Cafés del centro/2 – La calle Corrientes

Iglesia San Nicolás de Bari

Iglesia San Nicolás de Bari

El cronista comenzó, en el último número, su callejeo cafeteril por Corrientes y al llegar al cruce con Carlos Pellegrini advertía al sufrido lector que la siguiente era una zona de contrastes. Cuando “la calle que nunca duerme” aún era angosta y no se habían abierto la 9 de Julio y las diagonales, en la esquina noroeste de dicho cruce se alzaba la antigua iglesia de San Nicolás de Bari. Con frente a Pellegrini, donde una pequeña plazoleta oficiaba de atrio, su nave se extendía 39 metros a lo largo de Corrientes, pero el terreno tenía tan sólo ocho metros de ancho -un lote común de diez varas- por lo que sólo contaba con una nave corrida y dos capillas laterales; en fin, que era un edificio modesto, como los que se construyeron en el siglo XVIII. Recién en 1881 se había pavimentado su atrio y, en 1903, los arquitectos Arturo Prims y Mariano Cardoso habían reformado su fachada, elevado su torre y mejorado su decoración interna. Por eso es que si el amable lector busca fotos del templo -en Internet, en algún archivo fotográfico o en algún cajón del abuelito- se va a encontrar con dos fachadas bastante distintas…

La Iglesia San Nicolás de Bari en el lugar del Obelisco. Ensanche calle Corrientes.

La Iglesia San Nicolás de Bari en el lugar del Obelisco. Ensanche calle Corrientes.

Lo cierto es que había sido construida por un comerciante vasco, Domingo de Acassuso, quien también había efectuado la donación del templo de San Isidro Labrador en los llamados Montes Grandes, al norte de la ciudad, fundación que dio origen a la actual ciudad y municipio que llevan el nombre del santo. Ahora bien, el cronista comentaba que la zona que rodeaba al templo no era muy sancta, existiendo diversos cafetines y lugares de diversión. Quizá su pecado de origen fuese que su construcción fue financiada con la venta de 160 esclavos al Perú que realizó don Acassuso, pero el cronista piensa que de otra forma lo pagó ese señorón porque en 1727, mientras inspeccionaba las obras casi terminadas, se cayó de un andamio y se fue a arreglar cuentas con Dios.

Café Nacional - Corrientes y Cerrito

Café Nacional – Corrientes y Cerrito

Fuera ahora de bromas, lo real es que la zona donde se instaló San Nicolás era un barrio de las afueras y de muy mala fama, llamado el Taco Verde o el Barrio Recio, y que hasta después de 1870 mantuvo características de arrabal porteño, más si se considera la proximidad del Parque de Artillería -rodeado de peringundines y lenocinios más o menos encubiertos- y del Mercado del Plata, de no mucho mejor ambiente. Cuesta pensar, hoy en día, que un punto tan característico, central y emblemático de Buenos Aires fuera tan humilde hasta hace poco más de un siglo. De aquellos lejanos tiempos se conservaba, en la Corrientes angosta de las primeras décadas del siglo XX, un edificio en la esquina suroeste del cruce con Cerrito -donde luego estuvo el Nuevo Banco Italiano, el Banco de Crédito Argentino y no recordamos bien cuál hoy en día- que supo ser la “pulpería de Salomón”, así llamada porque su propietario era el famoso comisario compañero de andanzas de Cuitiño, Parra y Alén. Dicen algunos que era la sede de la Sociedad Popular Restauradora, más conocida como Mazorca, pero el cronista lo duda, porque dicha benemérita asociación estaba integrada por los Anchorena, Pacheco, Lezica, del Ser, Iraola, etc., esto es por lo más granado de los ganaderos bonaerenses que apoyaban el gobierno de Rosas y se beneficiaban con él; en todo caso, sería punto de reunión de la “gente de acción” -hoy diríamos la barra brava o la pesada– y no de esos aristócratas que no se manchaban las manos. Construido, creemos, hacia 1820 o 1830, su esquina sin ochava ostentaba el típico “poste esquinero” de los comercios de esa época y con el tiempo pasó a ser el almacén El Verde y el café Nacional, de los que también existen testimonios fotográficos. En este boliche actuaban, hacia el Centenario, Juan Pacho Maglio y Augusto Berto, y cuenta Jorge Bossio (a quien tanto citamos) que debido a lo añoso de la construcción y la elevación del nivel de la calzada, el local se encontraba en desnivel, por lo que los días de lluvia el propietario cubría el piso con aserrín para evitar su humedecimiento y deterioro.

El nombrado Berto, gloria de los primeros tiempos del tango y autor entre tantos temas  memorables de La payanca, había estudiado bandoneón con José Pepín Piazza, maestro también de Pedro Maffia, tras dar sus primeros pasos en el mandolín y la guitarra, y lo hizo tan bien que escribió un método para el instrumento que se mantuvo vigente por muchas décadas. Tras sus actuaciones en El Verde, pasó al café La Oración, en el 1054 de Corrientes y frente al paredón del templo, acompañado por Peregrino Paulos (el de Inspiración) y Julio Doutry en violines, Luis Teisseire (Entrada prohibida) en flauta y José Sassone en el piano, actuando en otros momentos Vicente Pecci en la flauta y “el gallego” José Martínez (La torcacita, Canaro y, sobre todo, Pablo). Allí fue a verlo un pibe de La Paternal que recién se iniciaba, Osvaldo Fresedo, al que Berto le estrenó en 1913 en dicho café su primer tema El espiante. Como en estos días se cumplen 55 años de la muerte de Ángel Vargas (7 de julio de 1959), el cronista no quiere cerrar el párrafo sin recordar que su debut profesional fue en los años ’30 con la orquesta de Augusto Berto y bajo el seudónimo de Carlos Vargas…

Luna Park

Luna Park

Al lado de La Oración se levantaba el primer Luna Park, un galpón dedicado a la práctica de deportes y espectáculos que había sido fundado por el italiano Domingo Pace. Hombre avispado, se le ocurrió cobrar entrada para escuchar la pelea Firpo-Dempsey en 1923, cuando eran todavía pocas las radios a galena, y desde ese momento el establecimiento quedó vinculado al boxeo. Fallecido don Domingo ese mismo año, su hijo Ismael se asoció con José Antonio Lectoure y compraron el Circo Hippodrome, ubicado en el 1002 de la misma calle, donde permanecieron hasta que en 1936 la zona fue demolida para la apertura de la 9 de Julio, por lo que alquilaron un terreno del Ferrocarril al Pacífico en Corrientes y Bouchard que compraron en 1941 por dos millones de pesos de esos tiempos. Lo demás… es cosa sabida.

Como si todos estos lugares poco recomendables para las mentalidades devotas de aquellos tiempos fueran poco, a espaldas del templo, en Cerrito al 450, se alzaba el cabaret Folies Bergère. Y aunque el cronista ha declarado su intención de dedicar una futura serie a estos establecimientos y ceñirse a los cafés de tango, no puede dejar de nombrarlo. Había estado originalmente en Maipú 477, según nos indica el Anuario Kraft 1895, y era propiedad de un empresario de apellido Garesio. Horacio Sanguinetti lo registra en los versos de Moneda de cobre, tango que compuso con música de Carlos Viván (el de Cómo se pianta la vida) y grabaron, cada cual a su modo insuperablemente, Alberto Castillo y Raúl Berón: “Moneda de fango/ ¡qué bien bailabas el tango!/ ¡Qué linda estabas entonces,/ como una reina de bronce,/ allá en el Folies Bergère”. Y fue allí donde, según rememoró Enrique Cadícamo en una nota de la Revista La Nación (11/4/1999, pág. 10), Discépolo conoció a Tania. En 1927 la tonadillera actuaba con su esposo de entonces como pareja de bailes internacionales bajo el nombre The Mexican en reuniones que eran amenizadas, como entonces se decía, por la orquesta que dirigían el notable violinista Agesilao Ferrazzano y el pianista Julio Pollero. La cosa es que el gran flaco se quedó prendado de la española que, en fin, algún encanto tendría aparte de su arrolladora simpatía y formaron una famosa pareja por los siguientes veintitrés años.

En la siguiente cuadra de Corrientes, hacia el Oeste, comenzaba realmente la meca del tango, por la cantidad y cantidad de cafés con orquesta que la adornaron a lo largo de varias décadas, comenzando en la puerta 1124 con el mítico Marzotto, donde hoy se halla el restaurante Arturito. Pero ese… deberá ser otro callejeo.

 

 

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 144, julio de 2014

 

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