Cafés del Centro/1

Corrientes y Esmeralda (1910)

Corrientes y Esmeralda (1910)

Como venía amenazando desde hace varias entregas, por fin el cronista dirige sus pasos al Centro para continuar con su recorrido de cafés de tango, tras visitar algunos establecimientos de la Avenida de Mayo que hicieron historia. Y por afán didáctico o simplemente de maniático que es, prefiere hacerlo siguiendo el orden ascendente de la numeración, para permitirle al sufrido lector ubicarse con más facilidad. No va a hacer parada en los peringundines -de mayor o menor categoría- de 25 de Mayo, que prefiere reservar para una futura serie de callejeos por boites, cabarets y otros “antros del pecado” que supieron engalanar a nuestra ciudad. Tampoco se detendrá en el Bar Reconquista, también conocido como “lo de Ronchetti”, donde Saborido creó La morocha, al que ya se refirió en septiembre del pasado año, así que su periplo debe iniciarse en la esquina porteña por antonomasia, Corrientes y Esmeralda, donde algún cacatúa que seguramente está solo y espera sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Palacio Elortondo Alvear

Palacio Elortondo Alvear

Refiere el historiador Ricardo Llanes en Recuerdos de Buenos Aires que, a principios del siglo XX, esa intersección marcaba el límite de la zona elegante que tenía por eje la calle Florida y en la que se había establecido la gente “de posibles” cuando la epidemia de fiebre amarilla de 1871 la forzó a emigrar de Catedral al Sur hacia el Norte. Las familias de riqueza o apellido se afincaron en el perímetro que abarcan Cangallo, Reconquista, Esmeralda y Córdoba y que fue nuestro primer “barrio norte”, no el que actualmente recibe este tratamiento y que en realidad pertenece a Retiro y Recoleta. Todavía pueden verse, en un edificio del primer piso de la esquina suroeste de Florida y Corrientes, los frescos que pertenecieron al palacio Elortondo Alvear, local que por muchos años ocupó la casa de marroquinería Paco Mayorga y actualmente una hamburguesería que, por suerte, no tuvo la peregrina idea de taparlos con pintura o demolerlos. Esta esquina, pues, marcaba el inicio de “las luces” de Corrientes que se extendían hacia Callao casi sin solución de continuidad, y las iniciaba a toda orquesta, pues en pocos metros por Esmeralda se alzaban los teatros Odeón, en el número 367, y el Esmeralda en el 445, sala ésta que antes supo llamarse Scala y, desde el 4 de mayo de 1928, Maipo; un poco más hacia el Sur, en el 257-65, estaba el viejo San Martín y, por Corrientes, en el 699 -esquina que el ensanche demolió- se alzaba el cine-teatro Empire, en el 835 el Royal Theatre -luego Royal Pigall– y en el 860 el Óperahistory_royalpigall. En todas estas salas, tanto en obras teatrales como en espectáculos musicales, se estrenaron infinidad de tangos hoy clásicos, por lo que el almacén y bar El Guarany, ubicado en la esquina noroeste, era punto de cita casi obligado de artistas, músicos y cantantes. El escritor Bernardo González Arrili, criado en la “casa de fotografía y exposición de cuadros” de su padre, en el 838 de Corrientes, evocó en su exquisito libro Calle Corrientes entre Esmeralda y Suipacha que allá por el Novecientos: Hacia la esquina de Esmeralda, por la vereda de los nones (…) quedaba al fin un almacén, ‘El Guarany’; sobre Corrientes el despacho de comestibles, sobre Esmeralda el despacho de bebidas; la puerta de la esquina, ochavada y reducida, daba a los dos despachos, separados simbólicamente por una Caja tapiada por tres vidrios. En los escaparates de Corrientes (…) se mostraban, como en la mayoría de las casas del ramo, artículos de manducar, por lo general españoles e italianos (…) La otra vidriera de la vuelta era una botillería, que a los muchachos no nos interesaba gran cosa. Lo único que alguna ocasión detuvo nuestros pasos, era el grifo de brillante metal, con tres o cuatro extremos, por donde goteaba el agua sabiamente dosificada para la preparación lenta de los ajenjos, los suisés opalinos que siempre tuvimos ganas de probar”. En este café solían parar Gardel y Razzano que actuaban en el Esmeralda, donde “el mudo” estrenó en 1917, acompañado por José Ricardo, Mi noche triste. En El Guarany debutó en 1927 el primer sexteto de Carlos Di Sarli, integrado por César Ginzo y Tito Landó en bandoneones, José Pécora y David Abramsky en violines, Alfredo Krauss en el contrabajo y el director al piano, formación que sufrió diversos reemplazos y con la que grabó 48 temas, algunos de ellos con las voces de Santiago Devin, Ernesto Famá y Antonio Rodríguez Lesende.

A menos de cien metros, sobre la vereda de los pares y al lado del café Paulista que todos conocían como Los Inmortales, ya visitado por el cronista en repetidas ocasiones, se encontraba el Germinal, cuyo nombre podríamos atribuir a algún dueño de origen galo, ya fuera por dicho mes del calendario civil que impuso la Revolución Francesa o por la famosa novela de Emilio Zola. Más allá de estas suposiciones, pasaron por su palco en distintas épocas Pacho Maglio (¡cuándo no!), el prolífico Anselmo Aieta y Ernesto De la Cruz -los cuales hacían “doblete” con el Café El Nacional-, Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo.

Ensanche calle Corrientes y construcción del Obelisco

Ensanche calle Corrientes y construcción del Obelisco

Por la vereda de enfrente, sobre las puertas impares y frente a El Nacional se encontraba, hasta el ensanche de Corrientes, el café Los 36 billares que Ángel Pocho Gatti recordó en su tango Corrientes angosta: Corrientes de antes, Corrientes vieja/ de muchachito me conocés,/ yo he compadreado por tus veredas/ paré en el feca Los 36. Si bien muchos conjuntos pasaron por su escenario, el hecho más remarcable fue el debut en 1934 del sexteto de Pedro Laurenz, recién desvinculado de Julio De Caro, cuya formación venía sufriendo problemas internos desde la ida de Pedro Maffia. Laurenz no se fue solo, sino que llevó consigo al “cieguito” Armando Blasco en el segundo bandoneón, a Vicente Sciarretta en contrabajo y a José Niesso en violín, sumando a Sammy Friedenthal para secundar a Niesso y al joven pianista Osvaldo Pugliese, que hacía doblete con Elvino Vardaro en El Nacional y que también se ocupó de los arreglos. Parece que Laurenz se enamoró de esa cuadra porque cuando Los Inmortales fue reemplazado por un edificio de departamentos, en el número 922 de Corrientes, compró uno y allí vivió hasta su muerte.

El cronista ha nombrado repetidas veces al café El Nacional, que se encontraba pared por medio con el teatro epónimo y que fuera llamado “la catedral del tango”. Según relata Jorge Bossio, hasta 1905 se llamaba Café Lloveras, cambiando seguramente el nombre al inaugurarse en 1906 la tercera sala del teatro que había sufrido variadas vicisitudes. Allí actuó en la década de 1920 el sexteto de Anselmo Aieta, con Juan D’Arienzo y Juan Cuervo en los violines, Luis Visca al piano, Alfredo Corletto en contrabajo y José Navarro en el segundo bandoneón y, en 1929, se formó el sexteto Vardaro-Pugliese con Alfredo De Franco  y Eladio Blanco en bandoneones, Carlos Campanone como segundo violín y Alfredo Corletto, nuevamente, en el contrabajo. El Nacional cerró sus puertas en 1952, mientras el palco era ocupado por la orquesta de Juan Polito, pero su semblanza sería incompleta si no se mencionara que en su salón fue concebido, una noche de 1926, el tango El ciruja. Según Francisco García Jiménez, todo fue fruto de una apuesta que le hiciera el cantor y actor Francisco Alfredo Marino al bandoneonista Ernesto De la Cruz en el sentido de que era capaz de escribir una letra totalmente en lunfardo, lo cual por entonces no era muy aceptado. Aceptado el envite, Marino aportó los versos, y con la música del morocho De la Cruz fue estrenado en El Nacional el 12 de agosto por su propia orquesta, cantándolo Pablo Eduardo Gómez que, por su parte, había sugerido el título.

El cronista encamina ahora sus pasos hacia la siguiente cuadra, en la que si bien levanta sus torres la iglesia de San Nicolás, también abren sus puertas cafés y otros establecimientos de diversiones menos santas. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 143, junio de 2014

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Cafés de Villa Crespo

Anduvo, el cronista callejero, recorriendo cafés de tango durante todo el año pasado y en la entrega de diciembre prometió rumbear para otros barrios que mucho tienen que ver con el tema, como Villa Crespo  y Palermo. Así que… allá vamos.

Fábrica Dell cqua

Fábrica Dell’Acqua

Villa Crespo nació, como tantos otros barrios porteños, al compás del loteo de las viejas quintas motivado por el crecimiento de Buenos Aires después de su federalización, el paso del tranvía por las adyacencias y, en muchos casos, por la instalación de alguna importante industria. En este caso fue la Fábrica Nacional de Calzado, hasta entonces ubicada en la calle Balcarce, la que necesitando ampliar sus instalaciones adquirió en 1885 casi treinta hectáreas delimitadas por el Camino de Moreno (Warnes), Ministro Inglés (Scalabrini Ortiz), Boulevard Corrientes y el cauce del Maldonado. En 1888 comenzó las obras de la planta en la manzana de Gurruchaga, Murillo, Acevedo y Padilla, mientras en los alrededores construía viviendas para los futuros obreros con “formato” de conventillo, es decir largos terrenos con un patio central a cuyos lados se ubicaban los “departamentos” individuales, como el luego llamado “Conventillo Nacional” que tenía entrada por Serrano 148-158 y salida por Thames 152. Pronto se instalaron otras fábricas, como los Talleres Metalúrgicos Máspero Hnos., en Serrano 250, la Curtiembre Villa Crespo en 1901 -que a partir de 1919 pasó a llamarse La Federal-, y una empresa cara a los boedenses, la textil Dell’Acqua en Corrientes y Thames, con otro edificio en Darwin, Loyola, vías del ferrocarril y Aguirre construido en 1906. Esta empresa tuvo numerosas tiendas propias en diferentes barrios, como la ubicada en la esquina sudoeste de Independencia y Boedo, que conserva en su frontis el emblema de la marca.

Como en otros casos, por ejemplo la curtiembre de Luppi en Pompeya que el cronista ha citado tantas veces, la radicación de estas industrias en estos parajes fue decidida por el bajo valor de las tierras, generalmente anegadizas, y por la cercanía de algún curso de agua en el que verter los efluentes, en este caso el arroyo Maldonado. En fin, en esos tiempos no había mucha conciencia ecológica, pero esas empresas generaban gran cantidad de puestos de trabajo y así se fue formando el barrio, con un fuerte componente proletario y con eje comercial sobre el Boulevard Corrientes, que por Ordenanza de 1893 pasó a llamarse Triunvirato -desde Ángel Gallardo hasta Federico Lacroze- hasta 1937, en que volvió a ser Corrientes a secas.

unión cívicaComenzando nuestro recorrido hacia el Oeste, casi en el deslinde con Almagro, se levantaba el café La Morocha en en la esquina sudeste de Corrientes y Carril (hoy Aníbal Troilo), donde tocaban allá por el Centenario los hermanos Santa Cruz, el legendario Domingo al bandoneón y Juan al piano, acompañados por Carlos “Hernani” Macchi en flauta y Juan Orioli en el violín. Acotemos que Domingo fue el autor del recordado Unión Cívica que, contra lo que muchos suponen, no se refiere al partido de los boinas blancas sino a su opositor, la Unión Cívica Nacional que respondía a Bartolomé Mitre. En este café también tocó en sus mocedades Augusto Berto (el de La Payanca), cuando aún era alumno de José Piazza.

En el cruce con Canning, que recibió este nombre por la Ordenanza de 1893 antes citada, se levantaba el almacén de Tachella, que había sido pulpería en los tiempos de Rosas, y a partir de allí se concentraban, en pocas cuadras, los más importantes comercios y establecimientos del barrio. En Corrientes 5375, casi Acevedo, se alzaba el Conservatorio Musical Odeón, de un maestro D’Agostino. Allí hizo sus primeros estudios Osvaldo Pugliese, al que su padre había enviado a estudiar violín, y allí descubrió el piano que ya no iba a abandonar. En la siguiente cuadra hacia el Oeste, entre Acevedo y Gurruchaga, existían dos baluartes del tango barrial. Por un lado el café San Bernardo, en el 5434,que llevaba el nombre de la parroquia pero al que muchos le decían “El Nacional de Villa Crespo”, comparándolo al café céntrico; contaba con un amplio salón, rincón para billares y un palco en la mitad de la sala. Allí hizo sus primeras armas la bandoneonista Paquita Bernardo y actuó con distintos conjuntos José Servidio, quien le puso música a los versos El bulín de la calle Ayacucho de Celedonio Flores, los tres nacidos o vecinos de Villa Crespo. Por su parte, en el número 5456, se alzaba otro lugar mítico, el café de Peracca -también llamado Salón Peracca– citado por Cadícamo en Viento que lleva y trae. Había sido construido por José Cervera en 1890 como Teatro Villa Crespo y por su salón pasó la vida cultural de la primera década del siglo hasta que lo compró el comerciante José Peracca, que le dio su apellido y lo destinó a reuniones bailables donde también actuaron los hermanos Santa Cruz, tanto como Vicente Greco. Después de otros destinos como venta de adornos y la imprenta del periódico vecinal El Látigo, dirigido por Domingo Di Filpo, fue demolido en 1945.

adan-buenosayresAl llegar a Gurruchaga se encontraba el café La Puñalada, cuyo palco era frecuentado también por José Servidio con Luis Bernstein en contrabajo y Juan Pedro Castillo en violín y, pocos metros después, en el número 5566, la glorieta La Victoria de Rossini, citada por Leopoldo Marechal en su Adán Buenosayres. Estos establecimientos contaban con un espacio al aire libre donde se podía tomar cerveza, escuchar música, bailar o inclusive jugar a las bochas. En este caso, pertenecía a Ciro Rossini y en su palco actuaron en diferentes épocas el ya citado Servidio, Paquita Bernardo, el “Tano” Genaro Espósito, Héctor Mauré y Mario Pugliese. Al cierre de la glorieta, el local pasó a ser el café La Victoria.

Otro recordado café del barrio fue el Venturita, en el cruce de Corrientes y Serrano, donde actuaron Augusto Berto (bandoneón), Domingo Salerno (guitarra) y Francisco Canaro en la década de 1920. Éste último cuenta en sus Memorias que el techo del local era algo bajo, por lo que el palco quedaba tan encimado al mismo que le causaba numerosos inconvenientes para ejecutar el violín.

Siguiendo nuestro recorrido, se nos presenta un problema historiográfico que no podemos eludir. En la esquina sudeste de Corrientes y Dorrego se alzaba desde el último tercio del siglo XIX la pulpería del catalán José Más, que luego fue el café La Tapera. Algunos testigos e historiadores juran y perjuran que allí estuvo el café Trianón, citado por Enrique Cadícamo en el tango Muñeca brava; otros dicen que no, que la referencia es sólo una ironía, pues el “Gran Trianón” fue un palacio construido por el rey Luis XIV, mientras el “Pequeño Trianón” lo fue por Luis XV, contando éste último con biblioteca, invernadero, escuela botánica, zoológico y otras lindezas. “Sos del Trianón… del Trianón de Villa Crespo” dice el poeta en relación a la mina que se hace la francesa pero cuyo origen es bien proletario, como lo era en ese entonces el barrio al que nos estamos refiriendo. El problema es que las viejas guías de Buenos Aires como la Kraft, así como las telefónicas, no consignan los comercios por su nombre de fantasía o “marca”, sino por la razón social que los explota, por lo cual es posible que la polémica no tenga solución, por lo menos hasta que aparezcan testimonios fehacientes en uno u otro sentido.

nuabcSi bien ha debido dejar en el tintero muchos otros lugares de tango, salones y peringundines varios, el cronista debe ahora dirigir sus pasos hacia el límite con Palermo, en busca de dos lugares que pertenecen a la leyenda porteña, el salón Argañaraz  de la cortada epónima y el café ABC, de Canning y Córdoba. Pero ese… será otro callejeo.

 

 

 

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

Publicado en el periódico Desde Boedo, N° 138, enero de 2014

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2014/01/n-138-enero-2014.html

 

Los cafés y el tango/2

Andaba el cronista callejero, en su vagabundeo de agosto, intentando entrar en un tema tan caro a la porteñidad como lo es el de los cafés de tango. Y para ello debió hacer una pequeña reseña de los locales donde se desarrolló la prehistoria de dicho género musical: locales de baile elegantes y otros no tanto, peringundines varios, los centros de las colectividades inmigrantes que tan importante papel tuvieron en el desarrollo de nuestra sociedad… Hecho el introito es hora de poner las cartas sobre la mesa para no aburrir al sufrido lector, pero el cronista no sabe por cuál barrio empezar para no herir susceptibilidades, así que se ha decidido por un orden más o menos cronológico y ceñirse estrictamente a los cafés y bares que contaron por lo menos con un instrumentista, dejando de lado cabarets y otras yerbas que convertirían su crónica en una enciclopedia en chiquicientos volúmenes.

el chocloSin embargo, al comenzar esta parte de la historia con dos tangos primigenios, exceptuando al ya mentado El entrerriano, no le queda al cronista otro remedio que violar su propia regla al referirse a El choclo: según Francisco García Jiménez –de cuya precisión en afirmaciones y fechas han dudado algunos autores, pero cuya bien cortada y facunda pluma es de referencia ineludible– hacia 1903 Ángel Villoldo actuaba en el café-concierto Variedades de Rivadavia al 1200, donde también lo hacían Pepita Avellaneda y un tirador al blanco apodado Flo, que con los años sería el actor Florencio Parravicini. Un día, después de la función, se habría encontrado en un “estaño” de la cortada Carabelas con José Luis Roncallo –hijo del músico que integraba la firma Rinaldi–Roncallo, fabricante de organitos a manivela–, formado musicalmente con su padre y con Santo Discépolo y que tocaba con su conjunto en el restaurante y hotel Americano, de Cangallo 963. Villoldo le habría interpretado en la guitarra un “tanguito” que hacía ya tiempo había compuesto, y Roncallo decidió estrenarlo, con la salvedad de denominarlo “danza criolla” “para no levantar la perdiz ante el dueño del local y para no alarmar a las distinguidas damas comensales”. Así pues, el 3 de noviembre de 1903 –en el barrio de San Nicolás– habría sido estrenado uno de los tangos más populares de todos los tiempos, aunque otros autores dan 1905 y otras fechas.

La_Morocha_PartituraEl otro tango fundacional al que nos referimos, La Morocha, fue también compuesto y estrenado en San Nicolás: el 25 de diciembre de 1905 Enrique Saborido tocaba el piano en una fiesta en “lo de Ronchetti”, nombre que se daba al Bar Reconquista –sito en Lavalle y la calle epónima, esquina noroeste–  cuando improvisó la melodía. Después habría ido en busca de Villoldo esa madrugada, quien le acopló la pegadiza letra. Según el propio Saborido, en nota de Caras y Caretas, fue estrenado en el mismo bar por Lola Candales mientras algunos dicen que lo estrenó Flora Hortensia Rodríguez, la notable tonadillera esposa del precursor Alfredo Gobbi y madre del inolvidable violinista, compositor y director del mismo nombre. Lo cierto es que, editado por Luis Rivarola en 1906 en su imprenta de la calle Artes (hoy Carlos Pellegrini) 165, alcanzó en su primera edición los 300.000 ejemplares y fue embarcado de polizón en la fragata Sarmiento por los cadetes, recorriendo y siendo conocido en el mundo. En la esquina mencionada, una placa recuerda el nacimiento de La Morocha.

Hecha esta necesaria y justa salvedad, el cronista ya puede salir del Centro hacia los barrios que en esa primera década del siglo XX se constituyeron en verdaderas usinas tangueras, San Cristóbal y La Boca. Con respecto al primero, ya se ha mencionado la presencia del local de María la Vasca Rangolla en Carlos Calvo 2721, a pocos metros de la casa donde nacerían los De Caro, y ahora es menester referirse a la zona de Sarandí y Cochabamba, donde existían varios conventillos que el tiempo se llevó. En uno de ellos, en Sarandí 1356, vivía una familia Greco de evidente inclinación filarmónica ya que el padre, Genaro, tocaba el mandolín mientras que de los ocho hijos cuatro salieron músicos: Domingo guitarrista, Ángel guitarrista y cantor –de quien recordamos Naipe marcado–, Elena pianista y Vicente la guitarra y la concertina. Según relató Julio De Caro en El tango en mis recuerdos, el legendario Sebastián Ramos Mejía escuchó a Vicente ejecutar ese último instrumento cuando tenía catorce años y aconsejó a la familia comprarle un bandoneón, dándole las primeras y quizás últimas clases. La cuestión es que en 1906, tras el entonces obligado periplo por localidades del interior de la Provincia de Buenos Aires, lo encontramos tocando el fuelle en el Salón Sur, un bar ubicado en Pozos y Cochabamba y, antes de 1910, sentaba sus reales en El estribo con su Orquesta Típica Criolla que integraban Lorenzo Labissier en bandoneón, Vicente Pecce en flauta, Agustín Bardi al piano y Juan Abbate y Francisco Canaro en los violines. Y aquí cabe aclarar que en un conventillo de Sarandí 1358, pared por medio con los Greco, vivía una familia Canarozzo en la cual cinco hijos también se dedicarían a la música bajo el apellido Canaro: Francisco, Mario, Rafael, Humberto y Juan.

eduardo arolasEl solar en el que se levantaba El estribo había pertenecido a los Anchorena y luego a los Frers, en Entre Ríos 763/67, al lado de la confitería y panadería Tanoira que a su vez había sido fundada hacia 1860 en la misma avenida pero en el 650. En este histórico café también actuaron Eduardo Arolas (foto), Roberto Firpo, Tito Roccatagliata, Prudencio “el Johnny” Aragón –gran amigo de Vicente Greco y a quien se le atribuye la paternidad de Ojos negros–, ejercieron su difícil arte payadores como José Bettinoti, Ambrosio Ríos, Federico Curlando, Luis García y, hasta después de 1911, amenizó las veladas el dúo Gardel–Razzano, que hacía doblete con el Café del pelado de Entre Ríos y Moreno, esquina sudeste.

Otros cafés de San Cristóbal de larga memoria fue El protegido, de San Juan y Pasco, donde actuó en la década de 1910 Samuel Castriota, el autor de El arroyito y de Lita, que con letra de Pascual Contursi se convirtió en Mi noche triste, y El caburé, de Entre Ríos entre San Juan y Cochabamba (entre el 1274 y el 1280 actuales). el caburéNo sabemos si éste último debió su nombre tan sólo a la inspiración del dueño o si, en cambio, lo tomó del tango que Arturo De Bassi compuso en 1909 con letra de Roberto Lino Cayol y que pronto alcanzó gran popularidad, pero sí se conserva el dato de que allí debutó en 1914 Ricardo “la nena” Brignolo, el autor de Íntimas y de Chiqué, y que entre otros actuaron el bandoneonista Arturo “el alemán” Bernstein y Ricardo González Alfiletegaray, más conocido como “Muchila” y que fuera compañero de Francisco Canaro en sus primeras formaciones que, con muchos de los nombrados, desarrollarían una nueva etapa en la evolución del tango alrededor de la esquina de Suárez y Necochea, en La Boca. Pero ese… será otro callejeo.

por Diego Ruiz (museólogo y cronista callejero)

mandinga.ruiz@gmail.com

 

El Publicado en el periódico Desde Boedo, Año XII, Nº 134, septiembre de 2013

http://www.desdeboedo.blogspot.com.ar/#!http://desdeboedo.blogspot.com/2013/09/134-septiembre-2013.html