Sentirse en casa, por Roberto Fontanarrosa

la mesa Alberto Gentilcore

Ph: Alberto Gentilcore para Página/12 – Rosario

Me gusta ir al café porque ahí nunca se habla de cosas importantes. Siempre de pavadas. O, digamos, si uno tiene algo importante que hablar con un amigo (un problema de guita, un asunto de mujeres) se va con este amigo a otra mesa y ahí lo arregla. Cosa de no perturbar la liviandad del grupo. Al menos, siempre ha sido así la cosa en la “Mesa de los Galanes”, tanto en “El Cairo” como en “La Sede”, el paradero actual, el fondeadero. Entonces, usted termina de trabajar y está cansado. Cansado, fundamentalmente, de prestar atención. Porque, convengamos, ninguno de mis amigos de “El Cairo”, han sido de ir a hombrear bolsas al puerto. Lo que cansa, he comprobado, es prestar atención. Y usted debe prestar atención si está haciendo un balance, un dibujo, una factura o un plano. Y eso cansa. Como hablar con alguien a quien usted no conoce mucho y, por eso mismo, no puede permitirse la libertad de bostezar en medio de la charla, o quedarse mirando como un idiota por la ventana hacia la calle. Por lo tanto, llega al boliche y quiere relajarse. Hablar pavadas, eso mismo. Me considero un defensor del “ocio no creativo”, el ocio inútil, por el ocio mismo. El ocio ocioso. No entiendo porqué el ocio también debe ser utilitario.
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