ochenta el violinista Casimiro Alcorta –quien habría compuesto allá por 1884 el tango Cara sucia, cuyo título original es irreproducible, luego recopilado por Francisco Canaro–, el violinista y guitarrista Eusebio Aspiazú y el flautista Vicente Pecci; en los famosos cafetines de la Boca; en el Bajo de la Batería; en los “clandestinos”, como el de Laura, en Paraguay y Centro América (hoy Pueyrredón), el de María la Vasca Rangolla, en Carlos Calvo 2721 –donde el moreno Rosendo Mendizábal estrenó El entrerriano allá por 1897 o 1898–, o el de Concepción Amaya (Mamita), en Lavalle 2177, donde habría hecho lo propio en 1900 Ernesto Ponzio, el pibe Ernesto, con su inaugural Don Juan, compuesto hacia 1898.

Cafe_de_HansenOtro rumbo, algo más presentable, fue el de los “Portones” de Palermo: el Belvedere, El Tambito, El Quiosquito, el Pabellón de las rosas o el paradigmático Hansen (foto) que no eran propiamente cafés, sino cervecerías o restaurantes donde las patotas de “niños bien” se entreveraban con compadritos y pesados con resultados muchas veces sangrientos. Fue en El Tambito donde “Cielito” Traverso mató de una puñalada, en 1901, a Juan Carlos “Vidalita” Argerich, amigo de Jorge Newbery, por una cuestión ocasional, según algunos, pasional, otros, y ese enfrentamiento que refleja Celedonio Flores en los primeros versos de Corrientes y Esmeralda perduraría hasta bien entrada la segunda década del siglo. Acotemos que este “Cielito” Traverso era uno de los hermanos –Yiyo, Constancio, Félix y el nombrado– propietarios del café O’Rondeman de Humahuaca y Agüero, frecuentado por el joven Carlos Gardel y que eran los caudillos roquistas del Abasto, como hemos relatado en el número de diciembre de 2012 de esta columna.

Algo alejados de estas turbulencias, florecían por la misma época, por el Centro y aledaños, asociaciones de inmigrantes, que además de su objetivo primordial de “socorros mutuos” también organizaban bailes y otras actividades recreativas. Para ceñirnos solamente al Centro citaremos la Societá Colonia Italiana de Socorros Mutuos, de Paraná 555; la Societá Lago di Como, de Cangallo 1756; la Sociedad Filantrópica Suiza, de Rodríguez Peña 254; la Societá L’Operaio Italiano, de Cuyo (hoy Sarmiento) 1374, con sucursal en Andes (hoy José Evaristo Uriburu) 1240; la sociedad Federal Suiza, de Florida 753; el Centro Eslava, de Suipacha 441; Codigos_BaileUnione e Benevolenza, de Cangallo 1358; la Sociedad La Argentina, de Rodríguez Peña 361 y el mítico Salón San Martín, de la misma calle al 344, que fuera conocido como “el Rodríguez Peña” y al que Vicente Greco dedicó en 1911 su famoso tango homónimo. Sobre el salón Rodríguez Peña refiere García Jiménez en Así nacieron los tangos que “(…) competía entonces, con ventaja, en cuanto a la afición tanguista con otros de asociaciones mutualistas constituidas por honestos súbditos de Víctor Manuel II y Alfonso XIII (…) Éstos se arrendaban a la heterogénea clase media del tango, en noches de entre semana o domingos a la tarde, porque los sábados estaban dedicados a las propias fiestas de las colectividades (…) Reinaba allí el tango sin cortapisas. El lugar era algo así como un término divisorio entre el remoto piringundín de La Tucumana, alumbrado a querosene y con el arroyo Maldonado atrás, y la coqueta casa de madame Jeanne, en la calle Maipú al norte, con moblaje Luis XV y cortinados de seda (…)”.

El lector disculpará la larga parrafada pero al cronista le parecía necesaria para delimitar la cuestión porque todos los lugares nombrados eran, fundamentalmente, lugares de baile, de sociabilidad y también de transacciones amorosas; pero el café con palco u orquesta que estaba naciendo por la misma época era otra cosa. Allí no iban los hombres a bailar, sino a escuchar tangos, a poner los cinco sentidos (y quizás algunos más) en la música que los conmovía, y con la que se sentían identificados, en un rito silente en la cual los músicos oficiaban un culto destinado a configurar la identidad de Buenos Aires y de los porteños. Así pues el cronista comenzará a reseñar los primeros cafés donde fue creciendo el tango, pero eso deberá ser… en el próximo callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 133, agosto de 2013

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Los cafés «elegantes»/2

hotel de londresLlegaba el cronista callejero, la semana pasada, al moderno y lujoso edificio donde se encuentra la redacción de Desde Boedo cuando, al doblar la esquina, vio frente al mismo una vociferante turbamulta que parecía bastante enojada. Como en estas circunstancias toda prudencia es poca, el cronista se levantó las solapas del sobretodo y se caló bien el sombrero mientras se acercaba al epicentro de la manifestación. Y lo bien que hizo, a la luz de los sucesos que iban a desencadenarse. Sobre una vereda un enorme cartel rezaba “andá a estudiar Historia, chichipío”, sostenido por unos robustos morochos entre los que se destacaba, por su tamaño y su facha lombrosiana, uno que tocaba con fervor el bombo. Mientras tanto, sobre el otro lado de la calle una horda de elegantes señoras –entre las que le pareció divisar a la misma señora esposa del Director del periódico– portaba pancartas con leyendas tales como “¿Y la París, qué?”, “El Molino no se rinde”, “No discriminen a la Richmond” y lindezas semejantes. Como el cronista ya está ducho en estas lides, hábilmente se infiltró en el primer cotarro y entabló conversación con el morocho del bombo que, entre mazazo y mazazo, mordisqueaba un enorme choripán: “— ¿Qué pasa, jefe, les adeudan salarios?—” le preguntó el cronista, haciéndose el desentendido. “— ¡Má qué salario ni salario!—” le replicó el energúmeno, “— Lo que pasa es que en este pasquín escribe un salame que cree que puede poner cualquier cosa y que lo letore somo tarado—”. “— Pero mire usted—” siguió, ya inquieto, el cronista. “— ¿Y se puede saber qué escribió?—”. “—¡Sí señó! Mire si será bestia que puso que enfrente del café La Sonámbula estaba el antiguo Teatro Colón, cuando todo el mundo sabe que en 1889 el edificio se reformó y pasó a ser ocupado por el Banco Nacional, mientras que el Hotel de Londres, donde funcionaba el café, se construyó en 1896…—”. “ ¡Uy Dió, la cosa va conmigo!” se dijo el cronista contagiado de la verba popular y, pensando en su integridad física, prefirió no acercarse al grupo de señoras elegantes –que se veían aún más peligrosas– emprendiendo una sigilosa pero veloz retirada.

Ya a salvo en un café cercano el cronista pidió un café y el último número del periódico al mozo y, al leer su última crónica, comprobó que el del bombo tenía razón: llevado por el entusiasmo y su enfebrecida pluma, se le había escapado el gazapo… “Bueno, saco una fe de erratas y listo”, se tranquilizó a sí mismo. “Pero ¿y esas señoras a las que sólo les faltaban las cacerolas?” se preguntó, sintiendo la fría hiel de la incomprensión del público lector, “¿no sabían acaso que el espacio de la columna es limitado y que se las veía en figurillas para hacer entrar en la pauta todo lo posible?”. En fin, valga la aclaración para el señor del bombo –al que le parece haber visto por el Bajo Flores– y para las empingorotadas señoras va lo que sigue.

En realidad el cronista registra un Café de París y una Confitería de París, sin haber podido averiguar si existe continuidad entre ambas. El primero se levantó en el último tercio del siglo XIX en Perón entre San Martín y Florida. Su salón presenció saraos y banquetes como uno celebrado el 1º de mayo de 1889, con motivo del tercer aniversario de la Revista Nacional, donde su joven Director Adolfo P. Carranza planteó a los brindis la necesidad de fundar un Museo Histórico. La idea fue bien recibida y seguramente encarnaba un espíritu de época, pues el siguiente 24 de mayo el intendente Francisco Seeber creaba una Comisión de Notables para que “proyecten la organización del Museo Histórico de la Capital y lo instalen provisoriamente”. En cuanto a la segunda, en 1916 Pedro Vercesi encomendó al arquitecto Francisco Gianotti la construcción de un local en la esquina noroeste de Libertad y Marcelo T. de Alvear, que al siguiente año fue inaugurado como “Confitería París” y que, si bien fue demolida, es la que recuerdan aún muchos porteños. A tal punto era bacana en sus primeros tiempos que la inauguración  según cuenta Jorge Bossio– contó con el auspicio de la Sociedad del Divino Rostro, que presidía Angiolina Astengo de Mitre, consistiendo en una cena a beneficio de dicha institución. Sin embargo el cronista cree que dicha Confitería era más antigua, dado que existe registro gráfico de la misma en 1906, por lo que presume que lo que hizo Vercesi en 1916 fue construir un nuevo local, a todo trapo, en el mismo predio del antiguo.

molino0000Ahora bien, los porteños tenemos una importante deuda con este arquitecto cuyo nombre completo era Francesco Teresio Gianotti. Nacido en un pueblo cercano a Turín en 1881, arribó a nuestro país en 1909, donde colaboró con Mario Palanti en el diseño del Pabellón de Italia para la Exposición Internacional del Centenario y en 1915 realizó una de sus mayores obras, la Galería Güemes hoy restaurada en su esplendor original. Pero entre su abundante y larga obra (falleció en 1967) nos interesa, para esta evocación cafeteril, otro local que si bien subsiste como edificio está cerrado desde 1997: la Confitería del Molino. A mediados del siglo XIX, cuando la actual Plaza de los Dos Congresos era todavía un lugar medio despoblado, Constantino Rossi y Cayetano Brenna instalaron la Confitería del Centro, con especialidad en pan dulce, en las actuales Rivadavia y Rodríguez Peña, negocio que al instalarse en las cercanías un molino harinero –el Lorea– cambió su denominación por la de Antigua Confitería del Molino. En 1905 la firma se trasladó a un local frente al Congreso Nacional entonces en construcción y, tras la remodelación de la Plaza y su entorno, los propietarios decidieron erigir un nuevo edificio en sociedad con la familia Rocatagliatta unificando dos propiedades, una sobre Callao 32, adquirida en 1909, y la otra en Rivadavia 1815, comprada en 1911. La primera constaba de planta baja y cinco pisos, que Gianotti remodeló y unificó con un nuevo edificio construido en el segundo solar, configurándose así la Nueva Confitería del Molino que, con su característica torre, fue inaugurada en 1917 y pronto se convirtió en la preferida de los parlamentarios, del ambiente artístico y de las personalidades que visitaban nuestro país. Durante el golpe de estado de 1930 sufrió un incendio, debiendo ser reconstruida, y en 1978 el entonces propietario vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo que al poco tiempo se declaró en quiebra. Los descendientes de Cayetano Brenna compraron el negocio y pudieron mantenerlo hasta el 24 de enero de 1997 cuando cerró sus puertas, al menos hasta hoy día…

El cronista callejero, a esta altura, se siente un poco más tranquilo en cuanto al reclamo de las enfervorecidas señoras que reclamaban frente al periódico: por lo menos ya pueden bajar dos pancartas. En cuanto a la Richmond, tengan paciencia, porque en la próxima entrega comenzará a reseñar aquellos cafés que fueron sede de la bohemia literaria y teatral. Como el cronista siempre dice: “ese… será otro callejeo”.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 132, julio de 2013

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De la pulpería al almacén y despacho de bebidas

Puente AlsinaAnda el cronista, en sus últimos callejeos, recorriendo el linaje de los cafés de Buenos Aires y, como no podía ser de otra forma, en la entrega de abril mencionó las pulperías haciendo especial mención a varias ubicadas en los barrios del Sur: Barracas, Pompeya, Parque Patricios… Como suele suceder, no faltó un buey corneta que saliera a reprocharle que se ciñera a ese espacio geográfico, con el irrebatible argumento de que pulperías hubo por los cuatro rumbos de la ciudad y sus aledaños. Y no deja de tener cierta razón, porque por el viejo Camino Real (hoy Rivadavia), por el camino a los Montes Grandes (hoy Cabildo-Maipú-Centenario), y por otros accesos a la entonces Gran Aldea existieron estos comercios. Pero el cronista percibe que las que dejaron mayor memoria fueron las que estuvieron camino a los sucesivos mataderos de la ciudad, quizá por haber perdurado más cerca de nuestro tiempo. Primero en las inmediaciones de Constitución, más o menos en la manzana truncada por la autopista que enfrenta a la Casa Cuna; más tarde en la actual Plaza España y, entre 1871 y 1901, en Parque Patricios, el ganado llegaba al matadero desde el sur por los puentes de Barracas y Alsina y, desde el oeste, por la hoy avenida Cruz en arreos de larguísimas jornadas, tanto como las de las tropas de carretas que llegaban hasta Miserere, el Alto de San Pedro o la misma Plaza Constitución. Los hombres que desempeñaban estos duros oficios buscaban descanso y solaz antes de regresar a sus pagos y allí estaba la pulpería para tomar unas ginebras, comprar algún regalo para la “prenda” o la familia o perder lo ganado jugando al monte criollo o haciendo unos tiritos de taba.

corrales-viejos-parque-patrCon el tiempo, este grupo humano de origen rural y estadía eventual fue sobrepasado en número por una población estable que se fue generando alrededor del matadero, conchabado en el mismo o en las empresas subsidiarias: seberías, tenerías, molinos de huesos, triperías, etc. Parque Patricios fue en sus comienzos sólo un par de cuadras de la calle Rioja, y –como alguna vez el cronista ha comentado– Pompeya es hija de la curtiembre de Abraham Luppi, que primero estuvo frente a la Plaza España y, al mudarse los corrales, los acompañó unas cuadras al sur. Lo mismo puede decirse de Mataderos, cuyo florecimiento empezó en 1901 con el nuevo traslado y la consecuente mudanza de las empresas satélite. Así, la ciudad fue avanzando sobre sus orillas y desplazando al elemento rural, el ahora vecino se fue “urbanizando” y gran parte de sus hábitos y costumbres se fueron modificando. Los palenques fueron poco a poco desapareciendo, primero del Centro y luego de los barrios, y las antiguas pulperías dejaron de tener en sus inventarios monturas, arreos y multitud de efectos vinculados a la vida ecuestre. Algunas desaparecieron, otras se transformaron –muy poco, en realidad– en almacén y despacho de bebidas como La Banderita de Barracas, o la de los hermanos Brenta situada en la esquina noroeste de México y Boedo, que por muchos años mantuvo las riñas de gallos y las frecuentes reuniones de guitarreros y cantores. En el mismo extremo de Almagro, en la esquina nordeste de Artes y Oficios (actual Quintino Bocayuva) y Venezuela, persistía hasta bien entrado el Centenario el almacén, bar y cancha de bochas El Pasatiempo, otro punto de reunión de payadores donde jugaba como local José Bettinoti, quien vivía apenas a media cuadra.

El “almacén y bar” fue entonces, y por muchos años, el centro de sociabilidad de los pueblos y barrios hasta el advenimiento del “café” a secas –el “cafetín” de Discépolo u Homero Expósito– en sus múltiples variantes, pero algunos perduraron en la zona céntrica, quizá como resto de la primitiva pulpería. El cronista sólo quiere citar aquellos que conoció personalmente y, seguramente, también el lector: 20130920_160515La Embajada, hoy bar notable, abrió hasta no hace muchos años la persiana de su “almacén de ultramarinos” en la esquina noreste de Santiago del Estero e Hipólito Yrigoyen; lo mismo puede decirse del Almacén y Bar de Piaggio, famoso por su jamón crudo y serrano, situado en el ángulo noroeste de Esmeralda y Sarmiento, éste con el plus de que en su “borrachería”, sobre Esmeralda hacia Corrientes, sentaba sus reales hacia el Centenario José González Castillo como cabeza de una peña de gente de teatro que historió Arturo Lagorio en su Cronicón de un almacén literario.

Un caso tristísimo para el cronista es el de un almacén que frecuentaba y cuyo nombre, si es que lo tenía, no puede recordar. Ubicado en la esquina noroeste de Caseros y Perú, con el despacho de bebidas sobre la primera, sus muros de una vara de ancho traslucían una antigüedad que el arquitecto Peña dató alrededor de 1840, y en el patio interno que era necesario cruzar para usar los –digámoslo con piedad– sanitarios, aún se podían apreciar las ruinas de una cancha de bochas. Era propiedad de un matrimonio muy anciano que a fines de la década de 1990, seguramente ya cansado y sin hijos que quisieran seguir con el sufrido negocio, decidió vender. Ubicado a tan sólo una cuadra del Área de Protección Histórica, fue barrido por la piqueta y en su lugar se alza un edificio de propiedad horizontal de incomparable fealdad, más en una avenida como Caseros que a esa altura se destaca por la homogeneidad de sus antiguas y nobles construcciones que algunas empresas con más aprecio al patrimonio, o sentido comercial, están restaurando y revalorizando.

viva boedoAl cronista se le pianta un lagrimón, pero no puede cerrar esta nota sin referirse al barrio que da nombre al pasquín en que escribe. Boedo se pobló recién a fines del siglo XIX, en un avance lento pero seguro desde Almagro y San Cristóbal y, a pesar de haber sido la avenida epónima camino de tropas, tanto como la avenida La Plata, no parece haber registrado la evolución de la pulpería en almacén–bar, salvo en los mencionados casos de El Pasatiempo o de Brenta. El progreso llegó impetuoso, entre 1890 y 1910 la edificación ya cubría prácticamente la totalidad de su perímetro y sus zonas comerciales ya se habían establecido con su configuración actual, por lo que Boedo tuvo bares, cafés, fondas y pizzerías desde sus orígenes. Quizá el almacén de José Arata, que aparece en la Guía Kraft de 1895 en la esquina con Europa (Carlos Calvo), haya contado con despacho de bebidas; más seguro es el caso del Almacén de Pérez y Posse, luego Rotisería y Bar El Sol, luego Sol Di Napoli, luego Malevo y actualmente Miño de San Juan 3594, con su extensa fachada sobre Boedo. También es muy posible que el almacén y fonda de Los Vascos, en el ángulo sudoeste de Independencia y Boedo donde luego se establecieron las tiendas Dell’Acqua, fungiese como despacho de bebidas dado que tenía canchas de bochas y paleta, para no mencionar la legendaria afición y resistencia de los hijos de Euzkadi con respecto a las bebidas espirituosas…

Pero al hablar de Boedo el cronista no puede olvidar un almacén y bar cuyo nombre se ha perdido, ubicado en San Juan y Loria y enfrentado con el Café del carpintero que cobijó los sueños juveniles de tres muchachos del barrio que darían forma a su leyenda –Homero Manzi, Cátulo Castillo y Julián Centeya– y vivirían la época dorada de los cafés porteños. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 130, mayo de 2013

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De viejas pulperías

Andaba el cronista, en su último callejeo, comentando su pasión de “coleccionista de cafés” y, remontándose en el tiempo, hacía un repaso por los primeros establecimientos de ese tipo que hubo en Buenos Aires a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Pero también esbozaba una genealogía más popular que, partiendo de las pulperías y pasando por los almacenes con despacho de bebidas, llegaba a nuestros cafés de barrio. 20130503_154538Lugares, es cierto, en los que lo menos que se tomaba era esa infusión, pero en los cuales el “pueblo menudo” encontraba un lugar de sociabilidad, jugaba a los naipes o a los gallos, departía con vecinos o extraños o, en ocasiones, disfrutaba de una payada. El cronista no quiere terciar en la etimología del término, que bastante polémica ha causado, que si viene de la bebida mexicana “pulque”, o de “pulpa” de carne (como aún llaman los uruguayos al vacío), o menos aún de un “pulpo” que poco se consumía en estos pagos, pero sí comentaba que hay registros muy antiguos de este comercio –actas de los Cabildos, órdenes de los Virreyes, etc.– con múltiples reglamentos y prohibiciones. Y la cosa, en realidad, no era para menos, porque estas pulperías eran pieza fundamental en la comercialización del contrabando que ejercían con entusiasmo los porteños de entonces, y en aquellas que estaban en la campaña, o en zona de frontera con el indio, en el intercambio de productos por cueros obtenidos en los malones o el cuatrerismo. Rosas la tenía muy clara en su política de zanahoria y garrote con las parcialidades indígenas: regalos y comercio para atraerlas y garantizar la paz, y si no, las indisponía unas contra otras o, directamente, las reducía por la fuerza. No por casualidad uno de sus más eficientes colaboradores, Vicente González –conocido como el carancho del Monte– era, precisamente, pulpero.

BACLE03Pero no era intención del cronista referirse a las pulperías de campaña, sino a aquellas que estuvieron más o menos dentro del ejido urbano o en las vías de acceso al mismo, algunas en lugares hoy tan céntricos como Venezuela y Perú –la Pulpería del Poste Blanco–, cuyo nombre el cronista presume que se debía al color del grueso poste esquinero que en estos comercios actuaba como soporte de los dinteles de las puertas que solían dar a dos calles. Ahí está una litografía de Bacle que lo ilustra, con el despacho de bebidas en la esquina y en otra puerta, sobre una calle, el de mercaderías. Pero aquellas que más han perdurado en la historia o el recuerdo estuvieron en esas zonas en que la ciudad empezaba a ser campo, paso obligado de las carretas hacia las plazas en que se concentraban –los Corrales de Miserere, el Alto de San Pedro, la Plaza Constitución– o de las tropas de ganado que eran arriadas hacia el matadero. En el viejo Camino Real, conocido en la época de Rosas como Federación y hoy avenida Rivadavia, el inmigrante genovés Nicolás Vila instaló su casa y negocio en 1821 en la esquina oeste del cruce con Emilio Mitre, y por el motivo de su veleta fue conocida como la Pulpería del Caballito. Y más cerca de Miserere, en la esquina también oeste con Matheu, vivió y ejerció el negocio Leandro Antonio Alen; allí nacieron su hijo de igual nombre y su nieto Hipólito Yrigoyen, futuros caudillos del Radicalismo.

Hacia el sur, la Calle Larga de Barracas, hoy avenida Montes de Oca, es recordada por aquella “pulpera de Santa Lucía” que se fugó con un payador unitario y evocó Héctor Pedro Blomberg, pero en su traza supo albergar a dos de las más renombradas pulperías de la segunda mitad del siglo XIX: Las Tres Esquinas, en el cruce con Osvaldo Cruz (ver publicación https://cafecontado.com/2013/09/16/nieblas-del-riachuelo/) , y La Banderita en la esquina noroeste de Suárez. La primera dio nombre al barrio –o por lo menos lo popularizó– al que más tarde le cantó Enrique Cadícamo, y en la segunda hizo sus primeros pininos artísticos el joven Ángel Villoldo cuando trabajaba como cuarteador en la barranca frente a la actual Casa Cuna. Ambas eran famosas por las carreras cuadreras que se realizaban en los días festivos, de una hasta la otra o, en el caso de La Banderita, en el tramo que iba desde Montes de Oca hasta el terraplén del Ferrocarril del Sur.

Pero si hablamos de cuadreras, debemos referirnos a una de las pulperías más famosas, la de Gades, ubicada en la esquina suroeste de las actuales Loria y Chiclana, conocida como “la esquina de los corredores”. Emplazada a corta distancia del matadero –los “Corrales” que dieron su primer nombre al barrio– era punto obligado de reunión de arrieros, matarifes y toda una población que vivían de las industrias subsidiarias: seberías, acopiadores de cueros, etc., y desde su esquina se corría el tiro hasta el “camino de los güesos”, actual Boedo. Por otro camino de tropas, la hoy avenida Corrales, al llegar al Camino de Gowland –hoy avenida La Plata– se encontraba la Pulpería de María Adelia que, según cuenta el historiador Jorge Bossio en su recordado libro Los cafés de Buenos Aires: reportaje a la nostalgia, fue improvisado hospital de sangre durante los combates de 1880, cuando “aquella chusma valerosa de los Corrales” –al decir de Borges– se enfrentó al Ejército nacional en una última compadrada que no pudo impedir la federalización de la ciudad y el triunfo electoral de Julio A. Roca.

la blanqueadaEl cronista supone, no lo sabe de cierto, que en esas jornadas sangrientas también se deben haber visto envueltos otros dos establecimientos ubicados en pleno campo de batalla: La Blanqueada, en la esquina suroeste de las actuales Sáenz y Francisco Rabanal, y otra cuyo nombre no ha llegado a nuestros días, en similar esquina de la calle Arena y el “callejón de las quintas”, hoy Almafuerte y Caseros. La primera fue evocada por el historiador y nativista Justo P. Sáenz (h.) como parada obligada de los viajeros y troperos que cruzaban el Puente Alsina para tomar una caña o en su caso, dados sus cortos años, una “gaseosa de bolita”, lo que denota la transformación de la antigua pulpería en despacho de bebidas. A fines de la década de 1890 La Blanqueada ya no existía, se había transformado en una chanchería que giraba bajo el nombre de Bautista Selles y Cía.; años después el boliche volvió por sus fueros y la esquina volvió a su antigua condición para, finalmente, transformarse en pizzería… Sin embargo, en sus tiempos de gloria supo ser reducto de payadores –tanto como el Café de los Angelitos que originó esta serie de notas– y en su salón cantaron o pararon Gabino Ezeyza, José Higinio Cazón, Ambrosio Ríos y un joven vecino de Almagro llamado José Betinotti, grupo que también sentó sus reales en la ya citada esquina de Almafuerte y Caseros donde, pocos años después, también cantó alguna que otra vez Carlos Gardel. Con los años, la vieja pulpería se transformó en el Café El Parque (no confundir con su homónimo de Caseros y Rioja), hito durante décadas de los vecinos de Parque Patricios. Allá por fines de los años 1970 el café, y los negocios aledaños que compartían el predio, un kiosco y una peluquería, cerraron y fueron tapiados debido a un arduo conflicto sucesorio que demoró –si al cronista no le falla la memoria– unas dos décadas. Hoy en la antigua esquina se alza nuevamente un café al uso moderno, es decir medio pizzería, con esa decoración modernosa y fría, despersonalizada, que va invadiendo nuestros antiguos boliches. Hasta el nombre El Parque perdió, pero al menos sigue fiel a su origen y vocación primera, no como la bravía y ecuestre esquina de los corredores, que hoy es una gomería. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 129, abril de 2013

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El coleccionista de cafés

Se lamentaba el cronista, en el callejeo del mes pasado, de la desaparición de tantos cafés de Buenos Aires. La cosa había empezado a raíz de la consulta de un amigo en cuanto a la posibilidad de probar “documentalmente” ciertos aspectos de la historia popular, como la concurrencia de tal o cual personalidad a alguno de esos locales más allá de la tradición oral… Y el cronista pensaba en voz alta que con la piqueta, el cambio de firma o de ramo, seguramente se perdieron muchos testimonios que no fueron apreciados en su valor por los demoledores o los nuevos dueños y terminaron en la basura: fotografías, dedicatorias, los propios libros comerciales de los cafés con orquesta, donde deberían haber constado los pagos a los músicos… En muchos casos se trató de una doble pérdida, ya que a los personajes y hechos que en ellos habían sido (lo que se llama patrimonio inmaterial o intangible) se añadían valores materiales. El viejo Café de los Angelitos era prácticamente un galpón, cuatro paredes con un techo de chapas, como lo han sido tantos, pero la confitería Richmond, centro de peñas literarias de la década de 1920 y del grupo de Florida, sumaba su arquitectura, su decoración, su mobiliario, todo lo que constituía su “espíritu”. Lo mismo podríamos decir de las confiterías del Águila, del Molino o de la París de Libertad y Marcelo T. de Alvear, para hablar de las más “paquetas”. confiteria paris 1906Un progreso mal entendido, intereses inmobiliarios o comerciales o simplemente eso que se llama “la moda” los fueron arrasando, o modificándolos hasta hacerlos irreconocibles. El cronista frecuentó durante años el bar Gardel de Independencia y Entre Ríos, viejo reducto de puesteros del Mercado San Cristóbal convertido en uno de esos cafés hechos en serie, con los mismos dorados, revestimientos y helechos, amén de una figura en cartapesta del Mudo que dan ganas de salir corriendo, y no puede menos de evocar el tango del “Cacho” Oscar Valles cuando decía: “y hasta el bodegón, bronca con razón,/ pues de restaurant lo han disfrazado…” (El Progreso, 1965).

Pero el cronista no se quiere poner “tanguero” porque piensa que al fin y al cabo la gastronómica es una actividad totalmente comercial y qué se puede esperar en cuanto a la preservación de los valores históricos y culturales que puede llevar aneja cuando en esta bendita ciudad se han demolido teatros de la noche a la mañana… Así que prefiere dedicarse al hobby que comparte con destacadas personalidades como Adolfo Bioy Casares: coleccionar cafés. ¿Que cómo es esto? Pues muy simple, se basa en una impenitente frecuentación de bares, estaños, borracherías, almacenes–bar y otros peringundines a lo largo de la vida. El coleccionista de cafés, a diferencia de tantos otros, no desea la propiedad del objeto coleccionado ni su exclusividad; le basta con poseer su conocimiento o su recuerdo, con visitarlo o haberlo visitado, con poseer su secreto o compartirlo. Si usted escucha a dos parroquianos una conversación más o menos como ésta: “—En Belgrano y Alsina de Avellaneda, al lado del comité radical, había un almacén y bar que se llamaba La Facultad, que hacía unos sánguches de cantimpalo que se la debo. —Ah, sí, el de los gallegos… Tenían un cuartito sobre Belgrano donde guardaban las cajas de bebidas que se convertía en ‘reservado’ para los amigos, y en mesa de juego por las noches—”, pues no lo dude, está en presencia de dos “coleccionistas de cafés”.

etiopia¿Y de dónde y cuándo nos vienen el café y los cafés? Más allá de las leyendas, más o menos coherentes y más o menos poéticas, se sabe que su origen es Etiopía y que, a través de los árabes primero y de los turcos luego, llegó a Europa a principios del siglo XVII, donde comenzó a ser consumido como medicina por las clases altas. Pero pronto se popularizó y a mediados del mismo siglo era vendido en las calles de Italia por los vendedores ambulantes de limonada, chocolate y licores, en 1683 se abrió la primera cafetería en Venecia y en 1686 el siciliano Francesco Procopio Dei Coltelli abrió el Café que aún lleva su nombre afrancesado –Procope– frente a la Comedia Francesa, en el corazón de París; allí la bebida se suavizó, en lugar de hervirlo “a la turca” comenzó a prepararse en infusión y luego se le agregó leche. La costumbre se extendió a Londres y a toda Europa y las cafeterías rivalizaron con las tabernas, con el beneficio de una disminución en el consumo de alcohol y, quizá por primera vez, permitiendo el acceso de mujeres en condiciones de igualdad con los demás parroquianos. cafe-marcos-ilustracion-morenoEstos establecimientos se convirtieron en nuevos ámbitos de sociabilidad, más refinados y propensos a la actividad intelectual de ese Siglo de las Luces, y en sus salones se incubó la Revolución Francesa tanto como la de Mayo fue gestada en el Café de Marco de Bolívar y Alsina (denominaciones actuales), o el Café de la Comedia de Reconquista y Cangallo, donde los jóvenes patriotas alternaban las arengas revolucionarias con las partidas de billar mientras en la Fonda de los Tres Reyes (25 de Mayo entre Rivadavia y Bartolomé Mitre) rumiaban su bronca los realistas.

Pero los actuales cafés de Buenos Aires agregan a esta genealogía otra vertiente que se explica en su proceso de crecimiento de aldea a gran ciudad, una rama más popular que frecuentaban los grupos sociales a medio camino entre lo urbano y lo rural: las pulperías y almacenes. Porque no se crea que las pulperías eran establecimientos propios solamente de campo afuera o de localidades del Interior: las actas del Cabildo y la legislación de época dan cuenta de su existencia desde principios del siglo XVIII, con múltiples advertencias para los propietarios, desde qué géneros podían vender y a qué precios hasta la prohibición ser atendidas por negros o negras o la reglamentación de juegos de naipes o dados. Su condición de punto de reunión popular las convertían en objeto de cuidadosa atención policial, de lo cual dan testimonio los archivos judiciales que constituyen una fuente maravillosa de información para los actuales historiadores que estudian las formas de sociabilidad de las clases subalternas, esas olvidadas por la “gran Historia”, con lo que volvemos al origen de estas notas, en cuanto a si la historia popular puede ser basada en documentos. Y sí, documentos existen, pero gran parte de ellos está basada en la óptica de las clases propietarias; si nos pusiéramos foucaultianos, podríamos decir que esos papeles reflejan la mirada del Poder.

Pero volviendo a lo nuestro, de esas pulperías urbanas descienden los almacenes con despacho de bebidas que fueron acompañando a la ciudad en su crecimiento, desde el antiguo casco fundacional hacia las chacras,  potreros y bañados que fueron convirtiéndose en los modernos barrios porteños hasta llegar al día de hoy, donde prácticamente cada cuadra de Buenos Aires cuenta con un café o bar, algo que maravilla a los turistas y a lo que nosotros, los porteños, no damos la debida importancia porque es nuestro paisaje cotidiano. Pero esa evolución, desde la pulpería hasta el café de esquina… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 128, marzo de 2013:

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